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Escenario abierto

Inés Arrimadas interviene en el Congreso el pasado miércoles.Inés Arrimadas interviene en el Congreso el pasado miércoles.Pool Efe / GTRES

La votación de la última prórroga del estado de alarma apunta tímidamente hacia un nuevo panorama político que, ahora, dependerá de todas las fuerzas involucradas consolidar. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y alguno de sus principales ministros plantearon la continuidad de la alarma como un pulso en el que el PP pondría a prueba su responsabilidad. Y este, entregado a la profecía de que la coalición no sobrevivirá a la crisis, convirtió el pleno en un primer acto de campaña electoral. Pocas veces la contradicción entre los motivos de confrontación política y las necesidades imperiosas del país se mostró con tanta crudeza, hasta bordear el abismo de privar al Gobierno del principal instrumento constitucional contra la pandemia.

Detener a tiempo esta deriva no habría sido posible sin la actitud del PNV, el giro político de Ciudadanos y la reacción del propio Gobierno, cuya cabeza visible en una agónica negociación fue la vicepresidenta Calvo. Se articuló así una mayoría parlamentaria más restringida que la que apoyó la primera prórroga, pero más significativa desde el punto de vista político. Mientras que aquella fue una respuesta mayoritaria a una grave crisis sanitaria sobrevenida, esta de ahora permitiría, de afianzarse, anticipar sus efectos económicos y sociales. La comisión parlamentaria para paliarlos, solicitada por el PP y aceptada por el Gobierno, ha recibido un impulso inesperado, permitiendo entrever la posibilidad de unos Presupuestos de emergencia. El país los necesita por razones de fondo, pero también como objetivo compartido para serenar la vida política y como aval para negociar en Europa.

La evolución de Ciudadanos ha ejercido una influencia decisiva en la transformación del signo de la competición política. Pese a que su actual fuerza parlamentaria es exigua, resulta suficiente para que la búsqueda de los extremos que ha marcado la vida pública durante los últimos años, y a la que sucumbió su anterior dirección, deje paso a iniciativas compartidas. Es el turno de las restantes fuerzas políticas: ni el Gobierno puede seguir enrocado en una inexplicable gestión en solitario de la crisis, ni el PP permanecer encadenado en las mazmorras de la ultraderecha, rivalizando en tremendismo. La Comunidad de Madrid no es el ejemplo a seguir de la mano de los estrategas de la crispación actuando entre bambalinas, sino la prueba fehaciente de lo que nunca se debió hacer, y hoy menos que nunca.

La mayoría que apoyó la cuarta prórroga del estado de alarma ha descolocado a Esquerra, que, tras su voto negativo, ha pasado de imponer exigencias al Gobierno a rogar que los siga teniendo en cuenta. También este sector del independentismo tendría que clarificar su postura, puesto que del otro sector nada se espera, salvo declaraciones ofensivas como las del president Torra y su entorno en momentos críticos de la pandemia. No es lo mismo comprometerse con una mesa de diálogo sobre Cataluña desde una posición de fuerza que sabiéndose obligado a negociar. Esquerra, que tanta comprensión ha exigido alegando sus necesidades electorales en Cataluña, tendría ocasión de mostrar si su disposición al acuerdo es fruto de la convicción o el ropaje de una posición de fuerza.

Ninguno de los escenarios abiertos esta semana era imposible anteriormente, puesto que dependen de la simple voluntad política. Faltaba que unos partidos dieran el primer paso y otros estuvieran dispuestos a reconocerlo. Frágiles y acosados desde los extremos, los escenarios están finalmente ahí, a la espera de nuevos pasos. Y, por qué no, también de nuevos acuerdos.

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