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Escribir hacia delante

Juan Gómez Bárcena (Santander, 1984) es licenciado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, Historia y Filosofía. Es autor del libro de relatos Los que duermen y de las novelas El cielo de Lima (Premio Ojo Crítico de Narrativa 2014) y Kanada (Premio de las Letras Ciudad de Santander, Cálamo y finalista del Tigre Juan, todo ello en 2017). Su obra ha venido siendo publicada en Salto de Página y Sexto Piso.

Ni siquiera los muertos —título que procede de la ‘Tesis VI’ de Sobre el concepto de historia, de Walter Benjamin— es una obra de aliento y ambición elogiables. Asistimos al viaje hacia el norte de Juan de Toñanes, un soldado español que se ha quedado en tierra de nadie tras la conquista de México. Regenta una posada con su mujer, una india, y ve languidecer su vida. Allí recibe un encargo —que es, al mismo tiempo, una manera de ir a mejor fortuna y de escapar del mismo hogar que añorará casi desde el mismo momento que lo abandone—. Ese encargo es encontrar y luego silenciar al Indio Juan, un ser excepcional que ha elegido el camino de la herejía traduciendo al español la Biblia, lo que le aparta del camino recto de la Corona y la Iglesia. Toñanes va en busca de ese indio también llamado Juan como un viaje en busca de un reflejo.

Bárcena nos embarca en una travesía río arriba, siempre río arriba, desmontando y volviendo a montar tiempo y espacio, desde la Nueva España del siglo XVI hasta darnos de narices contra el muro de Donald Trump. El viaje reverbera los ecos de El corazón de las tinieblas, no tanto el libro de Conrad como el recreado por Coppola en su versión cine. Y así, en muchos tramos el viaje de Toñanes es el del capitán Benjamin L. Willard en busca de Kurtz. Incluso uno ha creído ver hasta la figura del fotógrafo interpretado por Dennis Hopper en uno de los secundarios de la novela, que en vez de fotos dibuja lo que ve en el poco papel que tiene al alcance —la propia Biblia hereje manuscrita—.

De todos modos, Gómez Bárcena es lo suficiente inteligente como para desviar la narración de ese cauce coppoliano para buscar su propia originalidad. Así, con Toñanes seguimos hacia delante. Vamos con él atravesando la historia de México, la historia de los mismos oprimidos cada vez, idénticas víctimas e idénticos carceleros y asesinos, y la mutación de las utopías en el propio lndio Juan, que va cambiando de nombre y esencia en Padre, Patrón, Compadre o Padrote mafioso. Cómo consigue levantar esa compleja estructura narrativa ya de por sí habla del oficio de su autor. Más si la misma mutación espacio-temporal tiene lugar, de modo especial, mediante el lenguaje, que va cambiando de piel como en un intento de adaptar las palabras a la violencia y al presente, y cómo siempre se llega tarde a esa cita. El personaje, el autor, la historia como artefacto mental siempre construido hacia delante, hacia el norte, donde ya sabemos que no hay nadie, pero que es el futuro, el horizonte, una suerte de fe ya sin Dios ni iglesias: el castillo vacío de Oz.

En esta novela sólida y valiente uno echa en falta algo de deslumbramiento para el lector, a quien se le narra mucho pero apenas se le revela nada —ni de la violencia, ni de la injusticia, ni de la decepción o el horror— que ya no supiera al empezar a leer. Eso y una cierta falta de ligereza en los extensos monólogos de personajes que se encuentra Toñanes a lo largo de la odisea, que aportarían igual con mucho menos, hacen a ratos la lectura algo morosa. Todo lo contrario a lo que ocurre cuando su autor trabaja los diálogos o nos deja mirar con los ojos, los recuerdos y los pensamientos de Juan de Toñanes.

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