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Javier Cámara: “Ahora los políticos tienen cara de estupor. Se les ve todo”

Javier Camara, en el Monkee Cafe de Madrid, el pasado 13 de marzo.Javier Camara, en el Monkee Cafe de Madrid, el pasado 13 de marzo.B.P.

Tuvimos dos citas. La primera, la víspera del confinamiento, en un bar cuqui con gente cuqui, qué tiempos. Fue su última entrevista cara a cara —y la mía— antes del encierro. La segunda, el miércoles, por videollamada desde su casa, donde vive con su pareja y sus mellizos de dos años, niño y niña, gestados por contrato. De fondo, paredes vacías, pocos muebles y cuadros aún por colgar desde la última mudanza. “No tengo apego a las cosas. Mi vida cabe en una maleta. Bueno, ahora en una maleta y dos carritos de bebé. Es todo lo que necesito. Queda mal decirlo estos días tan tristes, pero por fin soy un tío feliz. ¿Tú no lo eres?, espeta. A ver por dónde salgo.

Bueno, todos tenemos nuestras ‘mandangas’. ¿Usted no las ha tenido?

Muchas. Bueno, muchas no, dos o tres muy gordas. Y me han enseñado. Hice terapia cuatro o cinco años. Me paré y me escuché. Me di cuenta de que estaba haciendo las cosas mal y de que tenía miedo. Es absurdo, pero un día me di cuenta de que tenía alas y no sabía usarlas. Entonces el terapeuta, ese señor maravilloso, dijo: vamos a aprender a volar.

¿Dónde estaban las alas?

En la espalda, escondidas. De repente un día soñé con ellas y ahora no cabrían en este cuarto. Me dije: hostia, después de tocar fondo, en un momento muy agrio, … ¿Es una tontería lo que te estoy diciendo no?

No, hábleme de ese clic, por favor.

Me caí del caballo y dije: ¿pero de qué coño te quejas? ¿De qué tienes miedo? ¿De que no te llamen? Pero si te están llamando. Absurdo. Idiota. Me dije de todo y me di cuenta de que el infierno y el paraíso los llevamos dentro y quería construirme un lugar amable. A veces el infierno lo ocultas, pones buena cara, llegas casa y no te duermes, y no vives.

¿Le duele la cara de sonreír?

Bueno, es que a mí me ha dolido la cara de sonreír toda la vida.

¿Siempre fue el gracioso del grupo?

En el cole vi que, o me llevaba las hostias, o los chistes. Siempre hubo gente más graciosa y con más talento. Pero yo he durado. No sé si por fortaleza, inconsciencia, obstinación, por esa cosa absurda de seguir adelante. Pero estoy aquí, me gano muy bien la vida y empiezo a creer que no van a echarme. Me ha costado 30 años.

Con 53 años, es un papá mayor, ¿le chulean sus niños?

Sí, y que sigan. Ahora estoy todo el día con ellos, no estoy en forma y acabo agotado, pero feliz.

¿Qué le han enseñado?

A no tener miedo. Sé que es todo lo contrario a lo que un padre viejo diría, pero ahora no tengo miedo a nada, y es por ellos.

En ‘Vamos, Juan’, el protagonista, un político en horas bajas, va a Turquía a ponerse pelo. ¿Ha tenido tentaciones?

Una profesora de Arte Dramático me soltó un día, después de una clase de esas de sentirte nube y caminar entre piedras: ‘Javier, me encantas, pero creo que vas a hacer teatro. Cine y televisión no, porque tienes los ojos pequeños y te vas a quedar sin pelo’. Te juro que la creí. No le guardo rencor. Desde joven supe que me iba a faltar el pelo, nunca me ha dado pudor y nunca perseguí el sueño del cine y la tele. Eso vino como un regalo precioso.

¿Nunca quiso ser una estrella?

Yo salí de mi pueblo porque me ahogaba. Mi padre tenía dos huertitas y me dijo que yo tenía que ser agricultor. Suspendí COU, repetí, hice cosas tremendas… Y un profesor me dijo: ¿por qué no pruebas en la escuela de arte dramático? Fue una huida hacia delante, yo no sabía que de esto se ganaba la vida. Te juro que hay una parte en mi hipotálamo que sigue siendo ese señor. Hay un señor de Albelda de Iregua, La Rioja, que sabe que en cualquier momento van a ir a casa y le van a decir: Hola, Javier, hasta aquí has llegado. Pero ese profesor me espoleó, y aquí estoy. Le amo.

Con María Pujalte tiene más que química. ¿Qué hay entre ustedes?

Una amistad bruta. La quiero. Me ha puesto las pilas bien puestas dos o tres veces en la vida.

¿Echándole la bronca?

Ella fue la que un día me dijo: ‘perdona, Javier, no te lo diré más veces, no quiero faltarte al respeto, pero creo que necesitas ir a terapia’. Y le dije: dime cuándo y dónde porque si tú lo dices, lo necesito. Y ahí empezó la etapa más clarificadora de mi vida. A esa gente nunca la dejas escapar porque te ha radiografiado. Hay gente a la que no puedo engañar. Que me desnuda. Ella, Carmen Machi, Ricardo Darín. Quiero trabajar con ellos porque es cuando más libre estoy. Porque a uno le cuesta desnudarse, porque esto de actuar no es tan fácil.

¿Quién es la mujer de su vida?

Muchas. Primero la madre que me parió, la mujer más maravillosa de mi vida. Despues la mujer que parió a mis hijos, y mi niña, que son las mujeres más importantes de mi vida. Y luego, todas las mujeres que me han ayudado a ser quien soy. Si alguien me ha dicho las cosas claras son las amigas. Las tías me han puesto las pilas toda la vida.

A ver si va a ser usted el nuevo hombre.

Con cincuenta y tres, nuevo, nuevo, no soy. Pero están por ahí, están por venir. Estamos currándonoslo, nos estamos dando cuenta de cosas que hemos hecho mal, poniéndonos a vuestro lado e intentando ser aprendices de feministas. Necesitamos tiempo, pero estoy en esa labor.

¿Qué haría Juan, el político que interpreta, en esta crisis que vivimos?

Diría barbaridades desde la ignorancia, incluso desde el deseo de hacerlo bien. Pero no tendría ni puta idea. Empatizo con las caras de estupor que tienen ahora los políticos cuando salen a la pantalla. Todos tienen caras de estupor. O de alivio, porque no están en la primera línea, porque, si estuvieran, no tendrían ni puta idea de qué hacer.

Como actor, esa galería de rostros y rictus será una mina.

Hay muchos que, por primera vez, están muy de verdad. Por primera vez hay muchos políticos que están diciendo aunque no lo digan ‘no sé qué va a pasar’. Y jamás se ha dicho eso.

¿Se les ve todo bajo el traje?

Todo. Esas caras de voy a decir lo que sé, pero no sé más. Estamos haciendo esto, pero no sabemos dónde va. Los guionistas y yo nos llamamos diciendo ¿has visto esa cara?, ¿cómo será esa cara cuando se apague el foco y se meta en el cuarto con sus asesores? Eso es lo que queremos rodar.

¿Cuánto ha tardado el chico de Albelda en tener ese aplomo?

Un día me di cuenta de que había que respirar. Vi que había otras personas que respiraban. Cuando hablaban, por ejemplo. Respiras y tu cabeza se llena de oxígeno, tienes las ideas más claras, le has dado una pausa a todo, se crea un silencio mágico. He empezado a respirar. Por fin respiro.

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