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El vals de las abejas en Viena

Por segundo año consecutivo, The Economist ha elegido Viena como la ciudad ideal del mundo para vivir, con una calificación de 99,1 sobre 100 puntos. Además, desde 2009, Viena está en el primer lugar en la encuesta de calidad de vida de la consultora Mercer. Son datos que uno pone de manifiesto al pisar una capital transitable (a pie y en bicicleta) y en la que el 53% de su superficie es zona verde.

Pero no solo para los seres humanos es propicia (recordemos que Viena es el paraíso de la vivienda social), también lo es para los animales y, en especial, para las abejas. Como es sabido, en Viena hay una gran tradición de bailes de salón y de danza contemporánea, pasión que se extiende a las colmenas, pues también las abejas se sirven de movimientos de danza para comunicarse e indicar a sus compañeras las fuentes de alimento. El descubridor de la danza de las abejas fue Karl von Frisch, premio Nobel de Medicina en 1973. Pero ya la emperatriz María Teresa, en 1769, fundó la primera escuela de apicultura del mundo, como recuerda una placa en los jardines Augarten en honor del maestro apicultor de la corte: Anton Jansa.

En Viena hay 200 millones de abejas. La administración municipal les brinda apoyo con parques, en los jardines de ­Hirschstetten, en el cementerio central, en See­stadt Aspern y en tejados como el de la Ópera, el del Ayuntamiento, el del hotel Daniel o el del Kunsthistorisches Museum, ese lugar que devino costumbre intelectual para el musicólogo y crítico Reger, personaje inolvidable de Maestros Antiguos de Thomas Bernhard, y donde en 2014 empezaron a instalar colmenas y en cuya tienda puede hoy comprarse esta deliciosa miel ­autóctona.

En la Villa Erbse esperan dos jóvenes apicultores: Martin Asche y Verena Manyet, ambos de 30 años. Sobre la mesa de la cocina, un libro: Honeybee Democracy, de Thomas D. Seeley. “El mejor sobre abejas” dice Martin mientras añade miel a su taza de café. En su jardín tienen colmenas. Es un día soleado. Se escucha el zumbido melodioso que emiten los vuelos inquietos de las abejas. Es un sonido que, como el silencio, tiene muchas gamas. “Es diferente el que emiten cuando están excitadas por la polinización del que puede percibirse cuando van a limpiarse, o cuando te van a picar”, cuenta Martin. Hoy no es el caso. Entre tantas abejas percibo una fragancia de efecto relajante. Martin dice que se trata de una mezcla de feromonas, aroma de miel y polen. “Viena cuida a sus abejas, recibimos del Ayuntamiento 15.000 euros al año para impulsar nuestra empresa ecológica con un producto orgánico, miel de acacia. Desde que vivo con ellas miro el medio ambiente de otra forma. Antes estaba impaciente por el trabajo, ahora he adaptado mi modo de vida al ritmo natural de las abejas. Tranquilidad en invierno y actividad con el sol”.

Verena, rodeada de abejas, interviene: “Cuando una colmena se les queda pequeña, deben mudarse. Envían elegidas a explorar el terreno. Regresan, comentan y se mudan al lugar que dicta la mayoría. Lo que más he aprendido de ellas es la estructura social”.

Me despido, vuelvo al centro de Viena y me acerco al Kunsthistorisches Museum. Entro en la tienda y me llevo el bote de miel. En el hotel no me resisto. La pruebo, evoco el jardín de Villa Erbse y recuerdo de nuevo a Reger, cuando dice: “Yo entro en un libro y me establezco en él en cuerpo y alma, como si penetrara en un paisaje.

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