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El virus del Camp Nou

El presidente del FC Barcelona, Josep Maria Bartomeu, en una foto de archivo del pasado mes de febrero.El presidente del FC Barcelona, Josep Maria Bartomeu, en una foto de archivo del pasado mes de febrero.Quique García / EL PAÍS

No hay tregua que valga en el Camp Nou, ni siquiera cuando se declara una pandemia tan mortificante. A veces, parece incluso que la fractura entre los jugadores y los directivos se agranda o empequeñece de acuerdo con la importancia del caso, de manera que la actual es muy grave, posiblemente una de las más desagradables de las vividas en el Camp Nou. El último parte lleva la firma de Messi. Y la palabra del capitán, suscrita por muchos futbolistas, es la única que mueve montañas en el Barça.

El 10 afirma que los jugadores aceptan la rebaja de sueldo y como propina anuncia que harán una aportación para los empleados, la mejor manera de atender a los deseos de los patronos y de ser solidarios con el comité de empresa y también de desmentir que son las sanguijuelas del Barcelona. Y, una vez ajustadas las cuentas, el rosarino apunta al club porque “sorprendentemente” y “desde dentro” les han puesto “bajo la lupa” y les han presionado para hacer algo que “siempre” tuvieron claro que harían, cosa que parecían no saber en los despachos del Camp Nou.

La plantilla entiende que la directiva no ha sabido negociar el ERTE, ha malmetido contra los futbolistas y, a costa del virus, ha pretendido cobrar facturas anteriores que delataban precisamente la mala gestión del consejo que preside Bartomeu. El drama del presidente es que no solo no ha logrado rentabilizar un conflicto que por una vez estaba razonablemente de su parte, sino que se ha girado en su contra en un momento delicado ante las elecciones de 2021 y ha provocado como respuesta la ira de Messi.

Bartomeu está perdido si el pleito se reduce a un mano a mano con Messi. El presidente es rehén del capitán y, por extensión, del equipo de Berlín. La única política practicada desde entonces ha sido la de complacer a los ganadores de la última Champions que figura en el Museo del Barça. Alcanza con mirar la foto de la alineación de aquella final para advertir que quienes no constan en el plantel es porque dejaron el club por voluntad propia: Alves, Mascherano, Iniesta, Neymar, más los suplentes Xavi, Mathieu y Pedro. A excepción de Neymar, que quiere volver al Barcelona, ninguno se ha arrepentido de haber salido del Camp Nou.

No se trata de dudar de la calidad de los que se quedaron sino de su poder para conseguir que el Barça gire a su alrededor por encima incluso de una idea de juego, la misma que llevó al Barcelona a ser el referente futbolístico por excelencia y cuyo rebufo permite todavía prever un presupuesto récord de 1.047 millones. Hace ya tiempo que se juega, se vive y se cobra —tanto en el Camp Nou como el Palau e igual los que faenan como los que viven del cuento en las oficinas— como quieren los héroes de Berlín y no como consta en el libro de estilo del Barça.

Aunque tengan más de treinta años, son tan buenos que la rutina les da para ganar LaLiga, a veces la Copa y pedir la revancha de la Champions. No hay mejor manera de engañarse que hablar de Anfield y no del Liverpool y de culpar de los títulos no ganados a los fichajes que han fracasado como sustitutos de Neymar por no citar a los de Alves, Iniesta o Xavi. Ahora mismo, una vez que el virus paró el juego, no se sabe siquiera qué pasara con el Nápoles por más que algunos sueñen con Estambul. Los protagonistas, sin embargo, continúan siendo los jugadores, acostumbrados a sonsacar y ruborizar a Bartomeu.

Ocurre que los que mandan, que son los que más cobran, no siempre cuentan con la anuencia de los demás mandados, sobre todo cuando hay que tomar decisiones colegiadas, como pasó el 1 de octubre del 2017. La falta de cohesión que se visualiza en el campo es la misma que se adivina en el vestuario, circunstancia que explicaría la demora en la respuesta sobre el ERTE. Las discrepancias, en cualquier caso, se disimulan mejor, individual y colectivamente, cuando se trata de subrayar quién gobierna en el Camp Nou.

El presidente es consciente de que si alcanzó el poder no fue por su modelo de gestión, sino porque el tridente ganó el triplete en 2015. Así que lleva las de perder cada vez que aflora un conflicto y sabe, además, que cuanto más grave sea peor parado quedará, siempre expuesto a la última palabra de Messi. El gesto del capitán no exculpa, por tanto, el modus vivendi de la plantilla ni justifica su tardanza en dar el visto bueno al acuerdo, ni libera al presidente, igualmente errático y sin capacidad de medir el tempo del ERTE.

Ambas partes, siempre desconfiadas y dispuestas a ajustar cuentas, salen dolidas y resentidas de un último pleito que invitaba a un acuerdo singular en un club único ante la afrenta de la Covid-19. El desgaste es tan difícil de asumir que el Camp Nou amenaza con reventar antes de que empiece el Espai Barça.

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