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El reto de congelar la economía

Durante semanas, con China ya paralizada y las cadenas de suministros encajando el primer golpe, la palabra recesión seguía fuera del léxico: el debate aún giraba en torno a cuánto restaría el coronavirus al crecimiento. Pero la pandemia llegó a Occidente y las dudas se volatilizaron rápido: una economía confinada deja poco espacio para la escapatoria. Habrá recesión en España. Habrá recesión en Europa. Habrá recesión en EE UU. Y habrá recesión en América Latina. El descalabro inicial será enorme, casi con total seguridad mayor que el de la crisis de 2008 y 2009, y el reto hoy de la letanía de autoridades económicas —Gobiernos, bancos centrales, FMI, Banco Mundial, G20, G7— es evitar que ese batacazo acotado en el tiempo se transforme en algo más: en una Gran Depresión, como en los años treinta del siglo pasado. El éxito depende, en buena medida, de un tratamiento experimental: congelar el tejido productivo hasta que pase la pesadilla y esperar que, después, la actividad vuelva lo más cerca posible del punto en el que estaba antes. Evitar, en definitiva, un cortocircuito en el sistema productivo que estrangule el crecimiento por años y no por meses.

La economía ha entrado en un túnel oscuro y autoinfligido, recuerda Grégory Claeys, del think tank Bruegel, con el mayor objetivo imaginable: salvar vidas. EE UU ha pasado en tiempo récord del pleno empleo a una previsión del 20% de paro y Goldman Sachs atisba ya una contracción de doble dígito para España. En aguas sin cartografiar y sin un faro del pasado que ilumine la escena, esta vez, como dice la economista Carmen Reinhart, es diferente. Y el recetario también debe serlo.

En circunstancias extraordinarias como esta, a la política económica le toca ahora interpretar un papel bien distinto del que está acostumbrada: tratar por todos los medios de que el tejido productivo preserve sus trazas básicas sin grandes disrupciones hasta que la actividad regrese a las calles. Someter al sector productivo, en otras palabras, a una suerte de coma inducido o criogenización que mantenga las constantes vitales tan intactas como sea posible para que cuando pase la pesadilla, en la habitual sopa de letras de los economistas la salida de la crisis sea en forma de V y no de L.

¿Se puede, entonces, congelar una economía? “Es posible, sí, aunque muy complicado. Y depende de cuánto tiempo: si el cierre total se extiende, será catastrófico; si son solo unas pocas semanas o meses, podremos esquivar el desastre… Para eso es necesario evitar que desaparezcan empresas y puestos de trabajo”, señala Ricardo Reis. Apenas hay precedentes históricos. Quizá la II Guerra Mundial, dice sin mucha seguridad el profesor de la London School of Economics. O, como recuerda por correo Barry Eichengreen, de Berkeley, el de la mal llamada gripe española: “Pero fueron algunas ciudades, no un congelamiento global como este”.

El papel todo lo aguanta. Las notas suenan bien en la partitura: el Estado se hace cargo de que todo no se vaya al traste y de que no haya efecto dominó. Ahora falta que la orquesta tenga la destreza y el músculo para interpretar la música. La informalidad laboral y el peor acceso a financiación, por ejemplo, complican y mucho la tarea de criogenización en los emergentes. Mientras, la mayoría de países europeos y EE UU sí se han puesto ya manos a la obra, vetando los despidos indefinidos y apostando por fórmulas temporales en las que el erario cubre una parte sustancial del salario o tirando millonarios salvavidas de liquidez a empresas.

Los idus de marzo han dejado, sin embargo, algunas cosas claras. La deuda pública se irá por las nubes y tendrá que haber quitas en el lado privado, como ha advertido Mario Draghi en el Financial Times. “Y parte de los préstamos del Gobierno [a las empresas] no se devolverán jamás”, apuntala por correo Alan Blinder, asesor de la Casa Blanca en la era Clinton y ex número dos de la Fed. Más adelante, cuando la gente vuelva a trabajar y a consumir, tendrá que haber más: “Se necesitará apoyar el consumo con una nueva ronda de estímulos que, por fortuna, las economías avanzadas pueden afrontar gracias a los tipos de interés tan bajos”, completa Eichengreen, nada dudoso de no defender el papel del Estado en momentos como este.

Pero el vacío ha convertido en keynesianos a otros: hoy nadie niega de su importancia capital para evitar la quema total. Les tocará serlo también después, arrimando el hombro en el pago de impuestos y asumiendo su responsabilidad social. Si no, cierra Ian Greer, de Cornell, “de nuevo los Gobiernos acabarán rescatando a los inversores extendiendo los costes a la sociedad a través de la austeridad”.

La excepcionalidad deja, también, lecciones aprendidas. Los bancos centrales han estado mucho más rápidos de reflejos que en 2008. “Es alentador el papel de los Estados y de los bancos centrales, moviéndose rápido y adoptando medidas de emergencia”, remarca Mohamed El-Erian, jefe de asesoría económica de Allianz y expresidente del Consejo de Desarrollo Global de EE UU con Barack Obama.

La Fed y el BCE han sido contundentes y los errores cometidos, como el de Christine Lagarde en su primera comparecencia —“no estamos aquí para reducir las primas de riesgo”— se han subsanado “en dos días y no en dos años, como entonces”, añade Claeys. Otras, en cambio, siguen sin interiorizarse: “Esta vez la crisis es exógena y va a golpear a todos. Ya no aguanta la narrativa de la irresponsabilidad fiscal. Por eso son importantes los eurobonos”. Alguien debería tomar nota en Berlín y en La Haya.

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