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La crisis sanitaria rompe el mercado del metacrilato

A principios de marzo, la empresa Grupo Zona tenía una máquina para cortar metacrilato. Ahora tienen cinco que funcionan las 24 horas de los siete días de la semana. El centenar de trabajadores de esta compañía castellonense ha centrado todos sus esfuerzos en la producción y venta de las 2.500 mamparas que fabrican al día. No es suficiente. “Hay más demanda que capacidad de producción”, explica el gerente, José Doménech. Su opinión representa a un sector que ha visto cómo el metacrilato ha pasado de un papel secundario a ser el producto estrella para disminuir riesgo de contagio en todo tipo de espacios públicos y privados. “A este ritmo, en un mes no habrá más material y habrá que esperar a que las fábricas puedan servirnos de nuevo”, advierte Doménech, que tiene como objetivo alcanzar las 5.000 mamparas diarias para intentar alcanzar los seis millones de euros que facturó en 2019.

El metacrilato vive un boom sin precedentes. Es la solución más práctica y barata elegida que eligieron ya desde los primeros días de confinamiento farmacias, estancos o supermercados: solo Mercadona ha invertido dos millones de euros para proteger y separar con estas pantallas las cajas de sus 1.600 tiendas, según fuentes de la empresa. La tendencia continuará durante las próximas semanas gracias a dos claves: la apertura de las oficinas de las administraciones públicas -y espacios como comisarías o estaciones ITV- y la próxima puesta en marcha de restaurantes, bares y chiringuitos, además de aeropuertos o incluso las playas.

Hay mamparas laterales, frontales o colgantes. Específicas para mostradores, de escritorio, separar mesas o incluso los asientos de un taxi. Su versatilidad es única y su precio, bajo: entre 20 y 150 euros según su tamaño. “Es uno de los plásticos más transparentes que existen, pero tiene otras muchas ventajas”, destaca Antonio Heredia, Catedrático del Departamento de Bioquímica de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Málaga. Entre ellas están la gran resistencia a los impactos y a los cambios de temperatura, pero también su ligereza frente al vidrio o la facilidad para adaptarse a numerosas formas. “Con un mínimo grosor es totalmente cobertor y que ninguna sustancia lo pueda atravesar. Es un material perfecto para esta situación”, señala Heredia. Eso sí, arde con facilidad, aunque su humo tiene bajos niveles de toxicidad.

“Estamos totalmente desbordados”, insisten fuentes de la gerencia de Irpen, un negocio familiar con 60 años de historia, sede en Madrid y fábrica en La Llagosta (Barcelona) dedicado a la transformación del metacrilato. Adquieren la materia prima en líquido -derivado del petróleo- y la transforman en planchas de metacrilato a través de calor. Los teléfonos de sus diez delegaciones nacionales y tres europeas no dejan de sonar con nuevos encargos, pero los clientes tendrán que esperar a julio para recibir sus pedidos. “El problema es el atasco: ni nosotros ni nadie puede producir más a corto plazo”, afirman desde la empresa. Producen 6.000 toneladas de mercancías plásticas al año.

Un salvavidas para muchas empresas

La mayor parte de fábricas transformadoras de metacrilato y otros plásticos están repartidas por Europa en países como Alemania, Francia o Italia. En España hay apenas media docena, que hasta el año pasado cubrían la demanda interior, según la asociación Plastics Europe, entidad que dice que la actual es “una situación sin precedentes” y “con cifras difíciles de valorar ahora mismo”. Sus datos de 2019 reflejan que el metacrilato era de los plásticos menos demandados en España con alrededor de medio millón de toneladas frente al polipropileno -usado en envases de alimentación– y el PET -habitual para botellas de agua o refrescos. La Asociación Española de Industriales de Plásticos (Anaip) destaca que en España hay unas 3.000 empresas dedicadas al plástico, producto básico para guantes, mascarillas y otros materiales contra la crisis sanitaria. La demanda de plástico desechable, en general, también ha crecido.

Los pedidos de Irpen proceden de quienes transforman esas planchas en mamparas adaptadas para cada negocio, como hacen en Grupo Zona o en Oficinas Montiel. Esta empresa murciana dedicada habitualmente a la renovación de material de oficina ahora se centra en el metacrilato y tiene entre sus clientes a la Agencia Tributaria o el Servicio Público de Empleo Estatal (SEPE). El incremento de pedidos les ha hecho pasar de entregar sus productos entre dos y tres días a rondar los diez. Al colapso de las fábricas se une el de la imparable demanda. “Hay poco material y está poco a poco encareciéndose”, destaca su director de marketing, José Miguel Cegarra, que da cifras: un 30% desde principios de marzo a pesar de que el precio del petróleo ha caído en picado.

El metacrilato también está sirviendo de salida al sector de la publicidad y las artes gráficas. José Carlos Crevillén, gerente de una pequeña firma murciana, Gramur Publicidad, supo adaptarse rápido. “Días antes del estado de alarma empezamos a diseñar prototipos y el mismo sábado que se decretó ya vendimos 200 mamparas para farmacias de la región de Murcia”, relata este empresario de 26 años que desde entonces ha servido pedidos a Ferrovial, el Tribunal Supremo o la Audiencia Nacional. Como este caso y el de empresas como Grupo Zona, el futuro ya no es tan oscuro. “Quizá este año ya no sea tan malo”, dice José Domenech, a quien la crisis sanitaria le pilló tras una inversión de dos millones de euros en nueva maquinaria de impresión. Su salvación ahora es el metacrilato. Renovarse o morir.

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