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Las luchas internas y las crisis territoriales devoran a Podemos

Antón Gómez Reino, junto a otros miembros de la formación, tras conocer el resultado en las elecciones gallegas el domingo en la sede de la coalición en Santiago de Compostela.
Antón Gómez Reino, junto a otros miembros de la formación, tras conocer el resultado en las elecciones gallegas el domingo en la sede de la coalición en Santiago de Compostela.Brais Lorenzo / EFE

Podemos empieza a borrarse del mapa autonómico. Frente al mayor poder que ha tenido nunca en Madrid, como socio del PSOE en el Gobierno central, el partido se deshace por el resto de España. Tras perder en 2019 la representación en Cantabria y Castilla-La Mancha, este domingo dijo adiós al Parlamento gallego. La dirección nacional lleva tiempo apuntando a la necesidad de fortalecer la débil estructura territorial, pero los malos resultados electorales desnudan esa tarea pendiente en un partido cada vez más centralizado alrededor de su líder, Pablo Iglesias.

Luchas internas, destituciones desde la dirección nacional, broncas públicas, gestoras y carrusel de liderazgos efímeros resumen la organización de Podemos en las diferentes comunidades. Los resultados del domingo en Galicia, donde fue segunda fuerza política en la anterior legislatura, y Euskadi, donde perdieron la mitad de su peso electoral al pasar de 11 a seis diputados, son un reflejo de ello.

La sopa de siglas y el cambio de marcas de Podemos en Galicia, que pasó de la exitosa En Marea en 2016, —que también acabó como el rosario de la aurora—, a Galicia en común, o las luchas internas que enfrentó la dirección del partido en el País Vasco entre errejonistas y pablistas, dieron como resultado candidatos con escaso conocimiento entre el electorado, clave en unas elecciones autonómicas.

Un día después de la debacle electoral, Podemos guarda silencio y señala a la celebración de una ejecutiva esta semana para analizar los resultados. Las voces críticas que se escuchan apenas tienen eco en un partido cerrado a cal y canto alrededor del secretario general desde que se celebró el congreso estatal, durante el estado de alarma, y en el que Iglesias fue reelegido para un cuarto mandato. Por primera vez desde su fundación hace seis años, no existen sectores discordantes dentro del partido, en un cierre de filas inédito tras la salida del sector crítico Anticapitalistas en febrero, después de haber mostrado sus discrepancias con la entrada en el Gobierno de coalición. Las quejas solo llegan desde los márgenes de la formación, de personas sin peso específico ni estructural. Es el caso del exlíder del partido en Madrid Ramón Espinar, protagonista de otro de los culebrones territoriales más sonados tras la salida de Podemos del ahora diputado por Más País, Íñigo Errejón. Espinar acusó directamente a Iglesias: “Cuanto más poder interno acapara la actual dirección, más desastrosos son los resultados”.

La dirección actual tiene hoy más poder interno que nunca, aunque la sangría de votos se mantiene tanto en las últimas elecciones generales como en las autonómicas de 2019 y 2020. El vicepresidente segundo trató de ordenar en los últimos meses el caos territorial en el que vivía sumido el partido, con hasta ocho autonomías dirigidas por gestoras. En junio se celebraron procesos asamblearios en 11 comunidades, entre ellas Euskadi. Por primera vez en la historia de Podemos, ganaron todos los candidatos afines al único secretario general que conoce el partido, aunque el proyecto más centralista nace ahora marcado por los pésimos resultados electorales del 12-J.

En Euskadi, aquel caladero de votos, aquel territorio donde Podemos ganó dos elecciones generales entre 2015 y 2016, sufrió un fortísimo descenso el domingo. La coordinadora autonómica de la formación, Pilar Garrido, achaca los resultados a dos factores: la abstención y la desunión. Sin embargo, fuentes de una corriente crítica que recoge las voces de representantes de Ayuntamientos y de la militancia acusa a la dirección general de “idealizar los nacionalismos periféricos” y censuran que la “izquierda madrileña ha idolatrado a la abertzale”.

Esta facción critica que la táctica de ofrecer un tripartito de izquierdas ha espantado a su electorado, que es más “vasquista” que “nacionalista”. Estos componentes de Elkarrekin Podemos censuran que esta vinculación con EH Bildu, a quien ni siquiera se le ha reclamado que condene la violencia etarra, los ha convertido en “muleta” y en “residuales”. Aun así, se desmarcan de los choques entre directivas presentes y pasadas, pero sostienen que el firme apoyo de Iglesias hacia el tripartito se hizo para “tener contentos a los amiguitos de Bildu” en el Congreso y “blanquear” a un PSE-EE, al que acusan de haber sustentado un Gobierno de derechas liderado por el PNV.

En Podemos no creen que ni las críticas ni los resultados puedan dañar la estrategia de Unidas Podemos en el Gobierno central, pero los sucesivos fracasos electorales ponen en alerta al partido. Unidas Podemos, que llegó a tener 71 escaños en 2016, tiene hoy una vicepresidencia y cuatro ministerios pero apenas 35 diputados en el Congreso y cada vez menos peso territorial. Uno de los fundadores de la formación, muy cercano al líder aunque ya libre de cargos, Juan Carlos Monedero, resumió así el 12-J: “La izquierda nacionalista vasca y gallega se han podemizado. Mientras tanto, Podemos, que ha cambiado la política de este país, sigue sin dedicar el grueso de sus energías a lo que debe: construir partido”. Partido lo hay, pero seis años después de nacer, la mayoría de los ciudadanos solo sabría nombrar a un par de sus miembros.

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