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La casa de los Peláez | Capítulo 7: Separémonos todos

Enrique Flores

Si ayer dejamos a la bella Miriam bajo los efectos de la terrible impresión que le habían causado las palabras del asesor de la Zarzuela travestido de boticario, hoy la encontramos ya recuperada y dispuesta a subir por la escalera cuando ve bajar a Falito, el vecino del 4º izda., que en otro tiempo estuvo enamoriscado de ella.

Ante la fescasez de suministros, Falito ha dado en protegerse del virus con un pañuelo como el que usan los forajidos en las películas del oeste y con unos guantes de fregar. Retraído, poco dado a fumar porros y a participar en botellones con otros jóvenes de su edad, Falito había consagrado su vida desde niño, como Petrarca, a la lectura de libros y a la escritura de poesía lírica. Esta temprana afición literaria, junto al padecimiento de una ligera dislexia que lo llevaba a alterar el orden de algunas sílabas en determinadas palabras, le había granjeado no pocas burlas en el barrio y algunas agresiones verbales.

Miriam todavía conserva los versos sin firma que Falito le dejaba en el buzón cuando al principio de la adolescencia la convirtió en su musa:

El amarte en secreto es una mierda;

me muero por ti y tú no te enteras.

Siempre que bajas por las escaleras,

oigo tus pasos desde el 4º izquierda.

No bien se reconocen, los dos jóvenes se saludan con afecto, pero a distancia; se resumen sumariamente el curso de sus respectivas vidas en el último año, y cuando Miriam se lamenta del cruel confinamiento que los espera, Falito, al que le brillan los ojos como si fueran de carbunclo y que parece poseído por una extraña fiebre, la tranquiliza:

—No te preocupes, Miriam; el encierro se pasará volando. Vamos a convertir el patio interior en un espacio de cultura. Voy a organizar conciertos de los vecinos, conferencias, lecturas públicas, espectáculos de danza y recitales de poesía. ¡Voy a contagiar el virus de la poesía a todo el vecindario! Esto sí que va a ser una pandemia.

Y riéndose de su propia metáfora, sale a la contaminación exterior mientras ella inicia la penosa subida hasta el quinto piso. Al abrir la puerta, una atalaya de rollos de papel higiénico, apilados a modo de muralla defensiva, le corta el paso hacia el interior de la exigua vivienda. Sus padres, que ya han regresado del centro comercial cargados de víveres y utensilios para afrontar el largo encierro, están discutiendo sobre la finalidad y el destino de aquel cargamento de papel. Adolfo sostiene que, en caso de extrema necesidad, la ingestión de celulosa proporcionará al cuerpo los nutrientes y la glucosa necesarios para su sustento.

Por encima de sus gritos se distingue perfectamente la voz estentórea del abuelo, que desde su inhumana reclusión está cantando La Internacional. Para manifestar su frontal oposición al destierro decretado por su hijo, ha alterado la letra del himno y marca el ritmo en la puerta de su celda con el orinal que le han comprado:

—Separéeemonos tooodos en la luuucha finaaal…

El único que no parece haber perdido el juicio en aquella hora trascendental es Iván, que, por no mudar la costumbre, está en la Play librando otra batalla de Call of Duty. Al ver a su amada hermana entrar en su cuarto, se libera brevemente de los cascos auriculares a través de los cuales se comunica con su adversario virtual y le pide silencio:

—Chsssss. Estoy jugando con uno que dice que es Ortega Smith. No sé si creérmelo.

—¿Seguro que es un adulto?

—Dice que tiene 50 tacos, pero mentalmente tiene 17. Yo creo que es él.

Mañana, capítulo 8: Telecomunicaciones

Antonio Orejudo es escritor. Autor de Ventajas de viajar en tren, recientemente adaptada al cine, sus últimos libros son Los cinco y yo (Tusquets, 2017) y Grandes éxitos (Tusquets, 2018).

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