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La última bocanada de libertad

La narrativa protagonizada por guerras, violencia, miseria y despotismo es harto común en la literatura árabe del siglo XXI. Son realidades demasiado actuales, por desgracia. En este sombrío panorama no ha faltado una gran novela sobre la peste, otra forma de desolación colectiva que, al menos en Occidente, parecía, hasta el Covid-19, más bien cosa del pasado. No era así en África, un continente con el que lo árabe guarda una ambigua relación de amor-odio.

Con frecuencia, la arabidad ha dado la espalda al decisivo componente africano de su historia, cuando no ha entrado directamente en conflicto con él o lo ha negado. Sudán es el paradigma de ello, y entre el Sudán previo a la partición de 2011 y el Zaire que desde 1997 se llamó República Democrática del Congo transcurre Ébola 76.

El título de la novela —muy bien traducida por Rafael Ortega— habla por sí solo: 1976 es el año del primer brote registrado del virus del ébola, en la remota aldea congoleña de Kikwit. El autor, Amir Tag Elsir, médico y prolífico escritor sudanés, recrea la historia de la transmisión del virus entre Zaire y Sudán por medio del cuerpo de un infeliz obrero, Nawa Lewis, un hombre de atributos marcados por la brutalidad histórica, social, económica y psicológica que en el último siglo ha arrasado este territorio fronterizo. Nawa, como la prosopopeya Ébola, se pasea por Kinsasa y regresa a su pueblo, Nazara, al otro lado de la frontera, cruzándose aquí y allá con hombres y mujeres tan marginales como él mismo, cuyas vidas interiores retrata Tag Elsir con sorprendente maestría en párrafos resueltos en escasas líneas. Pocas descripciones tan vívidas de gentes africanas pueden leerse en la literatura árabe, ni siquiera entre los grandes maestros de la africanidad árabe, como el también sudanés Tayyeb Saleh o el libio Ibrahim al-Kuni.

El Ébola personaje que viaja entre Zaire y Sudán es un brujo maligno, que se ríe por igual de sus supuestos congéneres —los brujos de las tribus, que salen a su caza— que de los humanos, con los que convive cómodamente en autobuses abarrotados, callejones y chabolas. Tag Elsir afila en esta obra su particular realismo mágico, a ratos ingenuo pero muy poco absurdo y siempre efectivo, y que al propio autor le lleva a recordar Memoria de mis putas tristes, de García Márquez.

En Nazara, Ébola no es una enfermedad, o no lo es apenas. Es sobre todo un destino meticuloso, que respeta el statu quo y las tradiciones. No mueren los expatriados, ni las élites francófonas, ni los artistas, ni Riek, el exguerrillero mudado en empresario sin escrúpulos que vuelca la producción de su fábrica en mascarillas con amuletos grabados. Mueren los obreros, sus mujeres, las prostitutas, los vendedores del zoco… Y todos tienen la oportunidad de tener su “canto del cisne”, otra figura no humana de esta historia. “El canto del cisne” es como los lugareños llaman al último momento de libertad que tienen los moribundos, cuando por su boca sale lo que durante su vida fue inefable, siempre vergonzoso, sincero y, por lo demás, anodino. Pero Ébola también es caprichoso y permite cantos de cisne falsos: los de aquellos a los que decide salvar. Son tan inútiles en términos de salvación personal como los otros, los verdaderos, con la diferencia de que no se olvidan y pululan entre los vivos aumentando los rumores, el miedo y las falsas esperanzas colectivas.

Al final, el brujo Ébola concede una tregua a este mundo en descomposición. A la espera de una nueva oportunidad para sí mismo, como la tuvo en 2014 y 2018, varios años después de publicada esta obra.

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