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La campeona olímpica Rebeca Andrade aterriza en las tripas del Brasil esclavista

Rebeca es hermosa y, además de hermosa, vuela. Evoca lo mejor de Brasil en un momento en que Brasil muestra sus tripas en plaza pública, empezando por Jair Bolsonaro, nacido y criado en los intestinos del país que más lejos llevó la esclavitud y el genocidio continuado de negros e indígenas. Me alegro por Rebeca y todo lo que representa: la niña negra criada en la favela por una madre soltera que ha conseguido una medalla olímpica al son de funk brasileño, a pesar de tener toda la estructura de un país en contra. Y lo ha hecho en un momento en que el Brasil se avergüenza de sí mismo. Es maravilloso y realmente necesitamos la belleza. Pero me siento incómoda con la narrativa de “superación” y la manera en la que la “gloria” de Rebeca se utiliza, en muchos casos con buena intención, para encubrir las tripas. O para encubrir que Brasil sigue siendo mucho más de personajes-símbolo de la esclavitud como Borba Gato que de mujeres negras como Rebeca. Mientras Rebeca volaba como excepción, la violencia se desbocaba en el barracón que Brasil nunca dejó de ser y que, con Jair Messias Bolsonaro, ha hecho aumentar la sangre en el suelo.

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