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“Este sigue siendo un país profundamente racista, clasista y machista”

Socorro Venegas en un café de Ciudad de México.
Socorro Venegas en un café de Ciudad de México. Gladys Serrano

Socorro Venegas (San Luis Potosí, 1972) tiene la voz tan serena como la prosa. Nunca pierde los estribos cuando habla o escribe sobre cicatrices, dolores, pérdidas, mermas, injusticias. Quizá por eso sus palabras y narraciones resultan siempre persuasivas y envolventes. Venegas ha transitado del cuento a la novela (y obtenido en ese camino premios como el Carlos Fuentes de Ópera Prima y el Nacional de Cuento Benemérito de las Américas, con libros como La noche será negra y blanca, Todas las islas, Vestido de novia o el reciente La memoria donde ardía y ha sido editora en el Fondo de Cultura Económica y la Universidad Nacional Autónoma de México. Sus textos y su trabajo editorial comparten una fascinación por las voces de los “otros”, mujeres y niños invisibles o despojados, aquellos que “no le interesan al mundo adulto, que suele ser un mundo patriarcal”.

Pregunta: ¿Qué cosas del México en el que creciste permanecen y cuáles dirías que han cambiado, para bien o para mal, desde tu época formativa?

Respuesta: Lo primero que viene a mi mente tiene que ver con mi raíz materna, una raíz profunda como suele ser para todos. Hay una imagen de cuando yo era niña: tendría, no sé, seis o siete años y mi madre nos llevó a mis hermanos y a mí a visitar a la abuela, que vivía en un pueblo pegado al volcán, al Popocatépetl, en Morelos. Y recuerdo que ellas hablaban en una lengua que yo no había escuchado nunca. Yo no sabía que mi madre hablaba una lengua indígena. Lo que había pasado en mi familia es que mi madre reservó para ella ese origen y esa lengua porque había sufrido todas las condiciones de racismo, de discriminación, que se vivían en esa época en las escuelas. Hasta castigos físicos. Si ella llegaba a hablar en náhuatl, que es su lengua materna, era castigada. La dejaban de pie en el patio de la escuela bajo el sol y no se podía mover. Ella solo debía hablar en español, esa era la regla, la regla que ella y otros niños de una comunidad indígena fácilmente olvidaban, porque ellos habían aprendido y habían mamado su lengua. ¿Cómo iban a entender que se les prohibiera solo por estar en otro espacio, el espacio escolar? Entonces, para mí eso fue una fuerza radical que irrumpió en mi vida, en mi infancia, ver a mi mamá de otra manera, ver a mi abuela de otro modo. Mi mamá nunca nos enseñó el náhuatl porque sentía que nos estaría transfiriendo, si nos lo enseñaba, una desventaja. Lo cual es tristísimo. Es terrible, porque yo simplemente crecí sin ese aprendizaje, pero además con una especie de culpa añadida, como si no hubiera querido reconocer esos orígenes o no hubiera querido enriquecer mi mundo, mi lengua, mi imaginario, mi universo, con ese aprendizaje, cuando nunca tuve la elección. [Por eso] he reflexionado y escrito sobre la vida de las mujeres, estas miradas de distintas generaciones atadas por un dolor constante, que siempre está allí. Y ese dolor que tiene que ver con un mundo que permanentemente las ha reprimido, las ha invisibilizado y le va sumando condiciones a la situación precaria, difícil, de las mujeres en una sociedad patriarcal. Y le sumas también la discriminación a las comunidades indígenas: le sumas y le sumas. Entonces, ¿en qué condiciones tan opresivas debió haber crecido mi madre? Es algo que he asimilado con el tiempo y que ha nutrido también parte de lo que escribo, de mis historias. Algunos de mis primeros cuentos tienen que ver con lo que ella me contaba de su infancia, del pueblo. Ella es alguien con quien te puedes sentar y hablar horas. Tiene cantidad de historias para contar. Es una narradora innata, cuenta historias todo el tiempo, pero además las cuenta con naturalidad. Es alguien que te puede decir: “Cuando yo era niña, una vez en el campo estaba cortando mazorcas y de pronto empezó un remolino a mover la tierra, el aire, las plantas y todo alrededor, y ese remolino me levantó por los aires y me despegué del piso, y luego otra vez volví”. Y te lo cuenta como algo que efectivamente ocurrió. La política oficial ha ido transformándose, ahora ya no es visto como algo correcto que se enseñe a los niños que deben negar sus lenguas originales y hay un cambio de paradigma en la educación. Pero ese cambio está, de todas maneras, alimentado por una profunda hipocresía, porque México sigue siendo un país profundamente racista, clasista y machista. Pongo de ejemplo el pueblo de mi mamá, en el que el 90% de las personas ya no hablan náhuatl. Es una comunidad indígena dentro de los mapas y de los programas políticos y asistencialistas, pero en realidad la gente evita por completo hablar su lengua. La mayoría de los jóvenes ha migrado, se han ido a trabajar en Estados Unidos. Morelos no era un estado donde hubiera un gran flujo de personas migrando hacia el norte, pero hubo momentos en los que las crisis económicas fueron convirtiendo estas comunidades en espacios vacíos, donde solo los viejos, los muy viejos, hablan su lengua. Mi mamá me ha dicho: “Me gusta ir a mi pueblo porque ya solo allí puedo hablar con los viejecitos, con los más viejecitos, en náhuatl”. Y a ellos también les da mucho gusto encontrar a alguien que quiera hablar, compartir su tiempo, sus historias, en su lengua; pero es algo que está desapareciendo, que se está perdiendo. Aunque hoy incluso en las bardas, en las calles, puedas encontrar, de acuerdo con las políticas públicas, frases como “México es un país de una diversidad cultural y lingüística enorme…”. Porque es una cosa que no se dimensiona, tenemos una variedad lingüística por cada día del año, casi son 365 variedades lingüísticas. Eso es impresionante y es muy significativo que no hayan logrado de verdad materializarse los proyectos, las políticas, para que esas lenguas no se pierdan. En alguna reunión escuché al poeta Eduardo Lizalde decir con mucha tristeza: “Esas lenguas están condenadas a morir, son lenguas que no se pueden leer”. Por eso el esfuerzo, si uno publica un libro en una edición bilingüe, es poner también un código QR, conectar con un audio, para que podamos [conservar] la música, la cadencia de esas palabras, la riqueza que verdaderamente hay allí y que no reconocemos de ninguna forma.

P. Monsiváis decía que el español en México tiene una suerte de nostalgia de esas lenguas indígenas sepultadas. ¿Qué es lo que encuentras en la lengua que escribes de esa contadora de historias que es tu madre, hablante del náhuatl, y su lenguaje?

R: Es muy bonita la idea de una nostalgia que está ahí, que subyace en el español en el que nos comunicamos y escribimos. Y creo que esa nostalgia ha pasado por otros canales. Cuando nació mi hijo, que ahora tiene 15 años, mi madre me ayudaba a cuidarlo y yo le pedí que le hablara en su lengua, que lo que no había querido hacer con nosotros se diera permiso de hacerlo con mi hijo. Y entonces era fantástico escucharla y escuchar a mi hijo, cuando pudo hablar, decir algunas palabras [en náhuatl], y también ver mi mamá, cómo le brillaban los ojos al ver que estaba comunicando por fin una especie de leche materna que se había quedado guardada por mucho tiempo. Este alimento materno que para nosotros es nuestra lengua, la que nos dice quiénes somos, la que nos habla de nuestros padres, pero también de nuestros ancestros. Para mí ha representado una especie de universo de imágenes, de posturas, de historias, un ADN muy importante. La forma, por ejemplo, cómo mi madre cuenta que desapareció su padre, porque quizá no por razones políticas como ha pasado a otros en México, por las desapariciones forzadas, pero mi abuelo desapareció un día. De un momento a otro nunca volvieron a saber de él. Fue un campesino que se dedicaba a cuidar la tierra, que vendía fruta, y un día se fue con la fruta a otro pueblo a vender y no volvió nunca a su casa y nadie sabe nada, nadie lo vio, no dejó rastro. Entonces, cuando ella cuenta esas historias, puede intercalar de pronto palabras en náhuatl, no encuentra la palabra en español y rápidamente la reemplaza y no se da cuenta de eso. Eso le pasa cuando habla de lo muy entrañable, de lo muy cercano. Entonces, creo que ahí está esa nostalgia de la que hablamos. Lo que es irreemplazable y que tiene que ver con las emociones o los movimientos del corazón y que los vas a narrar en la lengua primera que te fue transferida.

P. Aterrizándolo a lo que escribes, algunos de los temas recurrentes en Vestido de novia o La memoria donde ardía, por ejemplo, son las sensaciones de pérdida, las sensaciones de herida, aunque se narren ya desde una cierta distancia…

R. Hay una obsesión con la sobrevivencia, ¿no? ¿De dónde saca energías, de dónde adquiere un sobreviviente los recursos para continuar, cuando ha perdido a alguien muy amado, cuando ha perdido prácticamente todo y cómo puede dar el siguiente paso? Me interesa muchísimo explorar ese trabajo con las cicatrices de los que han perdido, de los que han sido mutilados por sus pérdidas y qué pasa con ellos. Por supuesto que, en términos sociales, si miramos lo que ha pasado con los indígenas en México… Nada más piensa, por ejemplo, en la ruta de Zapata. En el el estado de Morelos puedes visitar [el lugar] donde nació Zapata, los principales sitios de la lucha zapatista, de la revolución del sur profundo de México. Pero te vas a encontrar con las condiciones de pobreza extrema en las que esa gente [aún vive] y te preguntas: ¿Cuál revolución y cuál justicia? Y aquel viejo lema de: “La tierra es para quien la trabaja”… Les ha pasado a mis tíos, a la familia de mi madre, que siguen trabajando la tierra y con muchos esfuerzos pueden llegar a cosechar aguacates en un terreno, que llega una banda de ladrones y se lleva completamente la cosecha y los dejan sin nada. Entonces, ¿de qué justicia estamos hablando?, ¿de qué cicatriz estamos hablando? Entre mis historias tengo, por ejemplo, una en la que unos niños están hablando de la vida en el hospital: han perdido la salud, están en el pabellón de niños con cáncer, saben que van a morir. Ese momento en el que ellos han decidido ya no mirar a ningún otro lado, sino solamente hacia donde están ellos mismos, para encontrarse, para mostrarnos cómo estamos muy lejos de entender a la infancia. Me interesan esos mundos lejanos de lo que le interesa al mundo adulto, que suele ser también un mundo patriarcal. Al que no le interesan las mujeres, ni lo que sienten, por ejemplo, durante la gestación, lo que significa la maternidad, la destrucción y la fatalidad que puede estar también contenida en la maternidad. Ni las infancias, que pueden también sufrir muchísimos grados de violencia. Esos mundos de sobrevivientes, esos mundos de personajes periféricos, aislados, separados socialmente, y marginales, como también lo son los indígenas en este país, dan personajes muy atractivos para mis historias.

P. En el mundo cultural mexicano hay una suerte de tradición de que sean los de arriba quienes les cuentan a los de abajo sus propias historias. ¿Qué importancia le das al hecho de que sean los indígenas, las propias mujeres, quienes tomen la voz?

R. Esta es una anécdota que he contado poco. Trabajaba en el Fondo de Cultura Económica donde fui coordinadora de obras para niños y jóvenes, y un día desperté escuchando la radio y ese día daban a conocer los resultados de una encuesta que revelaba que, en México, la gente con piel oscura tiene menos oportunidades de trabajo, sus salarios son menores, sus oportunidades son menores, el acceso prácticamente a todo es menor. Yo, de alguna forma, me había estado saltando cómo esto podía explicar por qué me costó tanto materializar proyectos, cómo me ha costado trabajo tanta cosa. Esa mañana llegué al Fondo de Cultura Económica, había una reunión del equipo con el director general. Y en esa mesa yo era la única persona de piel oscura, y me di cuenta esa mañana de eso. Otra vertiente que ha tenido mi trabajo y que me ha interesado mucho tiene que ver más recientemente con lo que hago en la UNAM, abriendo una colección, “Vindictas”, para difundir el trabajo de escritoras que han sido invisibilizadas por un canon dictado desde una mirada masculina, el canon del siglo XX. Lo que hemos hecho es revisarlo, rescatar esas voces y pensar en que lleguen a las manos de los lectores esos libros, esas historias, porque nos hemos perdido nada más que la otra mitad del mundo, que resulta que son mujeres y escriben. Entonces, esas voces me parece que van a ser muy importantes también para completar estos mapas que tenemos de carencias. Y por supuesto ha sido difícil y ha costado trabajo ir perfilando esos proyectos, pero algo que me ha conmovido mucho es encontrar en las historias de estas escritoras latinoamericanas, en sus biografías, la forma en que fueron sistemáticamente oscurecidas, ocultadas. Por ejemplo, en Colombia está Marvel Moreno, una estupenda cuentista que vamos a incluir en una antología que estamos preparando en la UNAM, en coedición con la editorial Páginas de Espuma, y donde el editor Juan Casamayor y yo nos quedamos con la tarea de indagar. Y nos ha conmovido muchísimo, por ejemplo, en el caso de Marvel Moreno, ella tenía un marido que daba conferencias… Ella murió joven, entonces él daba conferencias para hablar de su obra y lo que hacía en esas conferencias era contar anécdotas, pero no hablaba de la obra. Ese tipo de historias de ocultamiento ha sido generalizado. Ahora las estamos encontrando [a las escritoras] para pedirles que nos autoricen a publicar sus cuentos. Algunas muy viejecitas, otras ya murieron, otras están muy sorprendidas de solo imaginar que puedan ser leídas, cuando en su tiempo solo recibieron mensajes de que su trabajo no valía, de que lo que hacían no era una obra. Esto se refleja en algo muy concreto: la mayoría de esas escritoras no hizo testamento, no dejó nunca ninguna disposición sobre sus derechos de autor. Porque no se concebían como autoras, porque lo que ellas hacían no podía ser una obra, no tenía ningún valor. Incluso María Elvira Bermúdez, una escritora pionera, la primera latinoamericana que creó un personaje detective femenino… Era abogada, ella tenía una condición profesional que nos haría pensar que iba a hacer un testamento, pues tampoco ella hizo. Es el momento que estas cosas vayan cambiando. Hemos perpetuado los márgenes y esos márgenes se tienen que romper, se tiene que abrir el canon de la literatura del siglo XX, la literatura latinoamericana se tiene que revisar, y lo que estamos haciendo es justamente eso. Vamos a abrir los ojos y vamos a reventar esos márgenes, que solamente nos han constreñido y han empobrecido nuestra lectura y nuestra idea de la literatura.

P. Has sido editora en el Fondo de Cultura Económica y ahora en la UNAM. Desde tu doble papel como creadora y editora, ¿dirías que algo está cambiando en términos de inclusión en el mundo editorial?

R. [Al editar] podemos ir contribuyendo a cambiar este entorno. [Pienso], por ejemplo, en la edición de libros en lenguas indígenas. Se hacen las ediciones más feas que se puedan concebir. Allí puedes ver también el enorme desprecio que se tiene por ellos. ¿Para quiénes son esos libros? ¿Para esos indios que lo que les des va a estar bien, así sea una bolsa de leche de un programa asistencial?… Pues dales también un libro que les haga sentir que ya han sido atendidos, que se está respetando y difundiendo su lengua y su cultura… Entonces, cuando he tenido la posibilidad y el privilegio de proponer proyectos editoriales al respecto, he buscado que esos libros, como objetos, sean dignos, que los precios no sean altos. Y eso fue algo que pudimos hacer, por ejemplo, en el Fondo de Cultura Económica, con una edición especial de cuentos de una gran narradora mexicana, Pascuala Corona. Hicimos una edición bilingüe, que tradujo Mardonio Carballo, en la que pusimos un código QR que nos llevaba a la lectura en la lengua originaria de ese cuento. Después, con Fabio Morabito, otro proyecto: él peinó la tradición oral de México y recuperó sus historias. Era imposible hacerlas en una edición bilingüe, el libro es bastante voluminoso, pero recupera el pensamiento, el imaginario, de distintas culturas originarias en México, y es un libro maravilloso. Cuentos populares mexicanos en una edición preciosa, ilustrada por cinco extraordinarios artistas visuales mexicanos también. Es una edición tan bella para hablar del imaginario más profundo y antiquísimo en este país… Si vamos a hablar de rescate, hagámoslo bien, hagámoslo con toda la dignidad que se debe y nunca como si estuviéramos dando migajas. En otros momentos he trabajado también en proyectos de fomento a la lectura, ha sido muy importante ver que si tú le pones a los lectores en las manos libros bellos, libros que no tienen que ser necesariamente caros en su producción, que no necesariamente tienen que ser de tapa dura con tinta de oro, pero si están bien hechos y dignos, van a apreciarlos. Cuando realmente comunicas con los libros apropiados, con ediciones y con un buen trabajo de mediación de lectura, eso tiene un efecto. Y es lo que también hemos querido hacer editando a las escritoras latinoamericanas del siglo XX, en el caso de la colección “Vindictas” [de la UNAM], en la cual han aparecido voces como Luisa Josefina Hernández, [María Luisa] la China Mendoza, Tita Valencia, Marcela del Río, Tununa Mercado. Es un proyecto latinoamericano, no son solo autoras mexicanas. Porque la invisibilización que han sufrido las escritoras no solo ha pasado en este país, ha pasado en todos lados. Buscamos que esos libros fueran dignos, bien hechos, que fueran bellos y no fueran costosos para los lectores… pues, estamos hablando de un mercado editorial siempre en lucha contra la capacidad adquisitiva de la gente. En esta antología de cuentistas que estamos preparando con la editorial Páginas de Espuma, revisamos varias antologías de cuento del siglo XX. Y en casi todas encontramos una absoluta desproporción. Hay veinte escritores y dos escritoras, por ejemplo. Eso creo que ha ido cambiando ya en los catálogos, con la presencia de mujeres editoras que están haciendo una diferencia. Y que sabemos que no vamos a publicar a una escritora porque es mujer: vamos a publicar una escritora porque la calidad de su trabajo literario lo vale, porque debe ser leída, porque debe ser conocida. No le haríamos un favor al tema de la equidad de género si pensamos que estamos solamente cubriendo cuotas. A mí un importante director editorial me dijo, cuando le hable de “Vindictas”: “Claro, están haciendo su cuota de género”, y yo respondí: “No puedes decir eso si no las has leído”. Cuando le pregunté si conocía las obras resultó que no. Pero tenía muchos prejuicios, eso sí.

P. Tu libro La memoria donde ardía ha tenido un gran éxito de crítica y lectores en España. ¿Qué significan esas otras miradas al respecto de tu trabajo, miradas mucho menos empapadas del contexto que tiene un lector mexicano?

R. Que me sorprendieron muchísimo. No tengo cómo transmitir esas experiencias increíbles de poder hablar con lectores de distintas tradiciones, de distintos orígenes, pero que encontraban en estas historias elementos que les hablaban muy directamente. Tal vez porque algunos son cuentos que tienen un origen autobiográfico, tal vez eso también abrió un mecanismo que a los lectores les permitía contar ellos mismos sus propias experiencias, contrastarlas con las mías y eso ha sido enriquecedor. Uno pensaría que en la sociedad española, una sociedad europea, estarían superadas cosas que en México no, relacionadas con la lucha feminista, y cuando en algunos de mis cuentos estoy explorando la profunda incomodidad del alma que puede surgir en una mujer cuando está embarazada, tanto en México como en España se han acercado lectoras para decirme que lo que más sufrieron durante algún embarazo fue que no podían comunicar que se sentían mal, que no podían confesar alguna inconformidad en relación con el embarazo porque de inmediato la sociedad las iba a juzgar, las iba a crucificar. De inmediato alguien que cuestiona la maternidad es alguien a quien hay que mirar como un bicho raro: “Está mal”, “No tiene instintos”, “Es una mala madre”. Aunque todavía no nazca el bebé, ya la están clasificando o etiquetando, y eso me ha pasado en los dos lados. El papel que las mujeres han tenido asignado en nuestras sociedades ha sido brutal, ha sido siempre de confinamiento, ha sido siempre de asumir lo que desde afuera les dictan qué debe ser.

P. ¿Qué tan importante es para ti contar México a través de tus historias?

R. Yo en general no tengo un interés por situar mis historias en un lugar. No soy muy de geolocalizar mis cuentos, pero hay historias en las que, sin que se diga, sin que se hable de México con todas sus letras, tú puedes inferirlo fácilmente. Por ejemplo, en La memoria donde ardía hay un cuento donde hablo del pueblo que está junto al volcán, de las cenizas del volcán y de la ilusión que le hacía a tres mujeres, la nieta, la madre, la abuela, conocer el mar, porque nunca habían ido, porque siempre se habían mantenido en este lado del México profundo y con cierto temor al mar, porque lo último que dijo el abuelo antes de desaparecer fue que se iba al mar. Entonces está toda esa mitología familiar allí dentro. Y lo que la abuela tiene sobre la almohada es un mezcal. Vas encontrando esos rasgos, pero para mí no ha sido tan importante ese espacio [geográfico] como encontrar el espacio emocional, el espacio psíquico, justamente el de quienes viven para contarla. Pienso que el momento en el que la herida está abierta, ese es el momento donde domina la sintaxis del dolor y allí no puedes narrar, allí no hay manera de contar, pero después sí. Por eso hablo de la cicatriz, porque eso es lo que nos queda para interpretar qué nos ha pasado, quiénes hemos sido y vislumbrar, quizá, lo que pueda venir. Lo que ha sido maravilloso es que los lectores me han dicho que, aunque pueden ser historias que hablan del dolor y de un dolor muy profundo en el que los personajes están buceando, les ha aliviado encontrar en mis historias alguna palabra, alguna imagen… Y eso me encanta, porque tampoco tengo una naturaleza pesimista, no está en mí, aunque siempre la vida insista en contradecirnos, ¿no?

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