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“Esta gente lo resuelve todo a tiros”

Varios policías en la zona donde fue acribillado a tiros un hombre el pasado junio en Marbella.
Varios policías en la zona donde fue acribillado a tiros un hombre el pasado junio en Marbella.Antonio Paz / EFE

Hay dos escenas recientes que definen bien qué ocurre con las armas de fuego en la Costa del Sol. La primera sucedió a principios de la semana pasada en Estepona. Miembros de una organización de narcotraficantes intentó secuestrar al hijo de una banda rival de nacionalidad polaca. No lo consiguieron, pero, como aviso, le dispararon en una pierna y un brazo. La segunda tuvo lugar en Marbella este sábado. Un grupo de amigos británicos salió de fiesta temprano, para aprovechar el día. Corrió el alcohol, se divirtieron. A última hora de la tarde se enzarzaron en una pelea en un pub y, ya en la calle, uno de ellos recibió dos tiros en la cara. Quien le disparó era un amigo, fichado como traficante de marihuana. Como estos, ha habido tres incidentes más con armas de fuego en Málaga en el último mes. “Esto está salvaje: hay armas y gente muy mala”, subraya un agente de la Policía Nacional con mucha experiencia en el terreno.

Ambas víctimas sobrevivieron, pero no siempre es así. Marbella, Estepona y las localidades cercanas se han convertido en el escenario perfecto para múltiples bandas de narcotraficantes. Es en el anonimato de sus urbanizaciones donde estos grupos de delincuentes se han hecho fuertes. Y es en sus calles donde resuelven, a tiros, sus conflictos. Desde 2018, las autoridades han registrado una veintena de muertes asociadas a ajustes de cuentas en este rincón del litoral malagueño con unos 60 kilómetros de costa.

Fue especialmente sangriento el pasado otoño, aunque las dos últimas muertes son recientes, de junio y agosto, ambas en Marbella. En la hemeroteca hay incidentes con artefactos explosivos, secuestros y ejecuciones con varios tiros en la cabeza. También ráfagas o asesinatos con armas de guerra como el Kalashnikov. A todo ello se suma la violencia local, como el hombre que, el pasado 6 de octubre, recibió un tiro en la nuca durante un robo con violencia. Milagrosamente, también salvó su vida.

La respuesta de los expertos policiales a qué ocurre en la Costa del Sol es siempre la misma. Si el clima, la calidad de vida y las buenas comunicaciones de la zona son atractivos para cualquier persona, aún más para narcotraficantes. Ellos tienen, además, la opción de gastar su mucho dinero en una zona donde el lujo pasa desapercibido mientras realizan sus actividades ilícitas.

Algunos ingredientes, sin embargo, han modificado las circunstancias en los últimos tiempos. El principal, la llegada de nuevos actores. Cada vez más organizaciones miran hacia Málaga para hacer negocios millonarios en base a dos pilares: el tráfico de hachís, gracias a la cercanía de Marruecos y un amplio litoral para alijar; y la marihuana, con un clima perfecto para el cultivo y una geografía montañosa ideal para esconder plantaciones. En ambos casos se suma la facilidad para acceder a servicios especializados: hay grupos expertos en alijar, en robo de coches o surtir de combustibles a las narcolanchas. También, guarderías para esconder la droga. Por supuesto, hay disponibilidad de sicarios para eliminar problemas. “Esta gente resuelve todo a tiros”, dice un policía.

El Ministerio del Interior calcula que en la Costa del Sol trabajan más de un centenar de organizaciones de numerosas nacionalidades. Cada vez son más (en 2013 eran casi la mitad) y el negocio, el mismo o menor debido a la presión policial. Ahí aparece un segundo motivo: un mayor número de vuelcos —robos de droga entre organizaciones— lo que obliga a las bandas a equiparse para defenderse. A más armas, más asesinatos. Tanto, que la Policía Nacional creó, a principios de 2019, un grupo centrado exclusivamente en ajustes de cuentas. Está formado por investigadores de gran experiencia y forma parte de la Unidad de Drogas y Crimen Organizado (UDYCO), que tiene en la Costa del Sol uno de los puntos más calientes de la geografía española.

La población, mientras tanto, mira de reojo una situación a la que se ha acostumbrado. Es raro encontrar a quien diga que siente miedo o que la zona es insegura a pesar de las cifras de muertes. En los ayuntamientos, el mantra es el mismo. En los dos principales, Estepona y Marbella, no se cansan de decir que ambas ciudades son seguras, aunque piden más medios. La localidad esteponera lo hizo la semana pasada, en una reunión de la Junta Local de Seguridad con presencia de la subdelegación del Gobierno, a quien el alcalde, José María García Urbano, pidió “reforzar con más medios de seguridad a esta zona de la provincia”.

Es lo mismo que solicitó, en plena ola de asesinatos durante el otoño pasado, la alcaldesa de Marbella, Ángeles Muñoz, quien incluso propuso la puesta en marcha de un plan policial similar al que arrancó en 2018 en el Campo de Gibraltar para atajar la actividad del crimen organizado. Con el foco puesto en tierras gaditanas, Málaga es la zona elegida para seguir con la actividad. “Esto funciona como vasos comunicantes: hay más policía allí, pues operan más aquí”, explica un agente de Fuengirola. Este verano se han registrado numerosos alijos a plena luz del día y operaciones contra el narcotráfico prácticamente a diario.

A finales de 2004, un niño de siete años y un hombre de 36 fallecieron tiroteados por tres encapuchados en una peluquería marbellí. La policía recogió 50 casquillos de bala, pero los autores no alcanzaron a su objetivo, de una banda rival. Aquel fue el último episodio con víctimas colaterales de los ajustes de cuentas entre narcotraficantes. Los policías de la zona destacan, de hecho, la profesionalidad de los sicarios: “Vienen, disparan, aciertan y se esfuman”, asegura un experto policía.

Pero los policías también insisten en que el riesgo está ahí. De hecho, en las últimas semanas la actividad de los narcos ha dejado tres víctimas —de carácter leve— entre la población, además de una quincena de agentes policiales heridos. “Esto es un polvorín, esperemos que no explote”, concluye otro agente, que mira hacia América Latina confiando en que el narcotráfico de la Costa del Sol nunca llegue a esos extremos.

La mayor parte de ajustes de cuentas en la Costa del Sol son resueltos por las fuerzas de seguridad. Lo que no trasciende habitualmente son las causas que llevan a los sicarios a apretar el gatillo, porque incluso los propios investigadores las desconocen. Fuentes policiales explican que hay una Ley del silencio entre las bandas. Tras los asesinatos —o los disparos en las extremidades como aviso a navegantes— se esconden vuelcos debido a la escasez de mercancía y a su alto precio, luchas de poder y mercado o, a veces, también hay quien paga con su vida algún error en una operación. Otras veces, se cuelan cuestiones personales. Este verano, por ejemplo, un narcotraficante disparó a un amigo después de conocer que éste mantenía una relación con su mujer.

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