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El semáforo

Luis GrañenaLuis GrañenaLuis Grañena

Cada noche (o vesprada, en mallorquín; me gusta más, y es más exacto: tarde tardía), cuando el Aplauso, me tranquiliza y conmueve a partes iguales ver llegar un vehículo (ambulancia, coche de policía, taxi, moto, bici), y poco más, o casi nada más, y detenerse en el semáforo. Y aguantar. Aguantar el rojo mientras nada alrededor se mueve, porque no hay tráfico, ni apenas transeúntes, ni peligro. Resultaría tal fácil hacer trampa.

Ahí se detienen. Como John Wayne en una de John Ford. Con la paciencia y la sobriedad que imponen la ciudadanía solitaria y a la vez solidaria.

En tiempos de conflicto, la primera víctima es la verdad y la segunda el autocontrol. Por ello resulta gratificante ver que no se sueltan los estribos, que, por ahora, cada cual conserva la serenidad del otro manteniendo la suya intacta. En Líbano, que es mi referente de estado de bombardeos y estados de sitio, durante la guerra gorda (1975-1989) los vecinos de Beirut hacían copias de sus llaves y las repartían, por si el estallido les pillaba lejos de sus casas. Para que usaran la que les caía más cercana.

En estas circunstancias, tan inciertas e inéditas, la calma de cada cual es la forma en que ofrecemos al otro la llave de nuestro alivio, que a su vez se alimenta gracias a que otro alguien nos abre la puerta de su serenidad ante el derrumbe.

A ratos, se atisba un panorama infinito de posibilidades de mejora, de espaldas a la algarabía de politiqueros, tramposos e inútiles meaburros.

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