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La casa de los Peláez. Capítulo 2: Amor de hermanos

Enrique Flores

Decidme, ¿hay algo más hermoso que la amistad entre hermanos? Pues aprovechemos entonces la ocasión que se nos ofrece y entremos en el cuarto de Iván: ínfimo, sí, pero decorado con gusto y sentido práctico. De qué manera se han podido introducir en aquel habitáculo una cama-nido, una mesa de trabajo, una silla de oficina y un televisor gigante que hace las veces de monitor y de pantalla de la Play no lo sé. La disposición del mobiliario y los materiales en los que está fabricado han creado una atmósfera cálida y hospitalaria. En la pared, dos láminas: una con el logo de Heretics, un equipo de eSports, y otra con el rostro de Bad Bunny. Los niños de ayer convertidos hoy en dos atractivos jóvenes están tumbados cada uno en su cama. Comparten confidencias al día siguiente de la negociación familiar, el jueves 14 de marzo, veinticuatro horas antes de que toda España reciba la noticia de que durante los próximos quince días nadie podrá salir de casa.

—Joder, Miriam: si vas a fumarte un canuto, abre la ventana. No me apestes la habitación.

—…

—Miriam. ¡Miriam! ¡¡Miriam!!

—Perdona, tenía los cascos puestos.

—¡Que fumes en la ventana, coño!

—Ok, ok, ok. ¿Quieres un poco?

—Paso. Odio el humo y los porros me dan asco. Y que no se entere el abuelo de que has traído maría. Últimamente está disparado. Ahora su ídolo es Pablo Iglesias.

—Joder. Con lo franquista que ha sido el cabrón toda su vida…

—Pues tendrías que haberlo visto en los debates de las elecciones. Lo llamaba Comandante.

—¿Y tú? ¿Qué pasa, que te has hecho de Vox?

—¿Por qué dices eso?

—No sé, esas fotos que tienes escondidas de Ortega Smith…

—¿Has estado mirando mis papeles, Miriam?

—¡Suéltame, Iván!

—Eres una puta cotilla.

—No soy ninguna cotilla. Las fotos de Ortega Smith estaban en el suelo, listo. Las he escondido para que no te las pille papá y te machaque con sus bromitas de machirulo. ¡Suéltame! Está claro que la violencia forma parte estructural de lo masculino, independientemente del género.

—¿Dónde las has puesto?

—Te las he metido en el cajón de los calzoncillos. ¿Te has hecho de Vox?

—¿Qué me voy a hacer de Vox? Lo que pasa Ortega Smith me pone muuuuy cerdo. Sus ideas las odio, pero el tío está tremendo. Por eso he hecho ese collage.

—Ya lo he visto. Un poco raro. ¿Tú no eres gay?

—Sí, pero a veces me gustan las tías. Ese montaje de la cara de Ortega Smith en el cuerpo de una tía en bolas me pone mucho.

—Seguro que sigues siendo virgen.

—¿Virgen? Según como lo mires. ¿Y tú? ¿Queda alguien en la universidad a quien no te hayas follado?

—No me hables de follar, que tengo una movida que te cagas.

—¿Ah, sí? Cuéntame.

Y Miriam empieza a contar. Es una lástima que no podamos quedarnos más tiempo contemplando este enternecedor espectáculo de dos hermanos reconstruyendo con mimo una relación que había quedado interrumpida por el curso natural de la vida. Quizás más adelante, cuando el estado de alarma sea ya un hecho y los Peláez conozcan todos los detalles del confinamiento que los espera, podamos nosotros hacer un resumen, siquiera sea abreviado, de la movida —por utilizar su simpático lenguaje juvenil— en la que la bella Miriam se ha visto envuelta.

Mañana, capítulo 3: Viernes 13

Antonio Orejudo es escritor. Autor de Ventajas de viajar en tren, recientemente adaptada al cine, sus últimos libros son Los cinco y yo (Tusquets, 2017) y Grandes éxitos (Tusquets, 2018).

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