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España retira su petición de ayuda a la OTAN contra el coronavirus

Margarita Robles, en una videoconferencia con los ministros de Defensa de la OTAN, el pasado día 15.Margarita Robles, en una videoconferencia con los ministros de Defensa de la OTAN, el pasado día 15.MINISTERIO DE DEFENSA

El pasado miércoles, España comunicó a la OTAN que retira la petición de ayuda contra el coronavirus que presentó el 23 de marzo. Aunque no ha recibido ni la décima parte del material sanitario que reclamaba (más de 1,5 millones de mascarillas, medio millón de test rápidos y 500 respiradores), el Gobierno español argumenta que ha conseguido superar el momento crítico de la pandemia y que muchas de las capacidades que requirió hace un mes ya están cubiertas.

“España, en este momento, no requiere ninguna ayuda adicional de los países de la OTAN”, concluye la misiva, que agradece la “inestimable ayuda recibida de los aliados” y no descarta volver a pedirla en el futuro, dada la “impredecible” evolución de esta crisis sanitaria.

España fue el segundo país que se dirigió al Centro Euro-Atlántico de Coordinación de Respuesta a los Desastres (EADRCC) en petición de ayuda (tras Ucrania, que no es miembro de la organización, pero sí asociado). Se trató, según fuentes gubernamentales, de un gesto político para demostrar que España llamaba a la puerta de todos los organismos internacionales. La OTAN carece de material sanitario propio, por lo que la EADRCC no es más que un buzón al que los países golpeados por una catástrofe envían su carta a los Reyes Magos, con la esperanza de que alguno de sus socios la conteste. Creado en 1998, este centro se había enfrentado hasta ahora a incendios forestales, nevadas e incluso terremotos, pero nunca a una pandemia global.

Siete países respondieron a la llamada de auxilio de España: Lituania, Estonia, Turquía, Polonia, República Checa, Luxemburgo y Alemania. Los tres primeros se benefician de la protección de las tropas españolas (aviones de combate en las repúblicas bálticas y una batería de misiles junto a la frontera siria), por lo que, hasta cierto punto, se puede considerar solidaridad de ida y vuelta. Con Ankara, no obstante, el Gobierno español tuvo que emplearse a fondo para que, además de donar mascarillas, dejase salir 150 respiradores que ya habían sido comprados por Castilla-La Mancha y Navarra.

Probablemente, las donaciones más desinteresadas fueran las de República Checa, Polonia y Luxemburgo; y la más valiosa, la de Alemania: 50 respiradores. Dada la escasez de estos equipos, era una cifra importante, aunque seis veces menor que la donada por Berlín a Italia (300).

Angela Merkel, que ha vuelto a ejercer el liderazgo europeo en esta crisis, abrió las puertas de los hospitales alemanes a sus socios: 70 enfermos franceses de la covid-19 y 20 italianos fueron trasladados para recibir tratamiento intensivo. Berlín también ofreció acoger pacientes españoles, aunque no se hizo público, pero Madrid declinó la oferta ya que implicaba someterlos a varias horas de viaje en avión.

Aunque el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, aseguró que enviaría material que no necesitase a Italia y España, solo el primer país ha recibido ayuda estadounidense; en concreto, camas, colchones, camillas y equipos médicos. No se puede decir que el inquilino de la Casa Blanca no conociera la dureza con que la covid-19 ha golpeado a un aliado donde tiene desplegados miles de soldados. Tras poner al Gobierno español como ejemplo de mala gestión por haber tenido que devolver test defectuosos, Trump volvió a referirse el 20 de abril a España en términos lapidarios: “Mirad lo que ha pasado allí. Es increíble, ha sido destrozada”.

Una vez más, el vacío dejado por Estados Unidos ha sido aprovechado por sus competidores estratégicos. Todas las alarmas se encendieron en la OTAN cuando, el pasado 25 de marzo, un convoy militar ruso atravesó la frontera de Italia rumbo a Bérgamo (Lombardía). Un total de 14 vuelos militares transportaron material sanitario al norte de Italia, mientras que 50 médicos y enfermeros cubanos montaban un hospital de campaña.

Ante esta situación, el Consejo Atlántico decidió el pasado día 2 poner al propio Comandante Supremo Aliado para Europa (Saceur), el general estadounidense de cuatro estrellas Tod Walters, al frente del operativo contra el coronavirus. La decisión llega tarde para hacer frente a esta pandemia, pero puede ser útil si, como se teme, el contagio repunta en otoño.

De momento, la OTAN ha puesto a disposición de los países sus capacidades de planeamiento, transporte y apoyo logístico, con instrumentos como la Agencia de Adquisiciones y Sostenimiento de la OTAN (NSPA), a la que España ha recurrido para adquirir 1.200 kilos de mascarillas, equipos de protección y termómetros en China.

Tras la retirada española, cinco países aliados y seis asociados (Ucrania, Montenegro, Italia, Albania, Macedonia, Moldavia, Bosnia-Herzegovina, Georgia, Colombia, Eslovenia y Afganistán) mantienen en vigor su petición de ayuda a la OTAN.

Más allá de la generosidad generalizada con Macedonia del Norte, el último en incorporarse en plena crisis sanitaria a un club que cuenta ya con 30 socios, Turquía, Austria y Hungría se han volcado en los Balcanes, como si un siglo después aún se disputaran la zona de influencia de los extintos imperios otomano y austro-húngaro. A falta de una política común, la solidaridad aliada va por barrios.

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