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Joan Laporta, el presidente excesivo y genial que enseñó a la afición del F. C. Barcelona a disfrutar los triunfos

Digámoslo de una vez: Joan Laporta trajo a Cataluña el hedonismo triunfal. No es mal legado. Laporta se encargó, qué duda cabe, de orquestar desde el palco el que tal vez sea el mejor Fútbol Club Barcelona de siempre, uno de los grandes transatlánticos de la historia del deporte. Pero también hay que atribuirle la paternidad de una idea que resulta poderosa por lo que tiene de contracultural: la de que es perfectamente posible disfrutar del éxito con alegría y sin culpa, que incluso la arrogancia y la ostentación, el escándalo y la desmesura, son legítimos. Se puede (y, tal vez, incluso se debe) triunfar sin pedir perdón.

Para entender lo sugerente y revolucionario que resulta el concepto, hay que fijarse en el contexto social en que echó raíces: la Cataluña de los primeros años del siglo XXI. El catalán medio se concibe a sí mismo desde hace décadas, tal vez siglos, como una criatura resignada y escéptica, que persigue el éxito material a través del esfuerzo cotidiano. Si llega a obtenerlo, se impone el imperativo moral de disfrutarlo con mesura y, a ser posible, en la intimidad, a salvo de envidias y malentendidos. Tal vez se trate de una imagen tópica, parte de un imaginario compartido que no se corresponde del todo con la realidad, pero la vigencia de ese relato idealizado de la idiosincrasia local explica, en cierta medida, la historia de la Cataluña contemporánea, de la (¿fracasada?) persistencia del procés a la irregularidad ciclotímica del Barcelona pasando por la industrialización, la Renaixença o la resistencia pasiva a la dictadura franquista.

Laporta, catalán y catalanista, impugnó con contundencia esa cultura del esfuerzo abnegado, el éxito culpable y la alergia visceral a la exaltación y la alegría. Lo hizo desde el vientre de la ballena, desde el epicentro simbólico de la catalanidad, ese Fútbol Club Barcelona que siempre fue rico, pero llevaba décadas comportándose como si fuese pobre, con encarnizado victimismo y resentimiento de clase. La imagen que mejor resume esta nueva cultura de la ostentación eufórica, de su alcance y sus límites, se tomó en la madrugada del 30 de noviembre de 2009 en la pista de baile de la sala barcelonesa Luz de Gas. Esa noche, pocas horas después de que el Barcelona derrotase en el Camp Nou al Real Madrid con gol del acróbata Zlatan Ibrahimovic, un Laporta en su punto de ebullición fue retratado con un habano entre los dedos, el traje oscuro de dos piezas empapado en champán francés, la expresión de abandono y dulce éxtasis del que se siente en la cima del mundo. Un hombre de mediana edad, (un poco) orondo y risueño, rico y famoso, en pleno trance de euforia etílica, en paz con la vida, cediendo al impulso visceral de disfrutar del éxito, según declararía él mismo años después, con puros, mujeres y licores. Canta y baila cuando vayas ganando.

Hoy lo veríamos más bien como un ejemplo de suprema ordinariez, egolatría ridícula y quién sabe si incluso masculinidad tóxica. Pero, en aquel momento, la imagen del Laporta nocturno y canalla despertó más bien la divertida complicidad de sus partidarios y la secreta envidia de sus detractores. Fue su instante de gloria al sol, de genuino esplendor en la hierba, de plenitud efímera. El laurel que intenta reverdecer ahora con su tardío intento de reconquista del palco del Camp Nou, la poltrona en que él, hombre acostumbrado a pisar despachos de dirección, parlamentos y consistorios, más cómodo se ha sentido en sus ya más de veinte años de trayectoria pública al máximo nivel.

A Joan Laporta Estruch (Barcelona, 1962), el hedonismo triunfal le viene de serie. Debe de ser en él un instinto biológico, arraigado desde la cuna y cultivado luego a conciencia en su proceso formativo, en centros como los Maristas del Passeig de Sant Joan, de donde fue expulsado a finales de los setenta por, al parecer, pasarse de golfo y de hedonista, aunque las versiones sobre este oscuro episodio de su adolescencia no coinciden. Luego acumularía éxitos académicos y hazañas lúdicas en escenarios como la Universitat de Barcelona, donde se licenció en Derecho, o en la Abat Oliva, donde se especializó en sociedades mercantiles e impuestos. Sus hagiógrafos dicen de él que fue un triunfador precoz, fundador y titular de su propio bufete de abogados, Laporta & Arbós, y que fútbol, política y vida nocturna fueron casi desde el principio sus tres grandes pasiones.

En el fútbol encontró Laporta su última gran escuela de hedonismo. Fue en la herencia de Cruyff, el hombre que introdujo, casi de contrabando, el culto a la alegría y el éxito desacomplejado en los años más oscuros del nuñismo, cuando el Barça parecía más bien un contrito y deprimente barco a la deriva. A pesar de que estaba a las órdenes de Josep Lluís Núñez, un gestor gris, muy dado al regate en corto y el cálculo mezquino, Cruyff se trajo toda una retórica deportiva basada en el estilo neerlandés, la escuela del Ajax y el fundamentalismo del tuya-mía. Pero su aportación fundamental fue una frase recogida años después por Laporta: “Tiene que ser divertido”. Si vas a esforzarte, disfrútalo. Y si no te sientes capaz de disfrutarlo, mejor no te esfuerces, que seguro que no va a valer la pena.

Por supuesto, el cruyffismo, con su perenne exhortación a la excelencia, el talento y la euforia frívola, fue un cuerpo extraño en el ecosistema Núñez, un entorno crispado, con olor a naftalina burocrática, corrupción, estrechez de miras y sacristía. El profeta del fútbol arte y el rey del ladrillo coexistieron mal que bien durante años gracias a la argamasa del éxito, pero la quiebra final de esa frágil coalición de opuestos condujo a un profundo cisma en el barcelonismo. Laporta recogió, ya en 1998, con 35 años, el estandarte de la oposición hedonista a Núñez y a su calvinismo deportivo de vía estrecha. Como impulsor de la plataforma opositora Elefant Blau, se propuso ya por entonces gestionar la herencia de Cruyff (al que pretendía llevar de vuelta al club para que ejerciese de gurú plenipotenciario) y contribuir a que el catalanismo de orden recuperase el control de la institución. De manera gradual, el joven abogado se fue convirtiendo en uno de los rostros más reconocibles de esa oposición vinculada tanto al Palau de la Generalitat como al ‘nuevo’ independentismo transversal, por entonces aún incipiente. Tras enredarse en matrimonios de conveniencia con candidatos a la presidencia del Barcelona no del todo cercanos a su órbita, como el publicista Lluís Bassat, Laporta dio por fin el paso que su trayectoria previa pedía a gritos y se presentó como cabeza de cartel a las elecciones de junio de 2003, que supondrían un punto de inflexión decisivo.

Laporta concurrió a aquellos comicios con un eslogan que hoy nos trae resonancias trumpianas (Primero, el Barça) y una promesa seductora: “Vamos a dedicar al club los mejores años de nuestras vidas”. Y vaya si lo fueron. Aunque arrancó a medio gas, incumpliendo su promesa electoral de traerse a la gran estrella mediática del momento, David Beckham, y apadrinando fichajes extravagantes, como el del portero turco Rüstü Rebçer, la fórmula de exaltación juvenil, conexión directa con el mundo de los negocios, cruyffismo innegociable y energía desacomplejada acabaría cuajando en apenas temporada y media. Guiado con tino y mesura desde el banquillo por otro neerlandés con pedigrí, Frank Rijkaard, el equipo rompió a jugar. Un tal Ronaldinho sembró el Nou Camp de magia y sonrisas y el club se asomó al primero de los dos grandes círculos virtuosos con los que dejaría atrás su travesía del desierto. El segundo ciclo triunfal, el de Guardiola, Messi y la generación de los cruyffistas superlativos, sería aún mejor y dejaría un recuerdo inolvidable.

En paralelo, Laporta siguió cultivando su imagen de canalla competente y lúcido, de un dandismo autoindulgente, incluso un tanto zafio. Se le vio desafiando las medidas de seguridad de los aeropuertos con un arrogante “no sabe usted con quién está hablando”, maltrató a la oposición con el despotismo y la agresividad desdeñosa de los que se consideran hombres providenciales (“¡Que aprendan!”, una frase que resume una manera de ser y de estar en el mundo), se enredó en escándalos de espionaje en el seno de su propia directiva y en episodios de un nepotismo culposo, como dejar la seguridad del club en manos de su cuñado, Alejandro Echevarría, un turbio personaje al que al final acabarían pasando factura sus vínculos con la Fundación Francisco Franco. Más o menos por entonces, su vida privada empezó a ser noticia, contribuyendo aún más a esa imagen de golfo impenitente, encantador a su manera, que acabaría dándole una dimensión mediática muy superior a la que suele tener un dirigente deportivo.

Todo eso, en siete años de (intermitente, pero incuestionable) excelencia deportiva, convulsos en lo social y presididos por una cada vez más perceptible politización del club. Su deriva personalista le llevó a cavar zanjas muy profundas incluso con sus colaboradores más íntimos. Uno de ellos, Sandro Rosell, le sucedió en 2010 con la promesa apenas encubierta de ensayar un laportismo de rostro humano: seguir pulsando la tecla de la buena gestión deportiva, del fútbol excelso y con vocación de estilo, pero renunciando al culto de la personalidad y la estridencia que habían dejado a su predecesor solo en la cumbre.

Desalojado ya del club al que había dedicado sus mejores años, Laporta siguió con su vida extremando aún más, si cabe, su personaje. Fue diputado en el Parlament de Catalunya y regidor en el Ayuntamiento de Barcelona, representando siempre a un independentismo químicamente puro, doctrinario y sin apenas matices, pero bastante indiferente al tradicional eje izquierda-derecha. Sus rivales le acusaban de sestear en los plenos, con las energías menguadas por el rutilante caos en que se estaba convirtiendo su vida. Separado de la que fue su esposa y madre de sus tres hijos, cultivó con ironía complaciente su faceta de seductor en serie, de playboy berlusconiano, con parejas eventuales como la diva trash multiformato (aunque por entonces se insistía mucho en presentarla, sobre todo, como actriz porno, una profesión que apenas llegó a ejercer) María Lapiedra.

Laporta se había construido un personaje tan dúctil, tan coherente en su volátil incoherencia, que podía saltar sin solución de continuidad de la crónica rosa a la actualidad deportiva e incluso ya a la política, siempre al servicio de un infatigable proyecto de promoción personal en absoluto exento de vanidad y de egolatría, pero legitimado por su carisma y su inteligencia.

Pasados los años, el cruyffista irredento y alegre se ha acabado consolidando como una de esas figuras dotadas de una cierta aura que las sitúa más allá del bien y del mal. Ahora se postula de nuevo al cargo que le propulsó a la primera línea mediática, y se diría que lo hace en el momento oportuno, una vez se ha diluido en cierta medida el recuerdo de sus escándalos y excesos y su legado deportivo despierta más nostalgia que nunca.

De él se espera un nuevo (y casi imposible) círculo virtuoso que traiga, tal vez, de vuelta a Pep Guardiola, a tiempo de liderar, desde el banquillo o desde los despachos, el canto del cisne de Leo Messi y la transición hacia un futuro de Pedri, Ansu Fati y cruyffismo triunfante y resurrecto. Se esperan de él grandes cosas porque se trata de un personaje desmesurado, y la desmesura, pese a quien pese, tiene mucho en común con la verdadera grandeza. Lo que ya nadie va a arrebatarle al Napoleón de la gerencia deportiva es su instante de esplendor en la hierba: el día en que la pista de baile de Luz de Gas se convirtió en símbolo de una Cataluña que no pide perdón y no pasa vergüenza.

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