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La historia de Juan Rita, 108 años, ‘trovista’ eminente: “El secreto de vivir tanto es no morirse”

Juan Rita en una imagen de 2019.Juan Rita en una imagen de 2019.

Tenía seis años cuando en 1918 la llamada gripe española diezmó a la población europea y mundial. Y aún se acuerda. “Pocas embarazadas se salvaron entonces”, dice Tío Juan Rita cuanto estos días vive bajo la amenaza y el encierro del coronavirus. El pasado día de San Valentín, Juan Tudela Piernas de nombre civil, pero de apodo Tío Juan Rita, alcanzaba la cifra de 108 años de edad; y desvelaba su secreto: “No haberme muerto antes”. Es de perogrullo, y lo repite cada vez que en los últimos años le preguntan la razón de su longevidad. Y lo más sorprendente: la manera de hacerlo. No hay atisbo de merma en su razonamiento y memoria, aunque ahora ya las piernas no le permitan salir tanto de casa (y menos ahora con el confinamiento), y haya que repetirle varias veces las cosas pues su incipiente sordera le impide pillarlo a la primera.

Tal vez que se haya dedicado toda su vida a los trovos (improvisación de textos poéticos sobre una música folclórica) tiene mucho que ver en su lucidez mental. “No conozco a ningún improvisador mayor que padezca alzhéimer”, dice el escritor y repentista cubano Alexis Díaz Pimienta, que estos días en Madrid grababa una versión en verso de El Quijote hasta la paralización del país. Y es que Tío Juan Rita, natural de Aledo y residente desde hace poco en Totana, pueblos ambos murcianos y próximos, es famoso, precisamente, por seguir cantando e improvisando trovos en las fiestas y encuentros de cuadrillas que se celebran frecuentemente en todo el sureste español. Es parte de un folclore que todavía está muy vivo y mantiene una tradición ancestral como un tesoro cultural que da más lustre aún al de por sí rico patrimonio sonoro ibérico.

“Es el ejemplo vivo y activo del poeta repentista, fenómeno literario que se pierde en la noche de los tiempos de todo el mundo”, dice de Tío Juan Pita el también músico y folklorista Eliseo Parra, con el que ha tenido el honor de compartir escenario. Y asegura del viejo trovero que “es desde hace tiempo maestro de los nuevos improvisadores de versos. El más antiguo de los poetas del pueblo capaces de improvisar cuartetas, seguidillas o décimas en reuniones, bailes y controversias”.

Contraviniendo lo que suelen aconsejar los médicos, Tío Juan Rita nunca ha llevado una dieta lo que se dice sana. “Hace un año se pidió delante de mi unos riñones de conejo frito, y después se tomó un coñac y un puro”, afirma el músico folclorista y etnomusicólogo Manuel Luna

Contraviniendo lo que suelen aconsejar los médicos, Tío Juan Rita nunca ha llevado una dieta lo que se dice sana. “Hace un año se pidió delante de mi unos riñones de conejo frito, y después se tomó un coñac y un puro”, afirma con admiración el músico folklorista y etnomusicólogo Manuel Luna, todo un referente en la recuperación de los trovos y cantos cuadrilleros del sudeste español a pesar de su origen cántabro. “Gracias a troveros como él”, dice Luna, “no se perdió ese arte antiguo y se volvió a bajar de los escenarios, donde a veces se mostraba como algo en desuso y casi exótico, a la calle, que es donde verdaderamente tiene sentido”.

Al lado de Tío Juan Rita, cuando salen de ronda las cuadrillas y parrandas, a su brazo a modo de lazarillo, está desde hace unos años Javier Andreo, al que sin serlo, le conocen como su nieto. Andreo canta los trovos en la Cuadrilla de Aledo, y a pesar de la enorme diferencia de edad, tiene en Tío Juan a un aliado para irse por ahí de vinos. “Era amigo de mi padre y, como él, trabajaron mucho en el campo, en las minas de azufre, en el esparto”, dice el que desde las últimas municipales es además alcalde de Aledo. “El Tío Juan”, dice el regidor, “es un viejo joven, de mente muy abierta. Le mantiene vivo su ilusión y ganas de vivir, y aunque ahora ya no puede con las piernas, de la voz y la cabeza está perfecto”

Hace ocho años, cuando cumplió los cien, Juan Rita contrató a un joven Jesús Tejas Junco, de la Ronda de Motilleja, como guitarrista también para La Cuadrilla de Aledo. Le prometió que mientras él viviera, sería siempre su guitarrista y lo firmó en una servilleta de papel. Tejas confiesa que hace un par de años, el viejo trovero le dijo: “¿Qué, Jesús?, nunca pensaste que ese contrato iba a durar tanto, ¿eh?”. Y es que la frase absurda, pero muy recurrente de “siempre se van los mejores”, no concuerda con Juan Rita. Sostiene Tejas que el secreto de esa vitalidad y longevidad es que “es buena persona; pues como él dice, ser malo come mucha vida”.

“Es el ejemplo vivo y activo del poeta ‘repentista’, fenómeno literario que se pierde en la noche de los tiempos de todo el mundo”, dice de Tío Juan Pita el también músico y folklorista Eliseo Parra, con el que ha tenido el honor de compartir escenario

Admirado y querido por los músicos que se dedican a rescatar y traer al día el rico folklore de la península ibérica y sus islas, atravesadas por tantas culturas a lo largo de los siglos, encuentra en personajes como Eugenio Martín, del veterano grupo familiar Mayalde, a otro de sus grandes defensores: “He tenido la suerte de compartir algunos ratos excelsos con él, y creo que lo que ha aportado al trovo y a nuestra música ibérica es eso que no se puede aprender, que se tiene o no se tiene y que se llama clase, casta o ringurrango, que decimos por aquí por Salamanca”.

El profesor y músico Emilio del Carmelo Tomás Loba ha publicado hace un año el libro Introducción a la poesía popular repentizada o trovo en el sudeste español, una asombrosa tesis doctoral leída en 2016 que cuenta parte de la historia reciente del trovo y su recuperación y vitalidad de los últimos años. Reconoce Del Carmelo que el valor de Juan Rita está en lo que lo abundan los que le conocen, su bondad. “Es un hombre sencillo que trasmite lo que han visto sus ojos; es decir muchos gobiernos, levantamientos de armas, pobreza desmesurada, azotes de enfermedades, trabajo de sol a sol, sequías de agua, aguaceros de aguilandos, cantos al son del ritmo del trillo, seres queridos, amigos, vidas y recuerdos anudados en la memoria de una persona cuyo libro de la vida ha sido forjado en el particular mundo de un hombre bueno”.

Y este hombre bueno, con dos hijos mayores de ochenta años, que perdió a otro, que tiene nietos, biznietos y hasta un tataranieto, no deja de sorprenderse, en esos ojos acuosos, cuando le repiten varias veces al oído que va a salir un día de estos en EL PAÍS. “Anda, qué honor”, dice como quitando importancia a todo lo que ha hecho en los últimos 108 años.

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