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La OPEP y Rusia perfilan un acuerdo para recortar drásticamente la oferta y elevar los precios

La guerra de precios entre potencias petroleras toca a su fin. 34 días después de la sonora ruptura entre Arabia Saudí y Rusia, segundo y tercer máximos productores mundiales de crudo, perfilan este jueves un acuerdo para aplicar un severo tijeretazo sobre la oferta -de hasta 20 millones de barriles, según las cifras que maneja Reuters- que ponga coto a la reciente sangría de precios. El principio de acuerdo pone de manifiesto que, por más que puedan resistirlo unas semanas más, a nadie le interesa un brent en 30 dólares y, menos aún, en los aledaños de los 20 dólares, hasta donde ha llegado a caer en el tramo final de marzo. Y estabiliza a unos países productores que, en algunos casos, ya se estaban viendo obligados a vender por debajo de coste ante una demanda mundial que ha caído más de un 30% desde que la globalización de la pandemia. El mercado ha respondido con fuertes subidas, por momentos de doble dígito, a los avances registrados en la mesa de diálogo.

Para comprender la magnitud del preacuerdo que pergeñan este jueves la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP, liderada de facto por Arabia Saudí) y Rusia basta con someterlo a un contraste histórico. Y cualquier recorte anunciado por los productores hasta la fecha palidece a su lado: el mayor hasta hoy databa de 2008, en plena crisis financiera global, e implicaba la retirada del mercado de 2,2 millones de barriles al día, la novena parte de lo que han puesto sobre la mesa Riad y Moscú.

El mes que ha transcurrido desde que el cartel petrolero por excelencia y Rusia consumaran su divorcio ha servido para que muchos repensasen sus posiciones de partida, calibrasen impactos en pleno hundimiento de la demanda por el coronavirus y, en fin, sacasen algunas conclusiones contundentes. Primero, que aun superado en producción por Estados Unidos y con unas finanzas públicas maltrechas, Arabia Saudí sigue siendo el país con mayor músculo para aguantar entornos de precios tan bajos como los actuales. Segundo, que Rusia tiene más capacidad de aguantar el envite saudí -que en este periodo ha inundado el mercado mundial, desplomando los precios- de lo que muchos auguraban. Tercero, que el fracking ha permitido a EE UU hacerse con el cetro de primera potencia petrolera global pero sufre en entornos de precios tan bajos como los actuales. Y cuarto, y más importante, que a ninguno de los anteriores le interesa ni puede permitirse un mercado deprimido por mucho tiempo.

En EE UU también ha caído un mantra histórico: el que decía que el petróleo barato (y, por tanto, la gasolina) era positivo para la economía. El motivo: en menos de una década el país norteamericano ha pasado de ser el mayor importador del mundo a tener garantizada su soberanía energética y levantar el veto a las exportaciones. Su hoy potentísima industria petrolera, sobre todo la que extrae crudo a través de la fracturación hidráulica (fracking), lleva días elevando la voz de alarma: si los precios seguían tan bajos durante mucho tiempo más, las quiebras empresariales y los despidos serán inevitables. El último en decirlo a las claras había sido el propio Donald Trump, el gran patrocinador externo del acuerdo entre saudíes y rusos para reducir la oferta y estabilizar los precios. “Hoy este país tiene una industria energética tremendamente poderosa, la número uno mundial, y no quiero que esos puestos de trabajo se pierdan”, dijo el presidente estadounidense el miércoles. Ahora falta por ver su contribución para que la ecuación cuadre. Tanto la OPEP como Rusia han sido muy claras a ese respecto: el acuerdo tendrá que ser necesariamente global.

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