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Isabel Rawsthorne y las artistas ninguneadas

“Una tigresa. No. Es más una pantera, una verdadera devoradora de hombres”. La deleznable mirada de Alberto Giacometti sobre la pintora británica Isabel Rawsthorne insistía en el estigma de la “mujer fatal”. La artista ha pasado a la historia del arte como la musa más famosa de las vanguardias de Montparnasse. Fue un rostro que no ha dejado rastro. Está en los cuadros de todos ellos, pero es otra pintora invisible. Las crónicas solo recuerdan su belleza y sus proporciones, que “se movía con la agilidad de un depredador felino”, que “era algo exótico”, que “sugería orígenes oscuros”, que si sus pómulos altos y sus ojos oblicuos, que si su mirada, que si su “exuberancia prodigiosa”… Y el peor: “Una feroz confianza animal en su derecho a hacer lo que quisiera”. Un lodazal personal con el que los artistas hombres no suelen cargar. Rawsthorne posó -sin ser modelo profesional- para el propio Giacometti, Picasso, Derain y Francis Bacon, quien, mientras ejecutaba su primera versión del Papa Inocencio X (1650) de Velázquez, la retrató de manera obsesiva. Acumuló al menos 22 cuadros con Isabel como protagonista, cinco trípticos incluidos.

El cuadro 'Badoon and child' (1964), de Isabel Rawsthorne.pulsa en la foto El cuadro ‘Badoon and child’ (1964), de Isabel Rawsthorne. TATE

El desdén de la artista por los roles femeninos convencionales y su atracción por pintar animales recuerdan a otra pintora naturalista, Rosa Bonheur, que un siglo antes escribió: “Estoy convencida de que el futuro es nuestro”. No les extrañe que a la hora de hablar de la carrera de la británica se expliquen los “cortes y telas andróginos” que vestía, por influencia de Coco Chanel. Resulta inexplicable en la historia de una mujer que, por si fuera poco su obra, fue arrestada por los rebeldes franquista cuando trataba de cruzar disfrazada la frontera con España en julio de 1936, que sufrió los bombardeos de Barcelona de 1938, que estaba en Varsovia septiembre de 1939 cuando Alemania invadió Polonia, y que trabajó como espía durante la Segunda Guerra Mundial…

Este fantasma de la historia del arte definía su apasionante mirada pictórica como quintessentialism: una figuración que prefiere la esencia a la alta definición, la alusión a la evidencia. Rawsthorne rechazó su entorno y la devoción del mercado por la abstracción y el surrealismo, para centrarse en la figuración, en un naturalismo muy expresivo. Desde adolescente encontró sus modelos al Zoo de Londres y convirtió a los seres enjaulados en un acto reflejo que aludían a las perturbaciones del ser humano. Su interés fue el mundo animal, inquietante como este Baboon and Child (1964), que conserva desde 2014 la Tate Britain (Londres). Podría referirse a una imagen velada de nosotros, haciéndonos los muertos para no morir. Es tan vulnerable como un feto, tan temeroso como un adulto. “No lucho contra el mundo, lucho contra una fuerza mucho mayor, contra mi fatiga del mundo”, escribió Emil Cioran, una década después de este babuino de Rawsthorne.

Visita virtual: Baboon and Child (1964), de Isabel Rawsthorne, en la Tate Britain (Londres).

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