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La casa de los Peláez: la historia completa

ENRIQUE FLORES / EL PAÍS

Capítulo 1: Juntos otra vez

Parece mentira, pero todo lo que va a suceder a continuación tiene lugar en un espacio minúsculo, aunque coqueto, de 80 m², distribuidos en tres habitaciones, una cocina, un salón-comedor y un solo cuarto de baño. Es la casa de los Peláez, un piso de protección oficial, sito en una conocida barriada de cierta ciudad manchega.

El dormitorio más grande es el del matrimonio; en el mediano duerme Iván; y el más pequeño, donde a duras penas cabe una cama mueble que hay que plegar y desplegar todos los días, es el cuarto del abuelo, que vive con ellos desde que el año pasado Miriam, la hija mayor, se fuera a estudiar Biológicas a la Universidad Autónoma de Madrid.

Sí, Miriam Peláez es uno de los muchos estudiantes que el viernes pasado, alarmados por las noticias que empezaban a circular en las redes, aprovecharon el cierre de los centros de enseñanza para regresar a sus añorados lugares de origen, favoreciendo de ese modo la expansión de la epidemia.

Pero todavía no sabemos si Miriam tiene el virus, eso habrá que ir viéndolo poco a poco; los síntomas a veces tardan en aparecer. Y puede incluso que no acaben de manifestarse nunca y que Miriam constituya un foco imperceptible de contagio. Por eso las autoridades recomendarán más adelante no salir a la calle. Pero todo esto es algo que ahora mismo no preocupa a los Peláez; que están abordando, sentados alrededor de la mesa del salón-comedor, los retos a los que esta visita inesperada les obliga a hacer frente, sobre todo en lo tocante a la distribución de habitaciones.

—¡Y una polla! Yo soy el miembro más vulnerable de esta familia, merezco protección integral y un espacio propio. ¡Que compartan habitación los niños!

—Tiene razón el abuelo. Hasta que no sepamos de qué va esto, él no debería salir de su cuarto.

—Eso es lo que os gustaría: que desapareciera. Pero mi pensión es la fuente de ingresos más importante en esta unidad familiar, así que tenéis que soportarme.

—Sí, papá; lo que tú digas, papá.

—¿A vosotros os importaría compartir habitación?

—…

—…

—¡Animad esa cara! Puede ser muy bonito compartir habitación después de tanto tiempo separados. Seguro que tenéis muchas cosas que contaros; ahora los dos podéis hablar de chicos…

—Adolfo, por favor…

—No tiene gracia, papá.

—Sigues siendo igual de homófobo que cuando me fui.

—¿Homófobo vuestro padre? Vuestro padre es un fascista.

—¡Uhhh! Sí, soy Adolfo, Adolfo Hitler. ¡Uhhh! Esta noche os voy a exterminar a los cuatro: a ti, Dori; por mujer. A ti, Miriam, por feminista. A ti, Iván, por marica. Y a ti, papá, por viejo. ¡Uhhh!

No le hagáis caso y no os dejéis llevar por las apariencias. Limadas las asperezas que todas las negociaciones traen aparejadas, los Peláez vuelven a ser la unidad familiar que tanta admiración despierta en el barrio, y cuya fortaleza a la postre va a garantizar su victoria frente a la voracidad de lo que todavía es una amenaza incierta: el coronavirus. Ya lo veréis.

Capítulo 2: Amor de hermanos

Decidme, ¿hay algo más hermoso que la amistad entre hermanos? Pues aprovechemos entonces la ocasión que se nos ofrece y entremos en el cuarto de Iván: ínfimo, sí, pero decorado con gusto y sentido práctico. De qué manera se han podido introducir en aquel habitáculo una cama-nido, una mesa de trabajo, una silla de oficina y un televisor gigante que hace las veces de monitor y de pantalla de la Play no lo sé. La disposición del mobiliario y los materiales en los que está fabricado han creado una atmósfera cálida y hospitalaria. En la pared, dos láminas: una con el logo de Heretics, un equipo de eSports, y otra con el rostro de Bad Bunny. Los niños de ayer convertidos hoy en dos atractivos jóvenes están tumbados cada uno en su cama. Comparten confidencias al día siguiente de la negociación familiar, el jueves 12 de marzo, veinticuatro horas antes de que toda España reciba la noticia de que durante los próximos quince días nadie podrá salir de casa.

—Joder, Miriam: si vas a fumarte un canuto, abre la ventana. No me apestes la habitación.

—…

—Miriam. ¡Miriam! ¡¡Miriam!!

—Perdona, tenía los cascos puestos.

—¡Que fumes en la ventana, coño!

—Ok, ok, ok. ¿Quieres un poco?

—Paso. Odio el humo y los porros me dan asco. Y que no se entere el abuelo de que has traído maría. Últimamente está disparado. Ahora su ídolo es Pablo Iglesias.

—Joder. Con lo franquista que ha sido el cabrón toda su vida…

—Pues tendrías que haberlo visto en los debates de las elecciones. Lo llamaba Comandante.

—¿Y tú? ¿Qué pasa, que te has hecho de Vox?

—¿Por qué dices eso?

—No sé, esas fotos que tienes escondidas de Ortega Smith…

—¿Has estado mirando mis papeles, Miriam?

—¡Suéltame, Iván!

—Eres una puta cotilla.

—No soy ninguna cotilla. Las fotos de Ortega Smith estaban en el suelo, listo. Las he escondido para que no te las pille papá y te machaque con sus bromitas de machirulo. ¡Suéltame! Está claro que la violencia forma parte estructural de lo masculino, independientemente del género.

—¿Dónde las has puesto?

—Te las he metido en el cajón de los calzoncillos. ¿Te has hecho de Vox?

—¿Qué me voy a hacer de Vox? Lo que pasa Ortega Smith me pone muuuuy cerdo. Sus ideas las odio, pero el tío está tremendo. Por eso he hecho ese collage.

—Ya lo he visto. Un poco raro. ¿Tú no eres gay?

—Sí, pero a veces me gustan las tías. Ese montaje de la cara de Ortega Smith en el cuerpo de una tía en bolas me pone mucho.

—Seguro que sigues siendo virgen.

—¿Virgen? Según como lo mires. ¿Y tú? ¿Queda alguien en la universidad a quien no te hayas follado?

—No me hables de follar, que tengo una movida que te cagas.

—¿Ah, sí? Cuéntame.

Y Miriam empieza a contar. Es una lástima que no podamos quedarnos más tiempo contemplando este enternecedor espectáculo de dos hermanos reconstruyendo con mimo una relación que había quedado interrumpida por el curso natural de la vida. Quizás más adelante, cuando el estado de alarma sea ya un hecho y los Peláez conozcan todos los detalles del confinamiento que los espera, podamos nosotros hacer un resumen, siquiera sea abreviado, de la movida —por utilizar su simpático lenguaje juvenil— en la que la bella Miriam se ha visto envuelta.

Capítulo 3: Viernes 13

Pese a que el cierre de los centros de enseñanza y el retorno de la hija pródiga constituyen, en sí mismas, dos señales elocuentes de que la normalidad se está quebrando, la sensación de que la cosa va en serio Dori solo la empieza a tener cuando, tras cerrar la peluquería que regenta, se pasa un momento por el mercado a comprar unas acelgas.

Calcula que la operación no le llevará más de diez minutos, como otras veces. Pero frente al mostrador de MORENTE HNOS. FRUTAS Y VERDURAS, su proveedor de confianza, se agolpa a las 14:45 una multitud histérica. Ella no lo sabe todavía, pero esta es la última vez que verá lo que en solo veinticuatro horas será percibido por la ciudadanía como una bárbara costumbre primitiva: un grupo de personas interactuando sin observar distancia de seguridad alguna. Unos se interpelan con agresividad, manifestando diferencias de criterio sobre quién ha dado la vez a quién; otros intentan hacerse un hueco en primera fila para, pongamos por caso, evaluar las alcachofas.

Morente, el frutero, advertido del peligro que se cierne —o quien sabe si en poder de alguna información de carácter confidencial que la gente todavía ignora—, ha prohibido de manera taxativa que la clientela tome en sus manos el género, sea para servirse así misma, sea para calibrar su peso, textura y calidad.

—A quien vuelva a tocarme los tomates le meto una hostia.

Él, que nunca antes había mostrado especial interés por la cosmética y que tenía una visión muy ácida de los varones que cuidan las manos, las lleva ahora enfundadas en unos guantes de látex negro. Cada vez que termina de servir a un cliente, vierte sobre ellos, sobre los guantes, una generosa cantidad de gel líquido y se las frota las manos, lo que produce un efecto como de farsa.

—¿Quién va ahora?

Han de transcurrir cuarenta y cinco minutos antes de que a Dori le llegue su turno. En el transcurso de esos tres cuartos de hora es tal su exposición a los datos que circulan de boca en boca —algunos verificados, otros no tanto, y casi todos convertidos en chascarrillos apocalípticos que, en su ignorancia pero con buena fe, las gentes sencillas difunden con una mezcla de temor y regocijo—, que cuando le toca pedir las acelgas ya ha decidido añadir a la compra inicial tres kilos de naranjas, dos de manzanas, dos de peras y plátanos, dos de cebollas, cinco de patatas, siete puerros, tres kilos de calabacines, dos coliflores y un poco de perejil.

Cargada de bolsas, Dori se detiene en la puerta del mercado y con el auxilio de las nuevas tecnologías, se pone en contacto con el grupo familiar para que alguno de sus miembros baje a la esquina y la ayude a subir la compra. Por desgracia, ninguno de sus miembros advierte la entrada del mensaje. O, si lo advierten, hacen caso omiso porque la Fortuna, tan caprichosa siempre, ha querido que el wásap entre cuando todos ellos se encuentran ejecutando otras tareas: Iván está librando una feroz batalla al Call of Duty contra un compañero que le gusta; el abuelo está informándose del avance de la epidemia a través del televisor, sin ceñirse a ninguna cadena, contrastando los datos que proporcionan las diferentes emisoras; Miriam, que se ha pasado la mañana mirando por la ventana a intervalos regulares, como si temiera o esperara ver a alguien, tiene el teléfono en silencio; y Adolfo ha aprovechado la ausencia de su mujer para encerrarse en el baño y poder mantener entre susurros una conversación telefónica.

¿Con quién habla Adolfo? ¿Esa respiración al otro lado de la puerta del baño a qué se debe? ¿Qué está pensando el abuelo ante el imparable avance del coronavirus? ¿Qué nuevo delirio se está fermentando en su cabeza? ¿En qué lío se ha metido Miriam? ¿A quién teme o espera ver por la ventana? ¿Quién es ese chico del instituto que tanto le gusta a Iván? Y en cuanto a Dori, ¿cómo ha podido, con lo menudita que es, subir todas esas bolsas sin ayuda? ¿Por qué no los manda a paseo?

Capítulo 4: La movida de Miriam

La desmesurada compra realizada por Dori se les antoja a los demás excéntrica y sin fundamento, motivada —dicen— por su carácter de natural exagerado y con querencia no tanto hacia la resolución de problemas reales, cuanto a la proyección de temores y fantasías apocalípticas. De todos los miembros de la unidad familiar es su marido (al que habíamos dejado, recordémoslo, respirando pesadamente tras la puerta del cuarto de baño) quien con mayor crueldad la somete a escarnio cuando, al salir —subiéndose todavía la bragueta y abrochándose el cinturón—, ve la estrecha cocina convertida en un tráiler de fruta, verdura y hortalizas. Resulta irónico que sea precisamente él, que tanto se ha burlado, quien más se acongoja cuando minutos después el presidente del Gobierno aparece en el gigantesco televisor que preside el salón-comedor, y anuncia de manera oficial la entrada en vigor del estado de alerta para el día siguiente.

—Hay que comprar —sostiene con solemnidad— más papel higiénico.

Ninguno de los hijos parece muy afectado por la declaración institucional. Miriam porque, como ya hemos dicho, tiene la cabeza en otra parte; e Iván porque acaba de enterarse de que Ortega Smith ha sido un activo vector de contagio. Iván no ha confesado a nadie su plan, minuciosamente urdido, de escaparse a Madrid el pasado 8M para asistir al mitin de Vox y poder estrechar la mano de su patriota favorito. Al final, un inoportuno examen de mates el 9M lo había disuadido de emprender una aventura que tal vez hoy estaría pagando muy cara.

Para el abuelo, acostumbrado a los avatares de la Guerra Civil, el estado de alerta no entraña —y así lo dice con aires del mariscal que fue— grandes limitaciones de movimiento.

—Pues para ti las va a entrañar todas —le responde agrio su hijo—; porque tú te vas a encerrar en el cuarto y no vas a salir ni para cagar. Dori: además de papel higiénico, a mi padre hay que comprarle también un orinal.

Las airadas protestas del viejo guardia civil se disuelven en la pesada atmósfera del momento y quedan en nada. La única que se comporta con cierta templanza es la que unos minutos antes ha sido acusada de generar una alarma innecesaria. A Dori el discurso de Sánchez no la pilla por sorpresa; todo lo que está diciendo el presidente ya lo había oído ella —si bien es cierto que expresado de manera más hiperbólica— mientras esperaba su turno en la frutería de los Hnos. Morente.

No por repetido es menos cierto aquel viejo adagio según el cual los grandes líderes se forjan en las crisis más acusadas. Terminado el discurso del presidente, la menuda Dori se pone en pie y con esa resolución que solo anida en el espíritu de los mejores, fija objetivos y encomienda tareas.

—Iván, recoge la cocina; Miriam, ve a la farmacia y compra una caja de paracetamol y otra de ibuprofeno, un bote de alcohol, una caja de guantes de látex y un paquete de mascarillas. Usted, abuelo, a su cuarto. Adolfo: coge las llaves del coche, nos vamos al centro comercial.

Ya sé que os había prometido detener aquí brevemente el curso de los acontecimientos y explicaros a grandes rasgos el lío en el que Miriam anda envuelta; pero, como dicen los periodistas, la actualidad manda y estas son las cosas del directo. La movida de Miriam, me temo, tendrá que esperar.

Capítulo 5: La movida de Miriam, ahora sí

Como no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague, quisiera aprovechar que los distintos miembros de la familia Peláez tienen una misión encomendada para detener el vertiginoso discurrir de la actualidad y reproducir con leves retoques de mi cosecha la famosa movida que la bella Miriam confió a su hermano mientras se fumaba un canuto asomada a la ventana.

Resulta que, acomplejada por su paupérrimo dominio de la lengua inglesa, Miriam había decidido tomar lecciones particulares en IDIOMAS OXFORD, un centro de enseñanza cercano a su domicilio, en el popular barrio de Usera. Tras realizar una prueba de ingreso, se inscribió en el curso básico, a la sazón impartido por Taylor Rich, un joven inglés natural de Bristol, que durante varios meses la instruyó con paciencia y amonestó con ternura no exenta de severidad. Y como la costumbre hace el cariño, fue naciendo en ella una afición por Taylor que iba más allá de ese afecto filial que une a los discípulos con los maestros.

Sí, la bella Miriam se enamoró. Ella, que veía a los hombres —y no a todos— como meros instrumentos de satisfacción sensual y que siempre se había declarado incapaz de sentir fascinación por aquellos seres básicos y elementales, descubrió que la simplicidad también podía resultar encantadora precisamente por lo que tenía de previsible. Pero, aunque Taylor era muy simple, no resultada en absoluto previsible.

—La semana pasada —le contó Miriam a su hermano entre calada y calada—, mientras nos poníamos los guantes de látex para ir a la manifestación del 8M, Taylor me confesó que no se llamaba Taylor Rich, sino Juan Francisco Serrano, y que no era de Bristol, sino de un pueblecito de Guadalajara por donde discurre una fuente clara de verdes cenefas, al que prometió llevarme para que me sumergiera en sus frescas aguas cuando la pesadilla en la que vivía hubiera terminado. Tampoco era profesor de inglés, sino relaciones públicas de una discoteca de Algete y propietario, junto a otros dos socios, de un whisquería de temática hawaiana a las afueras de Moralzarzal. Se había hecho pasar por profesor de inglés porque le perseguían los asesores de la Zarzuela.

Juanfran —que así le pidió él que lo llamara— había reconocido que su participación en el 8M no venía dada por la solidez de sus convicciones feministas —que las tenía—, sino por la necesidad de mezclarse con la multitud, aun a riesgo de contraer el virus, y poder así dar esquinazo, como vulgarmente se dice, a sus perseguidores. Comprando voluntades y forzando confesiones, los asesores de la Zarzuela habían descubierto por enésima vez su fingida identidad. Así vivía él desde hacía años, mudando de identidad como el áspid se deshace de su piel en primavera (lo del áspid no lo dijo él, esto es de mi cosecha).

—Menos el amor que te profeso, Miriam, todo lo que te he dicho es mentira —le confesó Juanfran—: mi nombre, mi profesión y las reglas para construir oraciones condicionales en inglés. Ahora, cuando salgamos a la calle y mi figura se desdibuje entre los miles de personas que claman por la igualdad entre hombres y mujeres, yo aprovecharé la muchedumbre para, confundido con ella, escapar de ellos una vez más. Pero antes de desaparecer he decidido confiar en ti y, como prueba de mi fidelidad, entregarte este preciado objeto para que lo pongas a buen recaudo porque de él depende mi salvación. Si en el transcurso de un mes, no has vuelto a tener noticias mías, ábrelo. Su contenido te indicará lo que tienes que hacer con él.

Y Juanfran le entregó un pendrive.

Capítulo 6: Los asesores de la Zarzuela

Os preguntaréis si Miriam entró en ese pendrive y la respuesta, ya os lo adelanto, es no. Alentada por la fidelidad a la que empuja el amor, Miriam había resistido la poderosa fuerza de la curiosidad y ocultado celosamente la memoria USB en un lugar de la casa de sus padres que prefiero mantener en secreto porque yo también soy partidario de respetar la voluntad de las personas amadas. Y también porque podría ser que alguno de vosotros, aprovechando el ocio forzado al que nos obliga este confinamiento infernal, diera en matar el tiempo haciendo averiguaciones sobre la familia Peláez hasta encontrar el perfil de alguno de sus miembros en las redes sociales.

Nada hubiera deseado más Iván que recibir hoy por Instagram un mensaje vuestro con instrucciones precisas sobre el paradero del pen. En vano había intentado él que su hermana lo conectara a la computadora de sobremesa para acceder a su contenido, pero ella se había mantenido firme a la palabra dada. Por eso, ahora que Miriam ha abandonado el hogar para cumplir la misión de adquirir medicinas y protecciones, él troca la encomienda de recoger la cocina por la búsqueda frenética de la memoria portátil.

Ajena a la febril actividad de su hermano y también, por qué no decirlo, muy segura del lugar elegido para mantener el preciado objeto fuera de su alcance, Miriam se dirige a la farmacia de la esquina, en lo que acaso constituya su última salida de casa en mucho tiempo. Se diría que la popular barriada manchega donde reside, poblada otrora de pícaros y buscavidas, se ha vuelto por vía de encantamiento una nueva Utopía donde las gentes son capaces de formar una ordenada hilera, de separarse unas de otras y sobre todo de guardar silencio, sin reclamar para sí privilegios ni recurrir a engaños o añagazas para colarse.

Cuando a Miriam le llega el turno y puede formular su pedido, un mozo de botica, embozado tras una mascarilla que solo deja ver unas cejas extraordinariamente pobladas y unos ojos diminutos y extraviados tras unas gafas de miope, le informa de que las existencias de guantes, mascarillas y alcohol de 72º se han agotado, y de que en ese momento solo puede proveerle de píldoras de paracetamol e ibuprofeno.

—Y también puedo dejarle mi teléfono, señorita Peláez —le dice el supuesto farmacéutico mientras le tiende un paquetito con las medicinas y una tarjeta de visita—, por si usted o algún miembro de su familia encuentra cierto objeto que nos pertenece. En ese caso le recomiendo que se ponga en contacto con nosotros a la mayor brevedad. Estamos por todas partes. Uno de mis hombres, o yo mismo, se desplazará hasta su domicilio con el fin de recogerlo y ahorrarle a usted molestias. Nos gustaría sobre todo eso: ahorrarle molestias.

Miriam, que tras recoger el pedido ha echado a correr como alma que lleva el diablo, solo se detiene al guarecerse en su portal; y es allí, al amparo de los buzones, donde se siente capaz de leer la tarjeta, cuya inscripción en hermosa letra humanista dice:

LÓPEZ & LÓPEZ LTD.

CROWN ADVISORS /ASESORES DE LA CORONA

MADRID, LONDON, LUXEMBOURG

Capítulo 7: Separémonos todos

Si ayer dejamos a la bella Miriam bajo los efectos de la terrible impresión que le habían causado las palabras del asesor de la Zarzuela travestido de boticario, hoy la encontramos ya recuperada y dispuesta a subir por la escalera cuando ve bajar a Falito, el vecino del 4º izda., que en otro tiempo estuvo enamoriscado de ella.

Ante la fescasez de suministros, Falito ha dado en protegerse del virus con un pañuelo como el que usan los forajidos en las películas del oeste y con unos guantes de fregar. Retraído, poco dado a fumar porros y a participar en botellones con otros jóvenes de su edad, Falito había consagrado su vida desde niño, como Petrarca, a la lectura de libros y a la escritura de poesía lírica. Esta temprana afición literaria, junto al padecimiento de una ligera dislexia que lo llevaba a alterar el orden de algunas sílabas en determinadas palabras, le había granjeado no pocas burlas en el barrio y algunas agresiones verbales.

Miriam todavía conserva los versos sin firma que Falito le dejaba en el buzón cuando al principio de la adolescencia la convirtió en su musa:

El amarte en secreto es una mierda;

me muero por ti y tú no te enteras.

Siempre que bajas por las escaleras,

oigo tus pasos desde el 4º izquierda.

No bien se reconocen, los dos jóvenes se saludan con afecto, pero a distancia; se resumen sumariamente el curso de sus respectivas vidas en el último año, y cuando Miriam se lamenta del cruel confinamiento que los espera, Falito, al que le brillan los ojos como si fueran de carbunclo y que parece poseído por una extraña fiebre, la tranquiliza:

—No te preocupes, Miriam; el encierro se pasará volando. Vamos a convertir el patio interior en un espacio de cultura. Voy a organizar conciertos de los vecinos, conferencias, lecturas públicas, espectáculos de danza y recitales de poesía. ¡Voy a contagiar el virus de la poesía a todo el vecindario! Esto sí que va a ser una pandemia.

Y riéndose de su propia metáfora, sale a la contaminación exterior mientras ella inicia la penosa subida hasta el quinto piso. Al abrir la puerta, una atalaya de rollos de papel higiénico, apilados a modo de muralla defensiva, le corta el paso hacia el interior de la exigua vivienda. Sus padres, que ya han regresado del centro comercial cargados de víveres y utensilios para afrontar el largo encierro, están discutiendo sobre la finalidad y el destino de aquel cargamento de papel. Adolfo sostiene que, en caso de extrema necesidad, la ingestión de celulosa proporcionará al cuerpo los nutrientes y la glucosa necesarios para su sustento.

Por encima de sus gritos se distingue perfectamente la voz estentórea del abuelo, que desde su inhumana reclusión está cantando La Internacional. Para manifestar su frontal oposición al destierro decretado por su hijo, ha alterado la letra del himno y marca el ritmo en la puerta de su celda con el orinal que le han comprado:

—Separéeemonos tooodos en la luuucha finaaal…

El único que no parece haber perdido el juicio en aquella hora trascendental es Iván, que, por no mudar la costumbre, está en la Play librando otra batalla de Call of Duty. Al ver a su amada hermana entrar en su cuarto, se libera brevemente de los cascos auriculares a través de los cuales se comunica con su adversario virtual y le pide silencio:

—Chsssss. Estoy jugando con uno que dice que es Ortega Smith. No sé si creérmelo.

—¿Seguro que es un adulto?

—Dice que tiene 50 tacos, pero mentalmente tiene 17. Yo creo que es él.

Capítulo 8: Telecomunicaciones

Como en todos vuestros hogares, la puerta de los Peláez también se clausura en la medianoche del sábado 14 de marzo, y solo se volverá a abrir en contadas pero muy emocionantes ocasiones, ya veréis.

Se inicia ahora un período de estrecha convivencia no solo entre los individuos de una misma familia, sino también y sobre todo entre los miembros de familias diferentes. El diseño arquitectónico de la llamada vivienda de protección oficial suele incluir un patio interior que invita a la interacción mediante el uso compartido de cuerdas para tender la ropa, lo que fomenta la tertulia y la murmuración. Además, en la ejecución de estas obras financiadas con dinero público, a menudo se escatiman gastos —si es que no se distraen partidas presupuestarias completas— en perjuicio de la calidad de los materiales empleados en su construcción. Así, se da la paradoja de que existen más secretos entre personas de la misma familia que entre vecinos del mismo piso o de pisos diferentes.

Adolfo y Dori, verbigracia, conocen mejor las pulsiones sexuales y los procesos digestivos de Ismael, El Pollero, y la Beti —los vecinos del piso de arriba— que los de sus respectivos cónyuges. Y, si no me creéis, leed la conversación que sin ápice de sátira sostienen los Peláez no bien apagan la luz de la mesilla de noche para entregarse al sueño espalda contra espalda:

ADOLFO. ¿Qué le pasa a la Beti, que lleva unos días sin pedirle a su marido que le aplaste la pechuga con el mazo?

DORI. El pobre Ismael está muy delicado; tiene problemas de vesícula y lleva unos días con gases y diarrea líquida.

Iván, que apenas sí conoce el alma de su amada hermana Miriam, no es que esté al corriente de todos los asuntos de las hermanas Reineta —cuyo cuarto está separado del suyo por un fino muro tabiquero—, pero sí sabe que cuando la madre se marcha a limpiar por horas domicilios particulares, ellas, que trabajan como falsas autónomas para una página de alcahuetería, se despojan de sus prendas íntimas frente a la webcam y simulan alcanzar el éxtasis entre gestos procaces y palabras soeces.

Y ninguno de ellos, ni Dori ni Adolfo ni Miriam ni Iván, sabe tampoco que el abuelo mantiene una comunicación tan fluida como secreta con el heroico capitán Ripoll, un jubilado de la marina mercante que vive con su hija y su yerno justo en el bloque de enfrente. Cuando las sombras de la noche se ciernen sobre la ciudad, los dos ancianos, valiéndose de sendas linternas de pila de petaca, intercambian señales luminosas en código Morse, cuyo alfabeto aprendieron al comienzo de sus carreras profesionales; Ripoll como telegrafista del buque La Moreneta y el abuelo Peláez como cabo primero de la Guardia Civil, encargado de las telecomunicaciones en la comandancia de Formentera.

Es el heroico capitán Ripoll quien esa noche, la primera del confinamiento, le comunica a su compadre que durante su discreta guardia matutina ha sorprendido a su nieta, a Miriam, entrando en su cuarto, y que la ha visto esconder debajo del colchón una memoria USB (que en código Morse se escribe: ..- … -…).

Ahí lo dejo.

Capítulo 9: Chantaje

Si a menudo los españoles hemos recurrido a la violencia para dirimir nuestras diferencias, en los momentos excepcionales también hemos sabido orillarlas y aunar esfuerzos en pos del bien común. ¡Con qué presteza hemos aprendido que de la suma de sacrificios individuales resulta un beneficio común! ¡Con qué entusiasmo en estos momentos de tribulación los príncipes de las letras han cedido sus obras a las gentes que, ora por falta de tiempo ora por escasez de dinero, se habían alejado del disfrute literario! Y no solo ellos; también los músicos, los cómicos, los saltimbanquis y los maestros de yoga y gimnasia han regalado su talento.

—¡Vaya cojones que tiene El Pollero! —dice Adolfo— ¡Ya podía regalarnos jamón serrano en vez de tanta matraca!

Pese a sus problemas de salud, El Pollero ha desempolvado este fin de semana la gaita que soplaba de mozo para hacerla sonar en el balcón y amenizar así las tardes de confinamiento. Las hermanas Reineta han sustituido sus indecorosas emisiones por unos tutoriales en los que enseñan a tocar las castañuelas, una técnica que adquirieron de niñas, cuando aún soñaban con un futuro esplendoroso en el circuito de canción española. Y Falito, como prometió, ha convertido un humilde patio de vecinos en un centro irradiador de cultura: desde las 12 hasta las 20 horas los vecinos disfrutan de recitales de poesía, conciertos de bandurria, exhibiciones de pilates, clases de gimnasia, espectáculos de ballet infantil y obras de teatro algo difíciles de seguir porque todos los trajes son iguales —sayos confeccionados con bolsas de basura, guantes azules y mascarillas de papel higiénico— y porque los actores declaman cada uno desde la ventana de su casa.

Cada miembro de la familia Peláez se evade como puede de esta incesante y abrumadora oferta cultural. El abuelo escucha el transistor y mantiene animadas tertulias en código Morse con el capitán Ripoll. Iván juega partidas y partidas de Call of Duty contra ese misterioso contrincante que dice llamarse Ortega Smith. Entre tiro y tiro, está naciendo entre ellos una amistad varonil no exenta de confidencias íntimas y picardías. Miriam rastrea en vano pistas de su amado Juanfran en forma de likes, retuits o comentarios en redes sociales; y, encerrado en el baño, Adolfo intercambia por Whatsapp mensajes subidos de tono y selfies de contenido erótico con Maruchi Frailes, una comercial de su empresa.

Por su parte, Dori ha adquirido la costumbre de escaparse al terrado de la vivienda para contemplar el paisaje desierto del polígono industrial que linda con el barrio. Allí se encuentra cuando el sonido de una aeronave viene a turbar su estado contemplativo. Incrédula, ve un helicóptero acercarse hacia ella y alcanzar la vertical del punto donde se encuentra. Por un momento piensa que es la policía, alertada por algún vecino, que viene a recordarle la prohibición de salir a los espacios comunes. Pero no es así: enganchada a un grueso cabo metálico, una figura ataviada con un equipo de protección integral va descendiendo hasta posarse en el suelo.

—¡Germán López, de López&López, asesores de La Corona, para servirla! —grita tras la escafandra—. ¡Doña Dori, su hija Miriam tiene algo que nos pertenece! ¡Dígale que mañana me pasaré a recogerlo! ¡Ah, y dígale también que tenemos cautivo a su amado Juanfran!

Dicho lo cual, la figura ascendió hasta la nave y, abordo de ella, desapareció.

Capítulo 10: El contenido de la memoria

Entre lágrimas, Miriam le confiesa a su madre, ante la atenta mirada de Iván, todo lo que le ha sucedido desde que conoció a Juanfran en la academia de inglés hasta que huyó de la capital, aprovechando el éxodo de los universitarios. Cuando termina su relato tiene que volver a repetir toda la historia porque su padre sale en ese momento del baño y se incorpora al improvisado cónclave familiar.

Tras unos instantes de prudente silencio, todos los miembros del clan coinciden en la importancia de recuperar el pendrive. Aunque ellos todavía lo creen escondido bajo el colchón del abuelo, la memoria hace tiempo que descansa en el cajón de su mesilla de noche. Atendiendo la opinión del heroico capitán Ripoll, con quien había contrastado las diferentes estrategias, el abuelo ha decidido no tomar la iniciativa y esperar a que su nieta reclame el aparatito o quiera acceder a su habitación con pretextos peregrinos.

—Cuando el enemigo manifiesta su debilidad en forma de petición o queja es el momento de negociar desde una posición ventajosa —le había aconsejado Ripoll, que en sus incontables travesías a lo largo y a lo ancho de este mundo, en más de una ocasión se había visto en la tesitura de tener que parlamentar con secuestradores y negociar con piratas.

—Abuelo, retírate de la puerta, ponte papel higiénico en la boca y déjame entrar, que tengo que coger una cosa —dice Miriam a través de la portezuela que da paso a la celda donde lo tienen confinado.

—¿Qué quieres? ¿El pendrive? —pregunta el abuelo— ¿Y qué recibo yo a cambio?

—¿Qué quieres?

—Quiero una de tus bolsitas de marihuana, con papelillos, filtros y tabaco. Anulación del orinal: acceso libre al baño y paseos diarios por el terrado; quiero ver el telediario de La Primera todos los días y que me consigáis la rueda de prensa del Comandante saltándose la cuarentena; la quiero ver. Y unos cuantos botes de leche condensada.

—¡Papá, la leche condensada te perjudica! Y además sólo se puede salir a comprar lo esencial.

—Entonces quiero pizza todas las noches; una Kansas Barbacoa con el borde relleno de mozzarella.

—De acuerdo. Aceptamos las condiciones —dice Miriam—. Ahora pásame el pendrive por debajo de la puerta.

—Hasta que no haya hecho al menos una vez todo lo que os he pedido, no hay pendrive que valga.

La entrega de estupefacientes, el uso del baño, la salida al terrado, el visionado del Telediario y de la rueda de prensa de Pablo Iglesias son demandas que la familia va satisfaciendo en lo que resta del día. Para la pizza barbacoa hay que esperar a que llegue la noche.

Cuando a las 21.05 el pizzero anuncia su llegada, el abuelo libera el pendrive. Mientras el viejo mariscal da buena cuenta de la pitanza, el resto de los Peláez se acomoda como puede en el cuarto de Iván, que conecta el dispositivo a su ordenador. Para sorpresa general, la memoria no contiene voluminosos archivos de texto, instantáneas de documentos ni hojas de cálculo, sino un vídeo titulado Perreo.

—Dale al play.

Capítulo 11: Perreo

Aunque el pudor y, por qué no decirlo, mis firmes convicciones monárquicas refrenan la pluma, voy a cumplir con mi obligación y a describir fidedignamente las imágenes que aquella noche contemplan los Peláez.

0:00. A juzgar por la intermitencia de las luces y por el reguetón que suena de fondo, la filmación tiene lugar en el interior de una sala de fiestas. Las imágenes, grabadas con un teléfono móvil de gama media, muestran de espaldas a un varón caucásico de aproximadamente 1,85 m. de estatura, 90 kilos de peso y edad avanzada. Peinado hacia atrás, el cabello clarea a la altura de la coronilla, aunque caracolea al llegar a la nuca. Viste pantalón oscuro, demasiado ceñido, zapatillas blancas de deporte y una camiseta de baloncesto de color amarillo con la leyenda CORONAVIRUS y el número 69, una inscripción sorprendente toda vez que el vídeo fue grabado hace 8 años, en la madrugada del 13 de abril de 2012. Con el brazo derecho apoyado en la barra, ingiere a intervalos irregulares un refresco, o combinado, servido en un vaso de tubo, que sujeta con la mano izquierda. Al parar la imagen, los Peláez advierten que en el dedo meñique luce un magnífico camafeo, engastado en un metal indeterminado, aunque probablemente precioso.

00:37. El individuo se aproxima a una mujer joven, que como él se encuentra consumiendo una bebida y marcando con ligeros movimientos de cabeza el ritmo del reguetón. Tras una breve conversación, la muchacha rehúsa su compañía. La misma operación se repite en varias ocasiones y en todas ellas es rechazado con irritación y fastidio.

05:03. El individuo parece reconocer los compases de Me Tienes Loco, de J. Álvarez y Jory Boy, y se encamina hacia la zona de baile. Al girarse, los Peláez paran la imagen: aunque se encuentra bajo techo y la iluminación de local es muy tenue, el individuo oculta sus ojos tras unas gafas modelo Aviator de la casa Ray Ban, que no impiden asignarle unos 70 años de edad, llevados eso sí con una excelente forma física. Colgando del cuello, varias cadenas doradas le engalanan el pecho, cuyo vello asoma por el escote de la camiseta de baloncesto.

05:13. En la pista, personas de diferentes sexos contonean sus caderas simulando coitos caninos, en un tipo de danza que recibe por esta característica el nombre de perreo. Se repite la misma situación que en la barra: el individuo se acerca a varias mujeres con la intención de formar con ellas pareja de baile, pero en todos los casos es rechazado.

08:56. A partir de ese minuto las imágenes son confusas, y los Peláez tienen que verlas varias veces para comprender lo que sucede. El individuo, que en opinión de Miriam mueve la cadera con demasiada agresividad para la preceptiva del género, se queda de pronto rígido, como clavado, y cae de rodillas.

09:15. Desde diferentes puntos de la sala de fiesta varios hombres, unos con traje y otros con indumentaria más informal y mucha quincalla, acuden a auxiliarlo en una exhalación. Mientras unos lo levantan; otros, desencajados, hablan a través de un pinganillo disimulado; y entre todos se lo llevan de allí.

En mi humilde opinión, nada de lo que se ve en esas imágenes justifica la apresurada conclusión de Iván, formulada de viva voz cuando los Peláez terminan de ver el vídeo:

—Hostia puta, es el emérito.

Capítulo 12: Cuestión de Estado

Os preguntaréis cómo se las ingenió Germán López, de López&López, Asesores de La Corona, para cumplir su amenaza y acceder al domicilio de los Peláez. Pues bien, os sorprendería saber hasta dónde llegan los tentáculos del Estado y el uso, no siempre recto, que da a los numerosos datos que almacena de nosotros.

Cuando al final del día, los Peláez vuelven a llamar a Telepizza en cumplimiento del pacto alcanzado con el abuelo, la llamada es interceptada y derivada a Germán López, que está teletrabajando en el discurso que rey Felipe tiene pensado dirigir a la nación. Cuarenta y cinco minutos después ya está presionando el telefonillo de los Peláez y anunciándose torticeramente como el repartidor de la pizza. Va pertrechado con un traje amarillo de protección integral y escafandra de dos filtros, y lleva en la mano la característica caja, falsificada por los servicios secretos del Estado.

Dispuesto como está a ejercer su autoridad recurriendo si es necesario a la coacción o al uso de violencia, a López le resulta sorprendente, pero muy grata, la cálida acogida que le dispensan los Peláez.

—Ahora comprendemos su insistencia en venir —le confiesa Dori—. El vídeo es muy delicado. Por favor, siéntese y quítese la escafandra.

—No, gracias, prefiero dejármela puesta.

—¿Una cerveza y unas patatas fritas?

—No, gracias. He venido a lo que he venido.

—Aquí está el pendrive —se lo muestra Dori—. ¿Dónde está mi amado Juanfran?

—En cuanto los servicios secretos del Estado comprueben que no se han hecho réplicas, el señor don Juanfran quedará en libertad.

—La verdad es que habíamos pensado hacer una copia y vendérsela por un pastizal a Eduardo Inda, jejeje —le suelta Adolfo.

—Los medios de comunicación son un poder del Estado. Nos preocupan más las redes sociales.

—Pues nosotros pensamos —dice Iván— que el vídeo aumentaría la simpatía del pueblo por la Corona. Deberían difundirlo.

—Discrepo; pero en todo caso, su patriótica observación llega demasiado tarde. Todo eso sucedió en 2012.

—¿No fue en 2012 cuando se rompió el rey la cadera en Botsuana? —le pregunta Dori.

—No, señora. Ya lo ha visto, usted: Su Majestad se rompió la cadera perreando en una discoteca de Moralzarzal que solía frecuentar en su tiempo de ocio, tal es su campechanía. Fue idea de un servidor ocultar la verdad a la opinión pública y construir el falso relato del safari en la lejana Botsuana. Relato falso, pero más apropiado a su noble rango. Entre provocar la simpatía del pueblo con un vídeo indigno de un rey y despertar el odio con el relato de un aristocrático safari africano, juzgué preferible lo segundo, y me lo inventé todo. Ciertamente Su Majestad tuvo que abdicar en su hijo; pero su prestigio ha quedado intacto entre las monarquías europeas. Nosotros las asesoramos a todas ellas.

—¿Y lo de ponerse una camiseta de con el nombre CORONAVIRUS?

—Hasta los reyes se comportan a veces como críos. Una inocente bromita, producto de su afición al juego de palabras o calambur. En 2012 hubiera sido chiste inofensivo, pero hoy haría temblar los cimientos de La Casa… En fin… Son ustedes muy simpáticos y yo me estoy sofocando con esta escafandra. ¿Sigue en pie esa cervecita?

Capítulo 13: Desenlace

Me figuro que a vosotros, como al que suscribe estas líneas, también os admira la templanza de Germán López, de López&López, Asesores de La Corona, y os habéis sentido atraídos por su arrojo y por el vigor de sus convicciones. No es algo que me cause maravilla: así como en la tempestad el angustiado náufrago ase (del verbo asir) el providencial leño, en tiempos de incertidumbre y zozobra los desamparados buscan refugio y los afligidos, contento.

Nuestros Peláez tampoco son inmunes a los encantos del asesor de La Zarzuela, cuyo verbo florido embelesa sus voluntades. Si bien es cierto que los poderosos y quienes los frecuentan parecen investidos de un aura sobrenatural que los hace casi divinos, en el caso de López no es su familiaridad con las monarquías europeas o sus contactos con los servicios secretos de todo el mundo lo que cautiva el ánimo de los Peláez, sino su agudeza de ingenio y su deleitosa conversación.

Miriam, que hasta el momento —el momento en el que su madre saca unas cervecitas y unas patatas fritas, y el asesor se quita la escafandra y se relaja— bebía los vientos por Juanfran y solo ansiaba su pronta liberación, va sintiendo por López una creciente e inexplicable afición. Sus audaces razonamientos sobre el feminismo ecologista post-conservador y la formulación de su teoría de las varices como disidencia cultural lo convierten a sus ojos en un adalid de la nueva masculinidad, y se enamora perdidamente de él.

Iván, encaprichado de Ortega-Smith, o como se llame su misterioso contrincante de Call of Duty, lo escucha fascinado disertar sobre LoL, Counter-Strike y otros eSports. Cuando ambos van a la cocina a por más cerveza y López le confiesa, mirándolo como no lo ha mirado nadie en corta vida, que, de no haberse convertido en asesor de La Zarzuela, habría sido caster de Fortnite, Iván se rinde a su persuasión y encanto.

Aunque Dori se encandila con la selección de anécdotas reales y chascarrillos aristocráticos que Germán López confecciona especialmente para ella, no le desagrada en absoluto que el asesor le mire con descaro el canalillo cuando ella se inclina a coger una patata frita.

Incluso Adolfo, tan poco dado a sentir interés por otro sexo que no sea el femenino, descubre en Germán López un semejante, un hermano o, mejor dicho, un cuñado; un cuñado prodigioso, cuyo análisis de la dramática situación que vive España coincide punto por punto con el suyo y se resume en dos apotegmas: la culpa de todo la tienen Pedro Sánchez o Pablo Iglesias y el coronavirus es un bicho que han fabricado los chinos.

—Este tío es un máquina —sentencia el cabeza de familia.

El abuelo, que ya puede entrar y salir de su celda libremente, ha asistido en secreto a la improvisada francachela; y en varias ocasiones ha estado a punto de irrumpir en el salón, encolerizado por las fementidas palabras del asesor de la Zarzuela. Él es el único miembro de la familia que no se queda complacido y admirado cuando López se marcha de regreso a La Casa, sino escamado y receloso o, como vulgarmente se dice, con la mosca detrás de la oreja.

Pero esa es otra historia, que requiere más tiempo y mayor espacio; de ella os hablaré en una próxima ocasión. Hasta entonces os deseo salud a todos y muchas gracias.

Antonio Orejudo es escritor. Autor de Ventajas de viajar en tren, recientemente adaptada al cine, sus últimos libros son Los cinco y yo (Tusquets, 2017) y Grandes éxitos (Tusquets, 2018).

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