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La doble tragedia de Zaldibar

Varios operarios trabajan junto a la AP-8 para retirar los residuos que arrastró el alud. Varios operarios trabajan junto a la AP-8 para retirar los residuos que arrastró el alud. Fernando Domingo-Aldama.

El concejal Juan Mari Uriarte aparca su coche frente al hospital psiquiátrico de Zaldibar, un lujoso balneario del siglo XIX donde el 27 de julio de 1923 se inauguró “un manicomio con diez locas llevadas de Bermeo y alguna de Valladolid”, según publicó entonces La Gaceta del Norte. Con sus 3.000 habitantes, su polígono industrial y su buen nivel de vida, el municipio vizcaíno de Zaldibar, que en euskera significa “el valle de los caballos”, es uno de esos lugares tranquilos que solo salen en las noticias si algo malo ocurre. A las 16.01 horas del 6 de febrero, el vertedero situado en una de sus laderas colapsó y un millón de metros cúbicos de residuos se deslizaron hacia la autopista que une Bilbao y San Sebastián. Dos trabajadores, Alberto Sololuze, de 62 años, y Joaquín Beltrán, de 53, quedaron sepultados.

—Al poco de ocurrir el accidente —explica el concejal Uriarte al borde de las lágrimas—, la mujer de Alberto se dirigió a mí en un tono casi de súplica y me dijo: “Juan Mari, encuéntrame a mi marido”. Aquella imagen se me representa día y noche. No logro olvidar la cara de dolor de Nati. Su tragedia, su pena. Es muy duro sentir esta impotencia y no poder hacer nada.

Desde entonces han pasado 67 días, y aún no se ha encontrado ni rastro de los cuerpos de Alberto y Joaquín. El hallazgo, el pasado domingo, del vehículo de Sololuze ha traído un poco de esperanza, pero la brecha abierta en la escombrera ha provocado también otras heridas que tardarán en cicatrizar. A la conmoción por el accidente se añadió enseguida la alarma ante la posible toxicidad del humo que desprendían los fuegos desatados sobre toneladas de residuos con restos de amianto. Además del enfado por la lentitud de las autoridades en reaccionar —el lehendakari Iñigo Urkullu tardó seis días en visitar la zona— e incluso la preocupación por que la gran tragedia de la pandemia pudiese conllevar el olvido del accidente de Zaldibar.

Para evitarlo, los familiares de los trabajadores desaparecidos se encargaron desde el principio de señalar los fallos que, a su juicio, se estaban cometiendo en la operación de rescate. Xisco Beltrán, hermano de Joaquín y trabajador de la empresa familiar, censura que se empleara un helicóptero traído desde Cantabria para arrojar agua sobre las llamas: “Avisamos de que estaba ardiendo metano, que se apaga compactándolo con tierra. Lo que hace el agua es reavivarlo porque le da oxígeno”. Un informe posterior de Medio Ambiente admitió que el uso del helicóptero “no dio resultados positivos”, pero el Gobierno vasco defiende su gestión alegando que las labores de búsqueda no se han parado en ningún momento a pesar del estado de alarma, que se ha encargado un informe pericial a tres expertos para saber qué provocó realmente el colapso de la escombrera y que dedicará todos los recursos necesarios —por el momento casi siete millones de euros, que asumirá después la empresa gerente del vertedero— para encontrar a Alberto y Joaquín.

La ausencia de resultados también ha provocado la división política en una localidad gobernada desde las últimas elecciones municipales por un alcalde del PNV con el apoyo del Partido Socialista de Euskadi. “Bildu estuvo ocho años al frente de la alcaldía”, explican Juan Mari Uriarte, del PNV, y José Caro, del PSE, “y ahora nos culpan a nosotros, que llevamos unos meses, de que todo está mal con respecto al vertedero. Si todo estaba tan mal, ¿por qué no lo denunciaron? Bildu utiliza el vertedero como arma arrojadiza, y lo peor es que lo hacen a su estilo: calumniando, insultando…”.

Los familiares de Alberto Sololuze y de Joaquín Beltrán se mueven entre la esperanza y la resignación: “O aparecen en un mes o no aparecerán nunca. Podrían estar prensados en un terreno compactado, y tampoco hay capacidad para revisar toda el área”. Marta Álvarez, cuñada de Beltrán, expresa con voz cansada que la familia vive el proceso de búsqueda “hundida y abatida, sin fuerzas para nada”. Prefieren seguir cautos y no hacerse ilusiones ante esta “montaña rusa” de terribles emociones: “Cada día que pasa el puñal se clava más”. Tras el hallazgo del vehículo de Sololuze, los informativos de EiTB entrevistaron a Naia, una de sus tres hijos adolescentes: “Es una señal de que se están acercando. Tenemos la esperanza de que cada vez quede menos para que lo encuentren. Sería un descanso muy grande. Tendríamos la posibilidad de poderlo despedir. Ya por lo menos estaría aquí. No entre basura”.

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