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En la tercera plantaqueda un hueco insustituible

Jesús Mota, en la redacción de 'Cinco Días', en 1992. ULY MARTIN
Jesús Mota, en la redacción de ‘Cinco Días’, en 1992. ULY MARTIN

Será muy difícil encontrar a partir de ahora un periodista tan honesto, tan bueno profesionalmente y al mismo tiempo tan hosco. Jesús Mota (Bilbao, 1952) murió de repente este sábado en su casa de Madrid. Muchos de los editoriales económicos de EL PAÍS en los últimos años se deben en su primera versión a su pluma, de tal manera que se puede afirmar que en el territorio de la economía su presencia (y su ausencia) serán tan significativas para el periódico como lo fue para la política la muerte de Javier Pradera.

Paradójicamente, la sabiduría económica de Mota (siempre estudiando, siempre leyendo) no es aquella materia de la que más sabía: su verdadero conocimiento era del mundo del cine, al que dedicó algunas de sus mejores piezas, publicadas la mayor parte de las ocasiones en la página más noble del periódico (su última tribuna de opinión, muy controvertida entre los cinéfilos, fue dedicada al maestro Hitchcock, El cine que pudo ser, publicada el 28 de agosto pasado).

Mota era un personaje muy culto. Finales de los años setenta: las redacciones de los periódicos Ya y Cinco Días (del que más adelante fue director) compartían redacción en la madrileña calle de Mateo Inurria. Ya anochecido salían los jovencísimos redactores del periódico económico y muchos días se cruzaban con un personaje con aspecto de oso y una enorme gabardina con las solapas subidas, que no los saludaba y de uno de cuyos bolsillos siempre sobresalía la revista Triunfo de esa semana. Leer semanalmente Triunfo en aquellos tiempos, equivalía no solo a poseer un carné de izquierdas, sino a hacer una licenciatura, tal era la densidad, la información y el buen periodismo de la revista llevada por José Ángel Ezcurra, que tenía en Eduardo Haro Tecglen su mayor símbolo.

Esos fueron algunos de los abrevaderos intelectuales en los que bebió siempre Mota. Por ello, su llegada a EL PAÍS cayó como fruta madura. Aparte del cine, su otra devoción fue la literatura, y ahí encontró a otro de sus ídolos, una de las personas a las que Jesús reconocía netamente su superioridad intelectual y creativa: Rafael Sánchez Ferlosio. Las familias Sánchez Ferlosio y Mota-Monforte tenían casa en el pueblo extremeño de Coria, donde Jesús pretendía retirarse ante su jubilación definitiva, ya próxima.

Además de la publicación de las barrabasadas que cometían algunas compañías eléctricas (de las que el matrimonio Mota-Monforte tenía, con mucho, la mejor información), Jesús Mota fue autor de varios libros, alguno de los cuales permanece enterrado e inédito muchos años después, ante la negativa a publicarlo por los responsables últimos de la editorial porque “no lo consideraron oportuno” en ese momento. Ni entonces ni ahora. Sobresale entre ellos uno dedicado a otro de los temas que obsesionaban al periodista, la privatización de empresas públicas en los años de Gobierno de José María Aznar (La gran expropiación, Temas de hoy). Tampoco fue un texto cómodo. En él demuestra con multitud de datos y situaciones que la privatización de grandes empresas impulsada por el PP significó la “expropiación política” de las empresas más importantes de España.

El fenómeno decisivo de aquellas privatizaciones tan rápidas no solo era el nepotismo —la ocupación de las presidencias por amigos de Aznar y Rato como Juan Villalonga, Francisco González, Rodolfo Martín Villa, Alfonso Cortina, César Alierta…— sino la conquista de los consejos de administración por consejeros independientes nombrados por los presidentes leales al Gobierno; un grupo de poder que orientó el viraje político de las empresas.

No se puede recordar con una sonrisa a Jesús Mota sin mencionar su hooliganismo respecto al Athletic Club de Bilbao. Cuando subió a la tercera planta de Miguel Yuste a hacer editoriales, no saludaba a nadie (ni siquiera a su compañero de despacho, Patxo Unzueta, otro grande); permanecía en un silencio hermético. Un día, Unzueta colocó un póster en una de las paredes del despacho. Entonces Mota, lo señaló con el dedo y dijo: “Ese es Pichi” (centrocampista histórico del Athletic). Aquella mañana se rompió la incomunicación.

Su timidez y su hosquedad le ocasionaron muchos rechazos. Era incapaz de cruzar de acera para saludar a alguien si ese alguien no le atraía personal o intelectualmente. Pero la mayoría de los que compartieron con él las redacciones de la revista Mercado o del diario Cinco Días, de la sección de Economía, del suplemento Negocios y de Opinión de EL PAÍS, y de la dirección del periódico, compartirán hoy el dolor de Carmen Monforte y de sus cuatro hijos. Porque esa timidez y esa hosquedad ocultaban el principal rasgo de su carácter: la ternura.

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