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Iván Massagué, de ‘El Hoyo’: “El glamour me ha pillado en bata y zapatillas”

Iván Massagué (Barcelona, 43 años) pasó de golpe de ser aquel secundario de la película El laberinto del fauno o series como El barco a ser uno de los rostros más vistos en el mundo durante esta pandemia, posiblemente más que el resto de entrevistados en esta sección. La película El Hoyo (Galder Gatzelu-Urrutia, 2019), que él protagoniza y que describe un cruel sistema de racionamiento de comida entre presos de una cárcel vertical, llegó a Netflix el 20 de marzo tras un estreno mediocre en cines. Una semana después estaba entre lo más visto en la plataforma en todo el mundo. En parte, asegura él desde la casa en la que está pasando la cuarentena, por la temática: en esta carcel hay comida para todos, pero se empieza a repartir arriba hacia abajo, solo se baja cuando el preso está lleno, de tal manera que los confinados en puestos inferiores acaban muertos de hambre.

Pregunta. Meses de trabajo en la película y la explosión de éxito le pilla en su casa.

Respuesta. Es muy raro. Pasó sin pena ni gloria por los cines. Quien la veía le gustaba pero no cuajaba el boca a oreja. De repente ha sido un pelotazo. Será el paralelismo con la realidad, o que nos gusta ver este tipo de cosas en esta situación. No sé si hace peor o mejor que la realidad.

P. ¿Cree que, como dicen tantos, refleja esta situación?

R. Es una crítica al capitalismo más feroz, algo que yo creo que se está haciendo mucho ahora, y al individualismo. En las entrevistas digo que si en lugar de comida, en El Hoyo racionasen mascarillas o papel de culo veríamos que un poco nos pasa eso. Los de arriba, lo de abajo, el que tiene la casa más grande, más pequeña. Ahora vamos a unirnos en esta situación, vamos a ser un poco más comunistas. Es como se mata a este bicho. Sin divisiones.

P. ¿Sabiendo ahora cómo es un confinamiento real, el rodaje se le pareció?

R. Para nada. Fueron seis semanas en 2018. Entonces adelgacé creo que 12 kilos en seis meses, y en Bilbao, que se come que te mueres.

P. Mucha gente ha pasado parte de la cuarentena mirándole la cara. ¿Dónde la está pasando usted?

R. En casa de unos amigos, una pareja con sus hijas, de las que soy padrino. Vengo aquí a menudo. Justo había terminado una función en Barcelona y estaba recogiendo el piso que había pillado [él vive en Madrid desde hace 17 años]. Tenemos cuatro gallinas y una coneja, estamos sanos, ellos tienen que ir a trabajar y cuando vuelven nos desinfectamos todos. Intento no ver mucho de las noticias, ni escuchar ni hablar. Prefiero ver películas con las niñas. No me concentro mucho últimamente, así que cocino, que es lo que de verdad me distrae.

P. Lo vivimos todo a través de la irrealidad de las pantallas. ¿Cómo es para usted vivir así el éxito?

R. El glamour me pilla en bata y zapatillas. Es increíble, pero en todos los sentidos.

P. ¿Cómo se enteró de que la película despuntaba?

R. Primero cuando llegó a Netflix, la vi con los míos aquí, aunque ya la había visto varias veces. De repente, parecía que la gente la estaba esperando. Llegan miles de mensajes… Qué vas a hacer, te alegras y esperas a que suene el teléfono.

P. ¿Y ha sonado?

R. Ahora está todo parado. Tenía que estar rodando una película en Andorra y luego otra en México y esos proyectos no se han perdido, pero sí se han congelado. Por eso te decía que el glamour me pilla en bata, y cruzando los dedos para que esto mantenga, que no se me diluya el éxito. El Hoyo se ha convertido en una película de culto, hacen memes con ella, dibujos. Espero que gracias a eso pueda perdurar. Aquí estoy, lleno de vida, muriéndome por salir a la calle a morder. Tengo esperanza. Estoy animado.

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