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Elena Zarraluqui, la mujer que divorcia al poder

Su apellido, Zarraluqui, pone a temblar a sus colegas. Esta abogada experta en Derecho de Familia tiene fama de perder poco y de pelear hasta el último céntimo para sus clientes. Sin piedad. Sonríe con la descripción y sale con habilidad del trance: “Bueno, los abogados se parecen a sus clientes, y viceversa”. Le gustan mucho los refranes pero le cuesta decir uno completo. Suya es la frase lapidaria: “Lo que es caro no es el divorcio sino el posdivorcio”.

Elena Zarraluqui (1967), nieta de Luis Zarraluqui que abrió despacho en Madrid en 1927, pertenece a esa zaga de profesionales discretos que no peregrinan por los platós de televisión pero cuyos nombres se pasan las élites en voz baja. Su cartera de clientes serviría para dibujar el árbol genealógico de varias grandes fortunas. No se divorcia con una/un Zarraluqui (su hermano Luis también es abogado) quien quiere sino quien puede.

Estudió Derecho porque tocaba. Su padre, abogado como su abuelo y uno de los artífices de la ley de Divorcio, tenía despacho y una clientela ilustre. Ella no tenía “vocación definida”. “No quería ser una magnífica pintora, no me encantaba la música”, explica. Así que su padre le dijo: “Estudia Derecho que te servirá de mucho en la vida”. Y eso hizo. “La carrera no me gustó nada pero el ejercicio sí. Después de un tiempo de prácticas en Londres y Lyon empezó a acompañar a su padre a los juicios. “Entonces las audiencias eran orales y yo me pegaba a él como una lapa. Concha Sierra siempre se reía de nosotros”, recuerda ahora. Concha Sierra, que falleció en 2012, fue durante décadas la abogada que divorciaba a la jet set, a las hermanas Alicia y Esther Koplowitz de los Albertos (Alberto Cortina y Alberto Alcocer), a Carmen Martínez-Bordiú de Alfonso de Borbón.

Por respeto al secreto profesional en esta conversación no se habla de casos particulares. Es un acuerdo tácito. Pero el lector ha de saber que Elena ha defendido a Patricia Llosa en su divorcio de su primo, el premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa después de 50 años de matrimonio. También ha representado a Marcos Fernández Fermoselle, expresidente de Parquesol, hoy al frente de Naropa Capital, y que este año aparece en la lista de los más ricos de España. Elena Zarraluqui fue quien llevó en 2012 su millonario divorcio de Patricia Martínez, una de las rupturas más sonadas del mundo de los negocios en los últimos años. También fue la abogada que contrataron los hijos que tuvo Miguel Boyer con su primera mujer, la ginecóloga Elena Arnedo, para defender sus intereses ante Isabel Preysler tras la muerte del exministro, y la profesional que defendió a Peter Innes, el exmarido de María José Carrascosa, la española condenada a 14 años de cárcel en Estados Unidos por un conflicto por la custodia de la hija que tienen en común.

Lo que resulta curioso es que era la letrada favorita de los hombres con posibles cuando se encontraban en trance de separación. “Siempre he tenido más clientes hombres. No sé por qué, creo que piensan que voy a entender mejor la postura de una mujer”, argumenta. Una situación que empezó a cambiar cuando publicó su primer libro, Divorciadas con historia (Esfera de los libros, 2018). Para escribirlo Elena investigó durante dos años la historia de varias mujeres que pagaron un alto precio por recuperar su libertad tras un matrimonio que no funcionaba, desde la renuncia de Ingrid Bergman a su hija para separarse de su primer marido y casarse con Roberto Rossellini hasta los cinco maridos de Barbara Hutton. “Me hubiera gustado que me contrataran todas, excepto Magda Goebbels”, dice Zarraluqui.

Por su experiencia afirma que hombres y mujeres no se divorcian igual. “Quizás los hombres no se enrocan tanto en la minucia y las mujeres sí. Ellos son capaces de aguantar matrimonios más complicados y nosotras solemos ser más valientes a la hora de romper la baraja. El hombre suele tomar la decisión cuando tiene ya un plan B, aunque no creo que se divorcie por esa otra persona pero sí es la excusa. Sin embargo, la mujer es capaz de romper un matrimonio solo porque no funciona, tiene menos miedo a la soledad”.

Con 27 años de ejercicio, Elena se sigue sorprendiendo cada día. “Las relaciones humanas son complicadísimas y no hay un patrón común. Hay gente que llama al despacho y dice que no puede más en el minuto uno y otra que lo dice después de una convivencia de 30 años”. A pesar de la ausencia de patrones, su olfato le permite intuir algunos desenlaces. “Los hay que cuentan su historia pero dicen que quieren luchar, seguir intentándolo … y yo pienso sin decirlo: ‘Vale, ya veremos dentro de dos meses’. A veces no vuelven, hay gente que aguanta situaciones brutales… Aunque quizás se hayan ido a otro despacho”, ironiza en voz alta.

Sostiene que el exceso de dinero complica los divorcios. “Hay excepciones pero los que tienen más dinero se pelean a degüello por todo y cuando no hay problemas económicos los buscan. Pasan los años y siguen enrocados por nimiedades y peleándose por tonterías, sin ser capaces de pasar página. Eso me sorprende”.

¿Y cuentan toda la verdad? La abogada lo tiene claro: “La gente cuenta su verdad. Un mismo problema se ve desde dos puntos de vista. Todo el mundo dice que no es egoísta, que está pensando en los demás, y no es verdad. Pensamos primero en nosotros. Es lógico, pura supervivencia. Aunque también hay quien miente, lo que demuestra mucha torpeza porque al final yo voy a trabajar con la información que me han dado”.

“Un pleito de divorcio es una coctelera en la que se echa todo y se agita. Cualquier cosa puede salir de ahí”, esta es una de las frases preferidas de Luis Zarraluqui, el padre de Elena. “Los abogados”, dice ella, “tenemos mucha responsabilidad con el destino de esa coctelera, y tenemos cierto estigma de empeorar las cosas”.

Es inevitable la referencia a la película Historia de un matrimonio (Noah Baumbach, 2019). “Un buen abogado debe dar soluciones y prever que no haya problemas en el futuro”. Y vuelve una vez más sobre su teoría de que abogados y clientes se parecen tanto como los perros a sus amos. “Buscas un abogado depredador o uno muy conciliador dependiendo de tu manera de ser. Si tienes una predisposición para actuar de una forma y contratas a un profesional que sigue esa línea las cosas van a ir de una forma. Mira, tengo ahora un asunto en que la parte contraria le está haciendo una avería económica a mi cliente, retirando dinero a lo bestia de las cuentas, y dejándolo todo en una situación muy complicada. Si a mí me viene una señora y me pregunta si puede vaciar una cuenta corriente yo le diré: ‘Ni se te ocurra”.

Cierta mitología sobre el despacho Zarraluqui sugiere que la parte contraria va a sufrir para ganar un pleito. ¿Es cierto que sus colegas le temen? Tras unas risas contesta: “Al revés, estar especializado te permite hablar el mismo idioma con la otra parte. Los clientes van y vienen y nos conocemos todos, nos pedimos la venia entre nosotros. Yo estoy encantada cuando tengo enfrente a un buen abogado”, dice Elena vía telefónica desde su casa, con sus hijos cada uno en su habitación, donde ha instalado el despacho estos días debido a la cuarentena por el coronavirus. “Estamos encerrados en casas que no están preparadas… y por mucho tiempo. Esto es una bomba de relojería. El final de esto –del confinamiento– va a ser como una vuelta de verano de las duras”. En los despachos de Derecho de Familia existen dos picos de trabajo, el posverano y la posNavidad, dos momentos en que se disparan las demandas de divorcio. “Es posible que el poscoronavirus se estrene como nueva categoría”, dice Elena Zarraluqui.

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