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Fajalauza, la cerámica granadina que no quiso entrar en los palacios

En 1517, los alfareros granadinos mantenían un pulso con la autoridad a cuenta de la carestía del agua, tasada con unos impuestos muy elevados. Un documento del momento narra el pleito y menciona a un tal Morales entre los involucrados. Apenas habían pasado 25 años desde la llegada de los Reyes Católicos a Granada y, más allá del problema gremial, la cerámica se encontraba en un momento de transformación: los artesanos expulsados del barrio de siempre, en el centro de la ciudad, se resituaban en uno nuevo, a las afueras; la cristiandad recién llegada permitía adoptar nuevos diseños y, también, derivado de lo mismo, las costumbres familiares cambiaban y con ello el uso de estas piezas. Aquellos cambios, tampoco descomunales, convirtieron la anterior cerámica morisca granadina en la nueva cerámica de Fajalauza. Una cerámica popular que no nació para palacios sino para viviendas corrientes, y que cinco siglos después se mantiene prácticamente igual que en su origen gracias a la transmisión de saberes dentro de las familias de los alfareros que la moldeaban.

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