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El virus acecha a los desplazados del Sahel

Desplazados del conflicto de Burkina Faso en un campo situado en Pissila, región Centro-Norte.Desplazados del conflicto de Burkina Faso en un campo situado en Pissila, región Centro-Norte.Anne Mimault / Reuters

El coronavirus ha llegado en los últimos días al centro y norte de Burkina Faso, donde hay 840.000 personas desplazadas de sus hogares debido a la espiral de violencia por el conflicto yihadista que vive el Sahel. “Hay habitaciones donde duermen más de 20 individuos en una situación de hacinamiento. Además, los desplazados se están moviendo constantemente de un lugar a otro. Representa un enorme peligro”, asegura el doctor Jean Marie Ouedraogo, coordinador de Médicos del Mundo en la región burkinesa de Sahel.

Los casos se han detectado en una mina de oro canadiense situada en Gorom-Gorom (8), en la ciudad de Dori (3) y en Kongoussi (3). Los tres distritos cuentan con desplazados, tanto acogidos con familias como en asentamientos provisionales. Además de la promiscuidad y la falta de espacio, que complica en extremo la adopción de medidas relacionadas con el distanciamiento social, uno de los peligros es que los equipos médicos no pueden llegar a ciertas zonas a causa de la violencia. “La vigilancia epidemiológica es imposible, hay lugares en la carretera hacia Djibo o en Gorom-Gorom a las que no podemos acceder. En ocasiones las Fuerzas Armadas nos escoltan, pero no pueden hacerlo siempre”, añade Ouedraogo.

Burkina Faso es uno de los grandes desafíos de África en la actual pandemia de coronavirus. Es el séptimo país más pobre del mundo, lo que se traduce en una acuciante falta de recursos en su sistema sanitario, como revela el hecho de que a mediados de marzo había tan solo un respirador para 20 millones de personas. Con mucho esfuerzo, el Gobierno ha logrado comprar cinco más. Pero es que además se ha convertido en el epicentro de un conflicto yihadista que provocó casi 5.000 muertos solo el año pasado. La irrupción de los primeros casos en las regiones de Sahel y Centro-Norte, donde la violencia es más intensa, ha encendido todas las alarmas.

“El coronavirus se añade a una crisis ya compleja”, asegura Romain Desclous, portavoz de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) en África occidental, “puede ser la gota que colme el vaso. Estamos en una carrera contra el reloj, ya que las comunidades siguen huyendo de la violencia y tienen necesidades urgentes. Antes de la covid-19, el Programa Mundial de Alimentos ya preveía un periodo sin precedentes de inseguridad alimentaria”. La limitación de desplazamientos entre regiones, que afecta también a las organizaciones no gubernamentales, y la cancelación de vuelos humanitarios debido a la pandemia no hace sino empeorar las cosas.

El norte de Burkina Faso, fronterizo con Malí y Níger, sufre desde hace cinco años el azote del yihadismo. Constantes ataques protagonizados por grupos como Ansarul Islam y el Estado Islámico del Gran Sahara (EIGS) han convertido amplias zonas en territorio de guerra, a lo que hay que sumar la violencia intercomunitaria y la respuesta represiva del Estado en connivencia con milicias locales. El último incidente conocido tuvo lugar el pasado sábado en Djibo, donde dos unidades militares fueron atacadas por los radicales con el resultado de siete muertos: seis terroristas y un soldado.

Dorian Job, responsable de programas de Médicos sin Fronteras en África occidental, asegura que se trata de “una crisis humanitaria sin precedentes debido al rápido deterioro de la situación en materia de seguridad. La violencia diaria ha provocado desplazamientos masivos de población”. Burkina Faso también es uno de los países del mundo con más muertes por malaria. “El periodo de escasez alimentaria y el de máxima transmisión estacional de paludismo llegan en pocos meses y afectarán a estas regiones, en especial a los niños. El coronavirus está obstaculizando los esfuerzos para ampliar nuestras actividades y esto nos preocupa especialmente”, añade Job.

Gracias a la rápida adopción de medidas como el cierre de fronteras, la prohibición de reuniones públicas o los confinamientos, África sigue siendo el continente con menos casos de coronavirus, unos 17.000. Sin embargo, preocupa la debilidad de sus sistemas sanitarios y la vulnerabilidad de una población que, en su mayor parte, vive al día. En Burkina Faso, donde se han detectado 528 casos positivos y 30 muertos, con una de las tasas de letalidad más altas del continente, las consecuencias ya se dejan sentir. “No es seguro que la gente vaya a poder soportar esta limitación de movimientos durante mucho tiempo”, asegura el doctor Ouedraogo, “sobre todo entre los desplazados que tienen una necesidad urgente de salir para proveerse de alimentos”.

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