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Kit de supervivencia cultural para el encierro (día 43)

UN LIBRO: La maleta, Sergei Dovlátov

Kit de supervivencia cultural para el encierro (día 43)

En 1978, con 36 años, Sergei Dovlátov decidió abandonar la Unión Soviética y se dirigió al Departamento de Visados. Allí le dijeron que cada emigrante tenía derecho a llevarse solo tres piezas de equipaje. “¿Y qué hace uno con sus cosas?”, protestó el escritor. “Por ejemplo, con mi colección de coches de carreras”. Al final resultó que todo lo que tenía cabía en una maleta: unos botines, un traje cruzado ideal para la ceremonia de entrega del Nobel, un cinturón militar de cuero o un gorro de invierno de falsa nutria. A cada una de esas prendas les dedicó un cuento en el fulgurante y desopilante La maleta, una colección de relatos que funciona como memoria personal del escritor. También como retrato político de la Guerra Fría, porque su destino final era Nueva York, donde se instaló para practicar su deporte favorito: no salir de casa. “Me corto el cabello cuando pierdo el aspecto humano. Y me lo corto al cero, para no tener que volver a hacerlo en tres meses”, escribe en ‘Camisa de popelín’.

El estilo de Dovlátov está hecho de ironía y frases cortas. Sabe que la crueldad bien entendida empieza por uno mismo. Por eso se presenta desde el principio como un descreído integral que consigue que lo expulsen de la Universidad de Leningrado a pesar de que sus instalaciones tienen una atmósfera ideal para el estudio. “En semejante ambiente”, apunta, “es difícil ser holgazán, pero yo lo lograba”. Ni que decir tiene que su descreimiento es tanto político como cultural. Dedicado a objetos concretos –la magdalena de Proust es un calcetín–, el suyo es el libro menos fetichista de la historia de la literatura. Así, cuando habla de la chaqueta de Fernand Léger que terminó en su poder, retrata al artista francés como alguien que “murió siendo comunista, después de creer para siempre en la mayor charlatanería del mundo”. Y añade: “No se excluye que, como muchos pintores, fuera tonto”. Haciendo amigos. Javier Rodríguez Marcos

La maleta. Sergei Dovlátov. 1986. Traducción de Justo E. Vasco. Fulgencio Pimentel. Disponible en Todos tus libros, Amazon, Fnac.

UNA ÓPERA: Parsifal de Richard Wagner

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Como todas sus obras, la última ópera de Wagner, Parsifal, admite múltiples lecturas, desde perspectivas incluso opuestas, y su historia interpretativa así lo demuestra. Hay en ella elementos religiosos indudables, aunque no es en absoluto una obra cristiana ni un “festival escénico sacro”, como suele traducirse equivocadamente la denominación que le dio el propio compositor, sino una creación que consagraba la Festspielhaus de Bayreuth –inaugurada seis años antes con El anillo del nibelungo como un templo dedicado en exclusiva al arte wagneriano. Pero lo que requiere volver a ella en estos días es la enseñanza central que nos regala, aquello que ha de comprender su protagonista para lograr que se cierre la herida siempre lacerante de Amfortas: la compasión. Hay que entender este sustantivo en su sentido etimológico original (cum patere), el de sufrir con otra persona, haciendo nuestro, sintiéndolo incluso físicamente, su dolor. Para ello se necesitaba a alguien, como había predicho el propio Amfortas, puro y necio, un adjetivo este último que también debemos traducir buceando en su antecedente latino nesciens: no el loco o el bobo, como a veces se lee, sino el que no sabe. Y es justamente la compasión la llave que le abre las puertas del conocimiento. Pensarán muchos que cuatro horas son excesivas para explicar una lección en apariencia tan sencilla. Que los largos parlamentos de Gurnemanz, las artes seductoras de Kundry, los desvaríos de Klingsor o los lamentos de Amfortas son a todas luces excesivos. Pero cualesquiera horas son pocas para aprender, de verdad, qué es la compasión, para sufrir realmente con quienes sufren.

Una interpretación de Parsifal destaca sobre todas: la que dirigió Hans Knappertsbusch en 1951 en la primera edición del Festival de Bayreuth después de que reabriera sus puertas tras la Segunda Guerra Mundial. Con un reparto incomparable (Wolfgang Windgassen, Martha Mödl, Ludwig Weber, George London), solo superado en años posteriores con la incorporación de Hans Hotter, una dirección escénica abstracta y despojada de Wieland Wagner y la batuta honda, pausada y trascendente de “Kna”, hace justicia como ningún otro registro a las infinitas bellezas de esta música. Ahora, cuando el sufrimiento se ha abatido sobre tantas personas, cuando es tanto lo que no sabemos, cuando vivimos cada día con una nueva dimensión del tiempo (“Zum Raum wird hier die Zeit”: “el tiempo deviene aquí en espacio”, sentencia Gurnemanz en el primer acto), es el momento perfecto para sumergirnos sin prisas en esta liturgia laica de la compasión. Luis Gago

Parsifal. Richard Wagner. Dirigida por Hans Knappertsbusch. Disponible en Spotify, Apple Music y otras plataformas.

UNA PELÍCULA: Los lunes al sol, de Fernando León de Aranoa

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Esto es un cuento. Pero no un cuento sin más. Es un cuento con su moraleja, sus protagonistas y sus antagonistas, con su princesa y sus héroes. Por desgracia no hay castillos ni perdices, pero sí fábulas de hormigas y cigarras. Esto es Los lunes al sol, Concha de Oro en el Festival de San Sebastián de 2002, retrato exacto de una generación expulsada del mundo laboral y que solo puede asomarse al día al día del resto de los trabajadores desde los bancos al sol. Por desgracia, en perspectiva, lo mostrado en pantalla no ha mejorado. Si acaso, han cambiado las generaciones, porque una tras otra vuelve a sufrir el aplastamiento vital de la falta de un trabajo con sueldo digno, si es que encuentran una salida laboral. Los Rico, Amador, Santa, Lino del Vigo del cambio de siglo, sufridores de una reconversión industrial que enmascara otra maniobra más del capitalismo liberal desaforado, encuentran hoy eco en cualquier calle, dársena, muelle o polígono industrial en España.

Si León de Aranoa rodó Los lunes al sol de una manera dura y desesperanzada, con cierta melancolía por el tiempo en que los obreros importaban algo –y en 2001 ya no era así–, hoy no hay ni una razón para el optimismo en ese paisaje en el que los ricos son más ricos y los pobres, claramente más pobres. El madrileño contó con los acompañantes perfectos para este viaje: Luis Tosar, Celso Bugallo, Aida Folch, José Ángel Egido, Nieve de Medina, Joaquín Climent, Elías Querejeta en la producción y Ignacio del Moral como coguionista. Pero, sobre todo, Los lunes al sol es una (otra) vigorosa muestra del talento de Javier Bardem, el mejor actor español. Suya es la construcción de Santa, el réquiem andante del trabajador español. Gregorio Belinchón

Los lunes al sol. Fernando León de Aranoa. 2002. La película está disponible en Filmin y HBO.

UNA SERIE: Cuéntame cómo pasó

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¿Cómo habría sido el confinamiento en San Genaro? En realidad, no se puede descartar que terminemos viéndolo si Cuéntame sigue el paso que lleva. Conocimos a los Alcántara el 13 de septiembre de 2001, dos días después de que un atentado derribara las Torres Gemelas y cambiara el mundo para siempre. En 2020, con medio planeta confinado por una pandemia que ha sacudido nuestras vidas, Cuéntame cerró su 20ª temporada sabiendo que regresará por, al menos, una entrega más. Antonio, Merche, Inés, Toni, Herminia y demás miembros del clan llevan tanto tiempo siendo parte de la vida de los españoles que nadie se atreve a imaginar cómo será su final. Para los Juegos de Barcelona queda solo un año (la serie ya está en 1991), pero el tirón que todavía tiene hace pensar que es más probable que concluya con los Alcántara viéndose a ellos mismos en la televisión o incluso viviendo el confinamiento en sus propias carnes.

Cuéntame es la serie que siempre está ahí, toda una institución, y por eso a veces se olvida el mérito que tiene haber sabido renovar su lenguaje (narrativamente se atreve a saltos temporales o rupturas de la cuarta pared que pocas series españolas osan intentar) y sus temáticas con el paso de los años. Ya es memoria emocional e histórica de un país que se mira a sí mismo reflejado en una familia de clase media que tiene la suerte o la desgracia de estar metida en todos los follones posibles. Natalia Marcos

Cuéntame cómo pasó. Miguel Ángel Bernardeau. TVE. 2001. Sus 20 temporadas están disponibles en el servicio a la carta de TVE y en Amazon Prime Video.

UN CÓMIC: Flash Gordon: la prisión del espacio, de Dan Barry

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Para la gran mayoría de aficionados al cómic, el personaje de Flash Gordon está indisolublemente unido a la figura de Alex Raymond. Es lógico: no solo fue su creador, es que sus lápices plasmaron algunas de las imágenes más icónicas del cómic de todos los tiempos. Soberbias páginas dominicales que siguen dejando boquiabiertos a quien las ve y que influenciaron a muchísimas generaciones posteriores de dibujantes. Pero, siempre hay un pero, hay que reconocerlo: las historias que escribía Don Moore abusaban de una visión estereotipada de la fantasía, de fórmulas ya exhaustas que solo lograban que el lector se volcase más y más en la genialidad del dibujante. Que se lo digan a Dino de Laurentiis, cuya adaptación cinematográfica de los 80 intentó seguir la trama original en un desastre que se salvó al ser reconvertida en objeto de culto kitsch.

Pero Flash Gordon sobrevivió a sus creadores, demostrando una fuerza carismática imparable pese a caer en la repetición de esquemas, solo soportada por la calidad de dibujantes como Austin Briggs o Mac Raboy. Sin embargo, todo cambió con la llegada de Dan Barry en los 50. Dibujante sólido, supo crear un equipo de lujo para la serie, con dos genios a los guiones: Harvey Kurtzman y Harry Harrison, que abandonaron la fantasía para entrar en una ciencia-ficción moderna heredera de Bradbury, Heinlein, Simak o Asimov. Una forma moderna de entender el género que fue interpretada a la perfección por un equipo de ayudantes sublime: Frank Frazetta, Al Williamson, Bob Fujitani o Jack Davis crearon un auténtico canon del cómic de ciencia-ficción moderno, que extendió su influencia a otros géneros como los superhéroes (con Stan Lee a la cabeza) y a otros medios como el cine. Puede que el Flash Gordon de Dan Barry no sea el más icónico, pero es un obra maestra del género de ciencia-ficción que sigue manteniendo su fuerza y atractivo. Álvaro Pons

Flash Gordon. Dan Barry. Editorial Dolmen. El episodio La prisión del espacio está disponible gratis en la web de la editorial.

UN VIDEOJUEGO: Inside, de Playdead

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El (sobreexplotado) potencial narrativo de los videojuegos quizá solo sea comparable a su (infravalorado) poder sugestivo. Un buen ejemplo de lo que un buen juego puede sembrar en la mente de quien lo juega es Inside. La obra de Playdead, lanzada en 2017, atesoraba –como pasaba con Limbo, su antecesor espiritual– un potencial narrativo absoluto en el que, sin embargo, la historia nos es escamoteada, y el contexto de lo que nos cuenta (un mundo distópico de maldad colectiva, fuerzas superiores y humanidad estabulada) nos es sugerido por pequeños detalles de los niveles: la posición de ciertos elementos, ciertas luces a lo lejos, el comportamiento de algunos animales o el envolvente y tan importante apartado sonoro. Juego bidimensional y oscuro, contenido en sus ambiciones y, a la vez, extrañamente satisfactorio, Inside se queda dentro de quien lo juega y, si bien peca de tener una duración excesivamente corta, no hay duda de que constituye una gran experiencia. Jorge Morla

Inside. Playdead, 2017. El juego está disponible para Xbox One, Windows, PlayStation 4, Nintendo Switch e iOS.

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