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El ritual

Aplauso a la labor de los sanitarios en la crisis del coronavirus.Aplauso a la labor de los sanitarios en la crisis del coronavirus.Kiko Huesca / EFE

Habrá pasado ya tanto tiempo que nadie recordará por qué en los barrios de algunas ciudades, a las ocho de la tarde, se escuchan aplausos aislados, un ritual atávico que solo los mayores podrían explicar, pero no lo harán, porque nadie les presta nunca atención.

Nadie se preguntará tampoco por qué hace tanto ya, las estatuas en los parques celebran a taxistas y enfermeros; porqué los niños quieren ser doctores y la llama eterna de los pebeteros de todas las plazas arde en memoria de soldados y cajeras desconocidos. Los desfiles conmemorativos los encabezarán transportistas y científicos: caminarán sin solemnidad bajo el sol cegador de los días festivos. Les saludarán banderas, monarcas y ministros, y escuadras de cazas diminutos volarán sobre sus cabezas, dejando a su paso el rastro de la emoción en la mirada de los niños y el humo de colores. Habremos comprendido al fin que la Salud, o es pública y universal, o no es; que un país sólo puede estar sano si todos sus ciudadanos lo están, sea cual sea su mal, su condición, su situación legal.

Sucedió hace mucho, antes de que comenzaran a utilizarse las máscaras. Los perros eran salvoconductos con los que caminar por las calles, los mercados el lugar donde cruzábamos un saludo apresurado con los vecinos, entre la incredulidad y el miedo. Los balcones se convirtieron en palcos, la ciudad en el anfiteatro desde el que se aplaudía cada tarde la función más hermosa: la de la entrega y el sacrificio diario de unos cuantos para protegernos a todos. Era también una celebración colectiva, compartida: un gesto.

La distancia social transformó nuestros saludos, la manera de bailar, de amarnos y de reconciliarnos, la manera de celebrar los goles. Instalamos mamparas entre nosotros, delimitamos perímetros. Por escasos, los abrazos adquirieron más valor, recordamos la importancia del deseo y de los besos. Despedidas y otros estribillos, huecos ya de tan usados, encontraron su razón de ser y su sentido. El modo en que nos miramos recuperó un cierto prestigio que había perdido.

Se hicieron series sobre aquello, claro, de muchas temporadas. Trataba la ficción de atrapar aquellos días; días de silencio, teléfonos y necrológicas, de palabras graves, de dolor y de cenizas, pero lo consiguió solo a medias.

Y discutimos. Algunos dijeron que la culpa había sido del Gobierno, otros señalaron a sus críticos, y los demás responsabilizaron al resto; muchos convinieron en que el enemigo era el miedo. Los fallecidos, mayoría unánime, escucharon en silencio.

El valor a menudo es individual, pero se contagia con facilidad, deviene pandemia. La historia la escriben los vencedores, así que la de esta crisis nos tocará escribirla a nosotros. Elijamos con cuidado los adjetivos, esmeremos la caligrafía. Despreciemos las hipérboles, las romanzas de los tenores huecos. Parémonos, como el poeta, a distinguir las voces de los ecos.

La memoria es corta, pero la emoción permanece, no se borra.

Por eso cada día, aunque habrá pasado ya algún tiempo, a las ocho de la tarde se oirán aplausos aislados en algunas ciudades, en algunos barrios. Los mayores tratarán de explicar su origen, pero nadie les hará caso, porque no habremos aprendido nada.

Pero quizá algunos jóvenes se unan una noche al ritual y aplaudan, aunque sin comprender del todo por qué, acaso por un atávico sentido de comunidad, de tribu, de pertenencia. Y no tendrá importancia; la vida continuará como hasta entonces, lenta, ajena, aburrida. Pero todo estará bien.

Fernando León de Aranoa es cineasta.

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