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Hola a todo esto

Ciudadanos con mascarillas pasan ante un escaparate en Madrid.Ciudadanos con mascarillas pasan ante un escaparate en Madrid.ISABEL PERMUY

Con la mascarilla se empañan las gafas, es una lata. Esto te hace recordar que respiramos gas, el aire es un gas invisible. A veces lo ves, de niño es sorprendente ese descubrimiento: en invierno la gente emite humo. En los recreos nos permitía sentirnos mayores: “Mira, fumo”. Y hacíamos como que fumábamos. También podías dibujar en el vaho de los cristales. Ahora en ese aire hay algo más, y lo contemplé ayer por primera vez como algo raro, peligroso. ¿Estaría ahí el bichito? Hacía frío y de pronto vi elevarse mi respiración, miré con asombro que viajaba como el humo del tabaco, como pompas de jabón, o una fragancia que se posa allá donde cae. Y, la verdad, llegaba mucho más lejos de lo que imaginaba. Vi alejarse esa nubecilla calle abajo, y en ese momento apareció un señor en la esquina. Di un respingo y casi me sale ir corriendo a pedirle perdón, y me hubiera tomado por loco.

Cuando empiezas a mirar la realidad de forma sospechosa, ya nada vuelve a ser lo mismo. Se te activa una mirada científica, microscópica. De histérico, habría dicho hace solo unos días. Pero creo que me he pasado al otro lado. O más bien voy y vengo de un estado de ánimo a otro, según. Pero desde luego hay gente que sigue firme en la pachorra de la vida, se te pega en las colas o pasa de todo, como si no fuera con ellos. Empieza a haber dos bandos claramente definidos. Yo no sé si quienes hacen como si nada son los mismos que tiran la bolsa de plástico en el contenedor de papel y te llevan los demonios, o aparcan en medio de un espacio pudiendo dejar sitio para otro, puede que sí. El atolondramiento humano es uno de los fenómenos más fascinantes de la naturaleza, no existe en otros animales. Un ñu que haga como que pasa de los leones y sea el más despreocupado de la manada probablemente se lo coman esa misma tarde.

Ya no miro igual el ascensor, por ejemplo. Es más, ahora que caigo debo de haber sido el último del edificio en pensarlo: lleva días parado en el mismo piso. Piensas en manos que tocan la manilla de la puerta, el botón de llamada, en esa cabina tan pequeña donde la respiración rebota y se queda flotando. Una amiga sube y baja la escalera de su edificio, seis pisos, cinco veces, para hacer deporte, y tampoco sé ya si es buena idea.

Hay tiendas donde aún no usan guantes, y cuando te dan la vuelta dudas antes de coger las monedas, pero es un instante, y las coges. Pero luego piensas que en esos instantes está todo. Después lees que el dinero es un gran foco de contagio, metáforas aparte. Luego lees lo contrario, pero aconsejan usar tarjeta. En casa también dejamos los zapatos fuera, en el descansillo. Luego el gurú Simón aclaró en la tele que no hace falta, pero a veces ya no te fías ni del gurú Simón. Entonces buscas información de cuánto dura el bichito en el plástico, en la madera, y hay que ver lo que dura el muy puñetero.

Algunos dependientes, en confianza, se quejan de que mucha gente no tiene cuidado, pero aún no he visto grandes broncas, sermones cívicos, quizá es cuestión de tiempo. El humor, en todo caso, es el mejor desinfectante social para no discutir: “¿Pero tú que eres, Iron Man, que no te contagias?”, le dijo una mujer a un tipo que se le acercaba demasiado en una cola. Entrar en los supermercados pequeñajos ya da cierta aprensión. En el de debajo de casa ayer por primera vez te pedían que esperaras fuera, y un cartel fijaba en 20 personas el aforo, y ya me parecen muchas. Se hacen filas a metros de distancia, nunca lo había visto en España.

La mirada ya es distinta, está cambiando, no solo porque se empañen las gafas. Encerrado en casa, se detiene en las cosas con una curiosidad recuperada. Libros que ni veías, de tanto verlos cada día, vuelven a parecer nuevos. Son los mejores compañeros, viejos amigos. Con un libro puedes viajar muy lejos, no hay nada que teletransporte mejor. Recordé un gran libro, y será mejor en este momento, con una llamada del servicio de salud. Una mujer muy amable me dijo que mi cita con el dermatólogo se aplazaba “hasta que pase todo esto”. “Todo esto” es una buena expresión para definir esto tan vasto e indefinible que nos está pasando. No sabía de qué me sonaba hasta que caí. Adiós a todo eso es un libro de Robert Graves, en el que cuenta su terrible experiencia en la Primera Guerra Mundial. Hola a todo esto, podemos decirnos ahora, adentrándonos cada mañana en algo desconocido, en días que recordaremos siempre, esperando el día de decirle adiós.

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