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La vajilla Arcopal, el tesoro que las abuelas tenían sin saberlo

Hay pastilleros lacados, plumas estilográficas, postales viejas, cromos de fútbol, muñecas Barbie despeinadas. Los mercadillos son el cofre del tesoro para los coleccionistas de cosas con un valor más bien ligado con lo emocional: se deslizan entre los que se pasean entre los puestos a la caza de una joya que llevarse a casa antes de que se la arrebate otro aficionado a lo suyo.

Margarita Álvarez es una de las que se mantienen ojo avizor en el Rastro, en su caso el de Oviedo. Cada domingo busca piezas de una vajilla que la marca francesa Arcopal puso a la venta a mediados de los años sesenta. Hecha con vidrio opalino y decorada con varios tipos de flores, es un clásico de las cocinas españolas de clase trabajadora, no se trata de porcelana de Royal Limoges (que también hay ese día en el mercadillo: en uno de los puestos venden un juego de té de cuatro tazas por 50 euros).

Ella tiene, precisamente, la del dibujo de las margaritas. Se utiliza en su casa desde hace 50 años, cuando la empezó a comprar poco a poco en la ya desaparecida ferretería La Cazzette de su ciudad: “Un día, me llevaba unos platos llanos. Otro, la sopera y el juego de desayuno. Poco a poco la iba completando, era una ventaja no tener que comprarla entera de una vez”.

Ahora el proceso es parecido, pero jugando con la suerte. También es divertido, nunca se sabe lo que va a haber ese día, si es que hay algo. Hoy se ha agenciado una bandeja rectangular para horno por cinco euros. El vendedor comenta que un poco antes había vendido una fuente ovalada por el mismo precio y de la misma colección: “La encontré en la mudanza de la casa de una mujer mayor que había muerto. También tenía platos, pero los vendí. Todos los domingos me pregunta alguien si tengo algo de esta vajilla”.

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De Francia a su mesa

La marca Arcopal nació en 1958, propiedad de Verrerie Cristallerie d’Arques (que en el 2000 se convirtió en Arc International). Debe su nombre al material con el que están fabricadas sus piezas, el vidrio opalino súper resistente. La empresa madre tenía otras dos líneas según el proceso de fabricación: Luminarc para el vidrio transparente y Arcoroc, para el templado.

Los productos de Arcopal tienen dos ventajas que rápidamente los hicieron populares. Por un lado, la posibilidad de adquirir la vajilla pieza a pieza y por un precio razonable, como comentaba Margarita Álvarez, y por otro, por la resistencia del material. De hecho, el lema de sus anuncios de los años 60 era: “sólido en el horno, bonito en la mesa”.

Por ejemplo, las primeras están hechas de vidrio opalino al que se le añadió flúor en la mezcla original, de ahí que sean translúcidas. Están diseñadas para el uso diario: se lavan sin esfuerzo, los dibujos tardan décadas en desaparecer y no se rallan. Si se caen se rajan, se descascarillan por los bordes o se parten en trozos grandes fáciles de recoger, y no en miles de esquirlas pequeñitas.

Los diseños fueron variando con los años. Según la marca, una de sus colecciones más icónicas es la Lotus, que sacaron a la venta en 1974 y está inspirada en el movimiento hippie. La otra es la Veronica, decorada con unas flores nomeolvides azules que, según parece, son obra de la nieta del fundador de Arcopal, Jacques Durand. Se puso a la venta en 1981. La ‘mascota’ de la marca es el elefante naranja Archibald.

Su peso en la educación emocional de la sociedad española es similar a la de Duralex, marca también francesa y otro éxito de ventas hace medio siglo. Hace unos meses, la usuaria @Malhellfica publicó una foto de varias de sus míticas piezas cristal templado y se hizo viral. Más de 5.000 retuits y miles de usuarios recordando que sus abuelos la tenían en casa y la de lentejas que se habían comido en ella. Muchas seguían en uso, según los comentarios.

Algo similar había pasado un año antes en la misma red social con una imagen de Sergio Fernández de Pablo en la que se veían diversos platos desde un plano cenital [desde arriba] y que se titulaba: “Arqueología doméstica: Las 15 vajillas de la clase obrera”. El autor eliminó su perfil en Twitter, así que la composición ya no se puede ver, pero en ella aparecían platos de Duralex, Arcopal o la que daban con los yogures Yoplait, otra habitual en las alacenas patrias.

Fernández de Pablo declaró en una entrevista en Apuntes de clase que el éxito de su publicación podría ser por la nostalgia y a que: “una época de crisis económica es un momento de introspección y de vuelta a lo cotidiano”, aventuró. En la identidad de una persona también entran los objetos que forman o han formado parte de su vida. Si no ¿por qué iba a pagar alguien un dineral por unos platos del año de la polka?

El negocio del vintage

Una pregunta parecida se hizo Carla Jitén, de Hospitalet de Llobregat, al poner a la venta en Wallapop las vajillas de sus abuelos cuando fallecieron. Entre ellas estaba la de Arcopal con el dibujo de las margaritas. “Vimos que les encantaba hacer colecciones: tenían vajillas, teteras, muchísimos vasos y muchísimas copas. Les hice fotos para venderlo todo y me dí cuenta que la gente me empezaba a preguntar concretamente por esta. Además lo había puesto todo muy barato. Y uno de los interesados mencionó el nombre de la marca”.

Su marido le instó a investigar por qué le preguntaba tanta gente. “Me empezaron a escribir a las pocas horas. Si puse el anuncio por la noche, a la mañana siguiente ya tenía muchos mensajes. Buscamos en Internet y vimos que era una vajilla relativamente cara, que tenía valor. Quité el anuncio inmediatamente, me enteré bien del precio que tenía que poner y publiqué uno nuevo”, afirma. Lo calculó con ayuda de personas que se pusieron en contacto con ella por el anuncio “que sabían mucho del tema. Me dijeron un precio, pero que si lo ponía más caro me costaría más venderlo. Y es cierto que he vendido ‘poco’, pero he ganado un dinero considerable”

La experiencia de Mayka, que vive en Burgos y usa la misma aplicación, fue parecida: “La vajilla estaba en casa de una tía de mi madre que murió hace unos años y la tenía en un pueblo. Una compañera compró unas piezas por Wallapop y pagó bastante dinero, así que me decidí a subirla. Calculé el precio fisgando. Algunos ponen burradas como 550 euros por menos piezas que la mía ¡¿A dónde van?!. Yo he pensado un precio razonable por pieza en función de lo que ponen otros”.

Carla está vendiendo la suya poco a poco. Explica que ha hecho envíos a Sevilla, Valencia o Mallorca: “Poco a poco he pasado de las setenta y pico piezas que tenía, hasta las cuarenta y tanto que tengo ahora. Me han llegado a pagar cinco euros por una bandeja, tres euros por un plato… un precio que para mí es alto”.

Luis Herrando también puso una vajilla similar a la venta -su modelo viene decorado con la flor del almendro– en su caso en la plataforma Vibbo. Era de su abuela, que falleció hace poco y él sí que sabía de su existencia: “Debido a que en casa tenemos bastante vajilla y poco sitio, hemos decidido venderla aunque nos da algo de pena ya que nos trae gratos recuerdos”. También calculó la cantidad que tenía que pedir por ella observando los precios que ponían otros vendedores por lotes más pequeños que el suyo e hizo una aproximación. Ahora pide 295 euros por 118 piezas, aunque por lo que se puede ver en el anuncio en un principio costaba 380 euros. “Puede que tenga más valor o menos, no lo sé”, sostiene.

A él solo le han contactado cuatro personas por el momento, puede ser porque su anuncio se mueva menos que en Wallapop. Herrando también se imagina que: “tal y como está el tema ahora no se si estará dentro de las prioridades de la gente el comprarla”. El perfil del comprador es parecido en los tres casos. Carla comenta que de las personas que la contactaron quería reponer piezas que se les habían roto o completar la vajilla con piezas nuevas. Solo un par de personas le parecieron “coleccionistas”.

Herrando menciona que con este tipo de compradores es muy difícil vender el lote completo de una sola vez. Pese a todo, Mayka prefiere que alguien se lleve a la vez las 58 piezas de su vajilla de margaritas (que contiene algunas tan codiciadas como las salseras o la ensaladera). Su anuncio lo han visto ya más de 200 personas, pero como a los demás, la mayoría quiere comprarle algún producto en concreto. Pocas de las que la adquirieron cuando salió a la venta por primera vez se imaginaron que esas piezas tener algún valor en el futuro. Sería más o menos como pensar que esos platos del Ikea dentro de medio siglo van a ser objeto de coleccionista de mercadillo. Parece improbable, pero nunca se sabe dónde va a buscar el ser humano su identidad.

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