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Los jugadores del Manchester City celebran la victoria ante el PSG este martes en el Etihad.
Los jugadores del Manchester City celebran la victoria ante el PSG este martes en el Etihad.Dave Thompson / AP

El Manchester City alcanzó su primera final de Champions sin apenas sobresaltos. Le bastó con dos contras, dos goles de Mahrez, para desmantelar a un Paris Saint-Germain desinflado sin Mbappé y a duras penas dirigido por Neymar, melancólico y abatido ante la organización intachable de un adversario inaccesible a base de orden. La mano de Guardiola se advierte en cada partícula de este equipo de autor, dueño del primer billete a Estambul.

La Manchester sublevada del domingo se cubrió de nieve el martes y sobre el Etihad cayó el silencio siniestro de la pandemia para restarle esplendor a la semifinal. Sin la energía de las multitudes el fútbol se convierte en un ejercicio extraño, una mueca forzada, un asunto meramente contractual. Cumplieron los equipos con el trámite. Se presentaron a firmar la ficha. Jugaron. Pasó el tiempo, que quizás sea la parte más notable del juego, a falta de púbico. A los futbolistas jamás les llegó el calor de la audiencia, ni se convencieron de que las cámaras son signos que los integran orgánicamente con un grupo social.

Obligados a la rebeldía, los del PSG hicieron lo que pudieron por demostrar que competían por orgullo, por dignidad, por desesperación. A excepción de Verratti durante un rato, y de Ángel di María durante casi toda la velada —con una pelota de por medio, este hombre es inaccesible a las catástrofes— no lo consiguieron. No lo logró Neymar, ni siquiera sometido al aprieto que para todo profesional supone la aproximación a los 30 años con la necesidad de hacer méritos para renovar un contrato. El diez jugó bien. Es incapaz de hacerlo mal. Pero no bastó con eso para doblegar la maquinaria que se le puso por delante.

Terriblemente mermado por la lesión de Mbappé, que permaneció en el banquillo tapado por un gorro negro, Pochettino reorganizó a su equipo con todo lo que tuvo a mano para desactivar a su rival. Marquinhos llevó la zaga a campo contrario, Verratti y Herrera se alternaron para enlazar con Neymar, y Di María abandonó el carril izquierdo para asociarse con todos y sembrar el caos en la oposición. Arriba flotó Icardi, a la espera de que algún iluminado le metiera un pase con ventaja entre Dias y Stones. La primera embestida hizo retroceder al City. Durante unos minutos, el equipo de Guardiola se encontró deformado, desprovisto de la pelota que le proporciona los ejes de su identidad. Al menos, casi todos. Porque fue en ese periodo cuando el City redescubrió la faceta resistente. Dominado, hundido en su área, obligado a correr y a esperar, el pelotón de camisetas celestes acabó por encontrar la serenidad en el orden defesnivo. Aparte de un cabezazo de Marquinhos al larguero, tras un córner, los visitantes no pudieron poner a prueba a Ederson. El portero no hizo ni una parada.

Se había cumplido el minuto diez y los dos equipos estaban metidos en cancha local. Parecía que mandaba el PSG cuando un saque de portería de Ederson se coordinó con la arrancada de Zinchenko. El lateral ucraniano, que finalmente demostró tener más fútbol en las botas que Cancelo, voló a través de la raya del mediocampo, rompió el fuera de juego, y al llegar al fondo terminó por descuadrar a la defensa que retrocedía entregando la pelota a De Bruyne. El tiro del belga rebotó en Kimpembe y Mahrez remachó al primer palo.

La posición de Gundogan, habitual interior de ataque, trocó en doble pivote. Parapetado junto a Fernandinho, el alemán ayudó a vigilar a Neymar al tiempo que privaba de sus suministros a De Bruyne. Como suele sucederle cuando cambia el 4-3-3 por este dibujo más conservador, el City perdió presencia en ataque porque limitó sus posibilidades de pase. Perdió la iniciativa, pero tampoco le afectó demasiado, dada la frustración de su oponente. Si bien el 1-0 no cambió su necesidad de meter dos goles para remontar, los jugadores del PSG comenzaron a comportarse como si su incapacidad para conseguir un remate entre los tres palos los persuadiera de que cualquier revolución fracasaría. Resultó decisivo, pero al revés, el nueve que reemplazó a Mbappé. No se puede jugar peor que Mauro Icardi. Epítome del jugador espectador, el argentino contempló unas cuantas jugadas como si él no pudiera intervenir de ninguna manera. No solo privó a sus compañeros de un apoyo valioso. Fue tan tapón como Dias o Stones.

Comenzó la segunda mitad y lo único que se vi de Mbappé fueron los ojos a través de su braga y su gorro negro. Parecía un tuareg en la nieve. Grave, impasible, seguía el partido con el mismo aire lúgubre que sus colegas en el campo. El PSG siguió sin tirar a puerta. Los intentos de Neymar por coger la manija de cada operación solo alejaron a su equipo de su objetivo. Poseído por la frustración, Di María pisó a Fernandinho y el árbitro lo expulsó por agresión.

Mahrez, al cabo de un contragolpe bien dirigido por De Bruyne, remató el 2-0 y se consagró como protagonista de la semifinal con un hat-trick. El truco que abrió la puerta de la primera semifinal de Champions en la historia del Manchester City.

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