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La casa de los Peláez | Capítulo 8: Telecomunicaciones

Enrique Flores

Como en todos vuestros hogares, la puerta de los Peláez también se clausura en la medianoche del sábado 14 de marzo, y solo se volverá a abrir en contadas pero muy emocionantes ocasiones, ya veréis.

Se inicia ahora un período de estrecha convivencia no solo entre los individuos de una misma familia, sino también y sobre todo entre los miembros de familias diferentes. El diseño arquitectónico de la llamada vivienda de protección oficial suele incluir un patio interior que invita a la interacción mediante el uso compartido de cuerdas para tender la ropa, lo que fomenta la tertulia y la murmuración. Además, en la ejecución de estas obras financiadas con dinero público, a menudo se escatiman gastos —si es que no se distraen partidas presupuestarias completas— en perjuicio de la calidad de los materiales empleados en su construcción. Así, se da la paradoja de que existen más secretos entre personas de la misma familia que entre vecinos del mismo piso o de pisos diferentes.

Adolfo y Dori, verbigracia, conocen mejor las pulsiones sexuales y los procesos digestivos de Ismael, El Pollero, y la Beti —los vecinos del piso de arriba— que los de sus respectivos cónyuges. Y, si no me creéis, leed la conversación que sin ápice de sátira sostienen los Peláez no bien apagan la luz de la mesilla de noche para entregarse al sueño espalda contra espalda:

ADOLFO. ¿Qué le pasa a la Beti, que lleva unos días sin pedirle a su marido que le aplaste la pechuga con el mazo?

DORI. El pobre Ismael está muy delicado; tiene problemas de vesícula y lleva unos días con gases y diarrea líquida.

Iván, que apenas sí conoce el alma de su amada hermana Miriam, no es que esté al corriente de todos los asuntos de las hermanas Reineta —cuyo cuarto está separado del suyo por un fino muro tabiquero—, pero sí sabe que cuando la madre se marcha a limpiar por horas domicilios particulares, ellas, que trabajan como falsas autónomas para una página de alcahuetería, se despojan de sus prendas íntimas frente a la webcam y simulan alcanzar el éxtasis entre gestos procaces y palabras soeces.

Y ninguno de ellos, ni Dori ni Adolfo ni Miriam ni Iván, sabe tampoco que el abuelo mantiene una comunicación tan fluida como secreta con el heroico capitán Ripoll, un jubilado de la marina mercante que vive con su hija y su yerno justo en el bloque de enfrente. Cuando las sombras de la noche se ciernen sobre la ciudad, los dos ancianos, valiéndose de sendas linternas de pila de petaca, intercambian señales luminosas en código Morse, cuyo alfabeto aprendieron al comienzo de sus carreras profesionales; Ripoll como telegrafista del buque La Moreneta y el abuelo Peláez como cabo primero de la Guardia Civil, encargado de las telecomunicaciones en la comandancia de Formentera.

Es el heroico capitán Ripoll quien esa noche, la primera del confinamiento, le comunica a su compadre que durante su discreta guardia matutina ha sorprendido a su nieta, a Miriam, entrando en su cuarto, y que la ha visto esconder debajo del colchón una memoria USB (que en código Morse se escribe: ..- … -…).

Ahí lo dejo

Mañana, capítulo 9: Chantaje

Antonio Orejudo es escritor. Autor de Ventajas de viajar en tren, recientemente adaptada al cine, sus últimos libros son Los cinco y yo (Tusquets, 2017) y Grandes éxitos (Tusquets, 2018).

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