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La casa de los Peláez | Capítulo 9: Chantaje

Enrique Flores

Si a menudo los españoles hemos recurrido a la violencia para dirimir nuestras diferencias, en los momentos excepcionales también hemos sabido orillarlas y aunar esfuerzos en pos del bien común. ¡Con qué presteza hemos aprendido que de la suma de sacrificios individuales resulta un beneficio común! ¡Con qué entusiasmo en estos momentos de tribulación los príncipes de las letras han cedido sus obras a las gentes que, ora por falta de tiempo ora por escasez de dinero, se habían alejado del disfrute literario! Y no solo ellos; también los músicos, los cómicos, los saltimbanquis y los maestros de yoga y gimnasia han regalado su talento.

—¡Vaya cojones que tiene El Pollero! —dice Adolfo— ¡Ya podía regalarnos jamón serrano en vez de tanta matraca!

Pese a sus problemas de salud, El Pollero ha desempolvado este fin de semana la gaita que soplaba de mozo para hacerla sonar en el balcón y amenizar así las tardes de confinamiento. Las hermanas Reineta han sustituido sus indecorosas emisiones por unos tutoriales en los que enseñan a tocar las castañuelas, una técnica que adquirieron de niñas, cuando aún soñaban con un futuro esplendoroso en el circuito de canción española. Y Falito, como prometió, ha convertido un humilde patio de vecinos en un centro irradiador de cultura: desde las 12 hasta las 20 horas los vecinos disfrutan de recitales de poesía, conciertos de bandurria, exhibiciones de pilates, clases de gimnasia, espectáculos de ballet infantil y obras de teatro algo difíciles de seguir porque todos los trajes son iguales —sayos confeccionados con bolsas de basura, guantes azules y mascarillas de papel higiénico— y porque los actores declaman cada uno desde la ventana de su casa.

Cada miembro de la familia Peláez se evade como puede de esta incesante y abrumadora oferta cultural. El abuelo escucha el transistor y mantiene animadas tertulias en código Morse con el capitán Ripoll. Iván juega partidas y partidas de Call of Duty contra ese misterioso contrincante que dice llamarse Ortega Smith. Entre tiro y tiro, está naciendo entre ellos una amistad varonil no exenta de confidencias íntimas y picardías. Miriam rastrea en vano pistas de su amado Juanfran en forma de likes, retuits o comentarios en redes sociales; y, encerrado en el baño, Adolfo intercambia por Whatsapp mensajes subidos de tono y selfies de contenido erótico con Maruchi Frailes, una comercial de su empresa.

Por su parte, Dori ha adquirido la costumbre de escaparse al terrado de la vivienda para contemplar el paisaje desierto del polígono industrial que linda con el barrio. Allí se encuentra cuando el sonido de una aeronave viene a turbar su estado contemplativo. Incrédula, ve un helicóptero acercarse hacia ella y alcanzar la vertical del punto donde se encuentra. Por un momento piensa que es la policía, alertada por algún vecino, que viene a recordarle la prohibición de salir a los espacios comunes. Pero no es así: enganchada a un grueso cabo metálico, una figura ataviada con un equipo de protección integral va descendiendo hasta posarse en el suelo.

—¡Germán López, de López&López, asesores de La Corona, para servirla! —grita tras la escafandra—. ¡Doña Dori, su hija Miriam tiene algo que nos pertenece! ¡Dígale que mañana me pasaré a recogerlo! ¡Ah, y dígale también que tenemos cautivo a su amado Juanfran!

Dicho lo cual, la figura ascendió hasta la nave y, abordo de ella, desapareció.

Mañana, capítulo 10: El contenido de la memoria

Antonio Orejudo es escritor. Autor de Ventajas de viajar en tren, recientemente adaptada al cine, sus últimos libros son Los cinco y yo (Tusquets, 2017) y Grandes éxitos (Tusquets, 2018).

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