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Filósofos enjaulados, escritores de paseo

La silueta de un filósofo perdiéndose por los bosques para alcanzar, lejos de la plebe, los fundamentos del “ser” permanece como un tópico sonrojante de la filosofía contemporánea. A veces no es un filósofo, sino un escritor (por lo común, varón y burgués) que moraliza sobre las virtudes terapéuticas de un paseo casi siempre en solitario.

Como ya hiciera en su fascinante El jardín de los delirios, estudio de nuestras proyecciones sobre el concepto de “naturaleza” (un libro delirante en sí mismo), Ramón del Castillo (Madrid, 1964) reincide en Filósofos de paseo en la voluntad desmitificadora. Elige a los más significativos pensadores contemporáneos, precisamente aquellos que hicieron fortuna de los eventuales paralelismos entre el acto de pensar y el de caminar, y los hace regresar, con mucho humor, a “la vida corriente y moliente”.

Heidegger inventa, en su cabaña de la Selva Negra, “una fantasía siniestra sobre la vuelta a lo esencial” sólo apta para unos iniciados en un nuevo culto donde ya no hay Dios, pero sí misterios y un Maestro. Wittgenstein fracasa en su sueño poco práctico de ser jardinero y monje. Sartre, acompañado de la sabia y “disfrutona” Simone de Beauvoir, mira con un terror patológico (y sexual) la “obscenidad” de los parques…

Filósofos de paseo es un libro lleno de efectivos golpes de humor, pero también de hallazgos de pensamiento y de un conocimiento sutil de la filosofía y de la literatura. “Según lo veo yo”, escribe Del Castillo, “adoptar el tono jocoso al hablar de filósofos […] es una manera respetuosa de llegar a lectores inteligentes (grupo en el que, se supone, habría que incluir al propio gremio filosófico)”. También es un libro más atemperado que El jardín de los delirios. La concreción del tema irradia múltiples perspectivas sin necesidad de recurrir a la digresión: urbanismo, teoría estética, ética, ecologismo, sociología, política en un sentido amplio… Y cada elemento hace tambalear la especificidad de la disciplina que llamamos filosofía. Porque Filósofos de paseo escenifica, ante todo, “la resistencia de la filosofía a mezclarse con las ciencias sociales y los estudios culturales”. “Los filósofos siguen mirando con recelo a quienes estudian la sociedad”, escribe Del Castillo.

Si Heidegger es el malo del libro (no exento de una paradójica ternura), los buenos son aquellos “escritores” que mantienen una relación menos grandilocuente con lo natural: Robert Walser y John Fowles. Pero también los vitalistas y desarraigados Kierkegaard, Nietzsche y Adorno, pensados como algo más que filósofos. También hay que matizar que estos escritores son lo opuesto a los actuales defensores del pasear edificante, que disfrazan “los aires de superioridad con ropajes campechanos”. Los autores de Del Castillo experimentan, como Walser, una compleja idealización de las circunstancias más ásperas. Es una sabiduría irónica: no pueden prescindir de la idealización ni del realismo, entendido como una obediencia al mundo, no como una escuela literaria o filosófica.

Y así puede entenderse el método de Ramón del Castillo: recuperar la problemática relación entre naturaleza e historia, pensar históricamente la naturaleza sin pretender “esterilizarla” con abstracciones. Un debate en el que la única manera de ser eficaces (en un tiempo de urgencia natural) es salir de la jaula de los sistemas filosóficos. Extraviarse, dudar de los propios hallazgos, reírse de la grandilocuencia propia y ajena, dejarse llevar por una sana melancolía y un pesimismo activo. Y todo eso sucede en este libro.

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