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La casa de los Peláez | Capítulo 10: El contenido de la memoria

ENRIQUE FLORES / EL PAÍS

Entre lágrimas, Miriam le confiesa a su madre, ante la atenta mirada de Iván, todo lo que le ha sucedido desde que conoció a Juanfran en la academia de inglés hasta que huyó de la capital, aprovechando el éxodo de los universitarios. Cuando termina su relato tiene que volver a repetir toda la historia porque su padre sale en ese momento del baño y se incorpora al improvisado cónclave familiar.

Tras unos instantes de prudente silencio, todos los miembros del clan coinciden en la importancia de recuperar el pendrive. Aunque ellos todavía lo creen escondido bajo el colchón del abuelo, la memoria hace tiempo que descansa en el cajón de su mesilla de noche. Atendiendo la opinión del heroico capitán Ripoll, con quien había contrastado las diferentes estrategias, el abuelo ha decidido no tomar la iniciativa y esperar a que su nieta reclame el aparatito o quiera acceder a su habitación con pretextos peregrinos.

—Cuando el enemigo manifiesta su debilidad en forma de petición o queja es el momento de negociar desde una posición ventajosa —le había aconsejado Ripoll, que en sus incontables travesías a lo largo y a lo ancho de este mundo, en más de una ocasión se había visto en la tesitura de tener que parlamentar con secuestradores y negociar con piratas.

—Abuelo, retírate de la puerta, ponte papel higiénico en la boca y déjame entrar, que tengo que coger una cosa —dice Miriam a través de la portezuela que da paso a la celda donde lo tienen confinado.

—¿Qué quieres? ¿El pendrive? —pregunta el abuelo— ¿Y qué recibo yo a cambio?

—¿Qué quieres?

—Quiero una de tus bolsitas de marihuana, con papelillos, filtros y tabaco. Anulación del orinal: acceso libre al baño y paseos diarios por el terrado; quiero ver el telediario de La Primera todos los días y que me consigáis la rueda de prensa del Comandante saltándose la cuarentena; la quiero ver. Y unos cuantos botes de leche condensada.

—¡Papá, la leche condensada te perjudica! Y además sólo se puede salir a comprar lo esencial.

—Entonces quiero pizza todas las noches; una Kansas Barbacoa con el borde relleno de mozzarella.

—De acuerdo. Aceptamos las condiciones —dice Miriam—. Ahora pásame el pendrive por debajo de la puerta.

—Hasta que no haya hecho al menos una vez todo lo que os he pedido, no hay pendrive que valga.

La entrega de estupefacientes, el uso del baño, la salida al terrado, el visionado del Telediario y de la rueda de prensa de Pablo Iglesias son demandas que la familia va satisfaciendo en lo que resta del día. Para la pizza barbacoa hay que esperar a que llegue la noche.

Cuando a las 21.05 el pizzero anuncia su llegada, el abuelo libera el pendrive. Mientras el viejo mariscal da buena cuenta de la pitanza, el resto de los Peláez se acomoda como puede en el cuarto de Iván, que conecta el dispositivo a su ordenador. Para sorpresa general, la memoria no contiene voluminosos archivos de texto, instantáneas de documentos ni hojas de cálculo, sino un vídeo titulado Perreo.

—Dale al play.

Mañana, capítulo 11. Perreo.

Antonio Orejudo es escritor. Autor de Ventajas de viajar en tren, recientemente adaptada al cine, sus últimos libros son Los cinco y yo (Tusquets, 2017) y Grandes éxitos (Tusquets, 2018).

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