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La economía española se desplomará un 9,2% este año

España desvela al fin sus cartas. Y es una pésima mano: una oleada de destrucción del tejido económico de una violencia desconocida desde tiempos de guerra. La Gran Reclusión confirma la peor de las pesadillas: con la incertidumbre en máximos y el BCE prácticamente como única red de seguridad, el Gobierno estima que el colapso de la economía será del 9,2% en 2020, según desvela el Plan de Estabilidad que el Ejecutivo acaba de enviar a Bruselas, peor que los pronósticos del FMI. A ese batacazo le seguirá una recuperación del 6,8% en 2021 según el Ejecutivo, más optimista que el Fondo.

Esa evolución llevará la tasa de paro hasta el 19% para este año; la reactivación prevista para 2021 reduciría el desempleo al 17,2%. Esas cifras están muy lejos del máximo alcanzado durante la Gran Recesión, superior al 26%, aunque todos los pronósticos están sujetos a una enorme incertidumbre en función de cuánto se prolongue el confinamiento y cuán rápida sea la desescalada y, con ella, vuelva a arrancar una economía que a día de hoy está casi en punto muerto.

El FMI pronosticaba un desplome del PIB del 8%; el Banco de España preveía hasta el 13% en el peor de los escenarios, y el INE constató ayer mismo un batacazo del 5,2% en un solo trimestre, el peor dato desde la Guerra Civil. El Gobierno hablaba hasta ahora de una “situación gravísima”, pero prefería no poner números a la herida (“seguramente, más vale no pretender calcular lo incalculable”, decía Isaiah Berlin). Y esos números cuentan historias: dicen que la crisis provocada por el coronavirus ha golpeado con una violencia inusitada, provoca mayores destrozos que en las economías de su entorno (con la única excepción de Italia: el Mediterráneo parece ahora mismo la zona cero de la crisis, por los contagios y por la profundidad de la recesión) y deja cifras altamente inflamables. Aunque los números finales del Gobierno son más optimistas de lo que se esperaba a la luz del último dato del INE: el Ejecutivo, con ese 9% de caída, estaría esperando cierta recuperación en la fase final del año.

Esta no es una crisis financiera: todavía no lo es. Pero el batacazo económico en todo el mundo ha deteriorado las condiciones financieras, que no van a ir sino a peor. Las economías avanzadas han sufrido ya castañazos considerables en las Bolsas, solo relativamente contenidos por el activismo sin precedentes de los bancos centrales. Y muy probablemente sufrirán más por el desplome del crédito y las caídas de precios en sectores como el inmobiliario en todo el mundo; España ya pasó por ahí hace una década con una virulencia casi sin parangón entre los grandes países. Si la cicatriz no es más profunda a día de hoy en Occidente es porque los cuatros grandes bancos centrales del mundo (la Fed de EEUU, el BCE, el Banco de Inglaterra y el Banco de Japón) han inyectado ya 18 billones de dólares en la economía (algo así como 18 veces la riqueza que produce España en un año), y han prometido hacer aún más. Los Gobiernos han sacado también toda la artillería, aunque queda por ver la respuesta europea. Pero en el mejor de los casos las economías occidentales no empezarán a recuperarse hasta el último trimestre del año, e incluso entonces los expertos prevén rebrotes del coronavirus. Si la pandemia empieza su metamorfosis –de crisis sanitaria a económica, y de crisis económica a crisis financiera—, quienes más sufran serán los que traían un equipaje más pesado: más deuda, más paro y peores fundamentales. Italia es quizá el país más señalado. Pero España y Portugal van poco después: la economía española entró en la crisis con una deuda cercana al 100% del PIB y un desempleo sin parangón en el Atlántico Norte, del 13%. Es muy probable que la deuda pública alcance el 120% en breve y que el paro por lo menos se duplique. España hizo los deberes durante la Gran Recesión y capitalizó sus bancos (con ayuda de Europa) y mejoró su potencial exportador (de poco sirve ahora, con el comercio global colapsado), pero corre grandes riesgos a partir de ahora. Los números de Italia son aún peores: una economía que no crece desde hace dos décadas, con un sistema bancario que no aprovechó la pasada crisis para reforzarse y una deuda pública que con toda probabilidad superará el 160% del PIB, un nivel al que las dudas de los mercados sobre la sostenibilidad son solo cuestión de tiempo. Si el BCE no lo arregla, claro, con otro whatever it takes.

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