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Jane Smiley: “Como novelista te fascinan las diferencias, no los estereotipos”

Retrato de Jane Smiley, en París en 2016.
Retrato de Jane Smiley, en París en 2016.Ulf Andersen / Getty Images

La última trilogía que Jane Smiley (Los Ángeles, 70 años) escribió abarcaba un siglo de historia, de 1920 a 2020, y transcurría en Saint Louis, la ciudad donde creció. Autora de más de una docena de novelas, cinco ensayos y otros tantos libros de ficción para adolescentes, profesora de escritura creativa y ganadora del Pulitzer en 1992 por Heredarás la tierra, Smiley terminó esa saga en 2015 y, a la vista de lo que ha ocurrido desde entonces, no puede evitar soltar una carcajada y señalarse a sí misma como una incorregible optimista. “Traté de imaginar en el último libro lo peor que podía pasar en 2020 y no es ni cercano a lo que ha terminado ocurriendo”, cuenta en videoconferencia desde su casa en California, donde ha pasado el confinamiento, y sigue bastante recluida, exceptuando sus paseos diarios a caballo.

“Este país está sumido en el caos y es difícil entenderlo. Quien escribe trata de ordenar el mundo y encontrarle algún sentido. El periodista lo presenta como una secuencia lógica de hechos y el novelista, sin embargo, trata de organizar sus sentimientos y los de quienes le rodean. Una novela trata de sostener todo esto junto; ninguna en concreto es exacta o correcta. Pero siempre necesitamos a alguien que nos hable de las cosas desde dentro de nuestras vidas, no solo de los hechos de fuera”, señala.

La saga literaria que escribió está dedicada a sus cuatro maridos hasta la fecha. “Debo mucho a cada uno de ellos”, dice

Un detalle, si se quiere menor pero no accesorio, que remite al interior de la vida de esta autora, es que esa última saga literaria que escribió, —y que aún no se ha traducido al español— está dedicada a sus cuatro maridos hasta la fecha, un asunto lógico si uno se atiene a como ella lo explica. “Debo mucho a cada uno de ellos. Con el primero viajé por Europa, llevó a cuestas la máquina de escribir y me explicó muchísimas cosas porque sabía mucha historia. El segundo ha sido un padre maravilloso para mis hijos y sabía todo lo que uno puede saber de cultura pop. El tercero tiene la memoria más apabullante que uno puede tener y como es veterano del Vietnam me contó muchas cosas que incluí en el libro directamente. Mi cuarto marido me ayuda mucho con mi trabajo y tenemos un matrimonio divertido y agradable”, expone, antes de insistir en que todos fueron estupendos con los niños, aunque las rupturas fueron complicadas a veces.

Y es precisamente la separación tajante y profundamente dolorosa de una pareja con cuatro hijos lo que está en el centro de Un amor cualquiera, una novela de apenas 125 páginas que Smiley publicó en los años ochenta y que la editorial Sexto Piso ha sacado ahora en español, tras presentar el año pasado La edad del desconsuelo (la otra novela corta que en su día acompañó a esta en un solo volumen en EE UU). “Cuando escribí esos libros mi vida estaba en plena agitación. Los 30 realmente fueron la edad del desconsuelo, como dice el título de la otra novela. Daba clases, tenía niños pequeños, estaba en medio de una separación”, recuerda.

Smiley había estudiado en Iowa y allí se quedó dando clases durante más de dos décadas, porque, dice, era un buen sitio para criar a sus niños y conciliar estas labores con la literatura. Pero no fue su historia personal lo que inspiró Un amor cualquiera, sino la de uno de sus estudiantes, que se hizo amigo. El regreso de un hijo después de una larga temporada en la India y el encuentro de los hermanos y la madre abre en la novela la espita de la memoria: la traumática historia de cómo el padre, furioso por la confesión de infidelidad de su esposa, les separó a todos.

“Cuando terminé el libro se lo enseñé y le pedí que se lo pasara también a su madre para saber si estaban conformes”, explica. ¿Había mostrado sus libros, o lo ha hecho más adelante, a quienes los inspiraban? “Las historias anteriores que había escrito eran sobre mi experiencia y cosas que había observado. A menudo mis libros parten de anécdotas que impulsan la historia pero no son centrales. No he tenido problemas con gente que he metido en las novelas, y además también hay algunos que se molestan porque piensan que no les encuentras interesantes y has pasado de incluirles”, bromea. “Creo que en los años de Un amor cualquiera estaba aprendiendo, ahora ya se que realmente no hace falta que vayas a la caza de historias, puedes perfectamente inventártelas”.

No todo el mundo es Cervantes o Shakespeare. Lo mejor que puedes hacer como escritor es mandar tus libros ahí fuera y esperar que vayan bien

Smiley infunde calma. Hay algo despegado, carente de tensión nerviosa o de ego en la forma que tiene de referirse a sus libros, a su obra o a sus clases. Dice que trabajar siempre en la periferia de los epicentros culturales de Estados Unidos, desde que empezó a publicar en los años ochenta, le ha dado cierta ventaja y ha facilitado esa aparente despreocupación por todo lo que no sea el mero acto de escribir. Cuenta que incluso a sus alumnos de escritura creativa les tiene prohibido hacer comentarios críticos del trabajo de sus compañeros, solo pueden hacer “apuntes analíticos”, plantear lo que les parece curioso o las dudas que les surgen sin entrar en valoraciones que señalen lo que más les gusta o lo que menos.

“No quiero que sus cabezas se cierren, sino que vean sus escritos como un puzle y que sigan haciendo borradores y disfrutando el proceso sin sentir ansiedad por recibir más elogios”, explica. Ella ha recibido muchos a lo largo de su carrera, de Jonathan Franzen o de John Updike, un autor que ejerció un importante papel, pero que parece haber caído en el olvido, y a quien los jóvenes en EE UU no leen.

“Esto pasa con frecuencia, los autores van y vienen y eso tiene que ver con un cambio cultural, con una oscilación en la preferencia de la fantasía o del realismo”, reflexiona. “No todo el mundo es Cervantes o Shakespeare. Lo mejor que puedes hacer como escritor es mandar tus libros ahí fuera y esperar que vayan bien. Debes disfrutar mientras los escribes y no fiar ese disfrute a la futura recepción”. ¿La suyo es una filosofía del Medio Oeste, donde ha situado tantas de sus novelas? “No creo en el Medio Oeste, los Estados son muy diferentes entre sí. Pero tampoco en California, porque hay montañas y mar, San Francisco y Los Ángeles. Como novelista lo que te fascina son las diferencias, no los estereotipos”.

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