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La vecina y el sujetador

Toda mujer no efébica conoce el alivio que produce sacarse el sujetador, aunque sea a dentelladas, sola en casa. Todo ser humano que haya visto La ventana indiscreta, a estas alturas ya seguramente por la tele, conoce la inquietud de ver una sombra oscura al trasluz de una ventana del edificio de enfrente.

Juntemos las dos cosas y sale mi ligera y, sin embargo, muy sentida crónica (siempre dije que volvería a casa en caso de guerra: nunca esperé que fuera de esta clase) que empieza este camino del leer y del sentirnos, que recorreremos juntos mientras dure la emergencia, y si no hay baja de la arriba firmante.

Cuando el primer aplauso a los sanitarios, el sábado, que se mutó además en ovación a la sanidad pública, la sombra de la ventana de enfrente se materializó. Era una joven vecina. Es. Lo es. Gritó, al final de los aplausos: “¡Vecinos de enfrente!”. Y allí empezamos: a aplaudirnos los vivos del vecindario como si nos abrazáramos, a gritarnos alientos como si nos conociéramos.

Y es que nos conocemos. Somos los que resistimos, los solidarios, los que ayudamos, los que nos preocupamos por los cercanos, los que esperamos ayuda (gracias, Edu, mi querido vecino mongolio del quinto). Somos los que vemos, en las calles vacías, las casas llenas.

Desde esta ventana recién abierta os lo digo. Me pongo el sostén en cuanto me ducho y no me lo quito hasta que me acuesto. Por mi vecina. Por todos nosotros. Por la vida.

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