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Las críticas al actual confinamiento

Como esto no es una dictadura, es normal y saludable que haya visiones, propuestas y críticas al tratamiento oficial de la epidemia. Pero como esto es una emergencia máxima, los disensos deben ser coherentes (con uno mismo), respetuosos (sin cargar las bajas al rival) y con disciplina (al orden democrático y al estado de alarma de él derivado).

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Dicen que España llega tarde, minusvaloró el riesgo y reaccionó con retraso. El presidente del Gobierno reconoce que se han cometido errores: convendría que dijera cuáles, por rectificarlos si se puede. Y desde el análisis, columnistas estupendos, como Fernando Vallespín o Almudena Grandes, han tenido la valentía de reconocer aquí enfoques demasiado optimistas, bravo. Pero en aras de la credibilidad, esa crítica, que formulan desde hace poco dirigentes de oposición, debiera haber ido acompañada de una previa señal de alerta. A toro pasado todos somos profetas.

Dicen que España hace poco, que el confinamiento debiera ser total: quizá. Pero no es parcial. Supera al de Alemania (que gestiona bien la crisis, con test masivos), incapaz de parar los fiestorros abiertos a los vecinos; o al de Italia, donde “aún hay cenas o fiestas en los hoteles”, denuncia la Cruz Roja china.

Sigue reclamando la Generalitat “el confinamiento total” de Cataluña. Más allá de la eventual ensoñación de nuevas fronteras, la realidad es que no solo los catalanes estamos confinados; lo estamos todos los españoles. Y el presidente popular de Murcia reclama que “se cierre ya toda actividad que no sea esencial para el abastecimiento y la supervivencia de la población”. También lo cree una minoría de epidemiólogos, potente, asertiva.

Discutamos cifras. ¿Funciona este confinamiento? En Barcelona, la afluencia al transporte público ha bajado sobre días normales el 86,8%, del día 10 al 18 (Metro), el 86,6% (Cercanías) o el 90,9% (Ferrocarrils de Catalunya). Quizá podría mejorar aún, arbitrando turnos, pero admitiendo que lo esencial son farmacias y súper, alguien deberá ir a fabricar los envases de los fármacos, el cartón, la tinta. Y alguien debe recoger las alcachofas del campo y congelar los calamares. Simplificar no es acertar.

“Ahora tenemos menos competencias para ayudar a nuestra gente”, se queja Quim Torra a la BBC. En ciertos casos tiene más: la de absorber la sanidad privada. Y en otros, sería bueno que la ayuda a nuestra gente alcanzase a los focos más terribles, como el de Igualada. La UCI del hospital comarcal no se llena, no les envían médicos. Protesta mejor quien hace sus cosas bien.

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