Internacional

El nuevo desorden mundial afronta su gran recesión

El presidente de EE UU, Donald Trump, y la canciller alemana, Angela Merkel, durante su reunión bilateral en el G7 de Biarritz el verano pasado.El presidente de EE UU, Donald Trump, y la canciller alemana, Angela Merkel, durante su reunión bilateral en el G7 de Biarritz el verano pasado.Carlos Barria (Reuters)

Dicen que a toda persona con un martillo en la mano cualquier cosa le parece un clavo. Algo parecido sucede con la crisis de 2008. A todo el que haya vivido aquellos años de crisis económica y financiera y los cambios geopolíticos y sociales que acabó propiciando, cualquier gran crisis le recuerda a la Gran Recesión. Pero el mundo es hoy muy diferente del que era hace 12 años. El América primero se ha impuesto a la cooperación multilateral y hoy es difícil esperar algo más que respuestas nacionales a una crisis de las dimensiones de esta pandemia que exigiría una contundente coordinación global, como sucedió entonces.

“El coronavirus es una crisis global equiparable a la crisis financiera de 2008 pero se produce en un contexto de unas políticas nacionales e internacionales mucho más disfuncionales”, explica Ian Bremmer, presidente de la consultora de riesgos Eurasiagroup. “La división y la debilidad del orden geopolítico reflejan una realidad completamente diferente de ninguna crisis global que hayamos experimentado en décadas recientes”, subraya.

La próxima semana los líderes del G20 mantendrán una reunión virtual para abordar la crisis sanitaria y económica surgida por la pandemia. Fue precisamente este foro, el G20, el que emergió como principal institución de coordinacioón global en plena crisis financiera ante la evidencia de que el Grupo de las siete economías más industrializadas (G7) —entonces era el G8, ya que incluía a Rusia— necesitaban de las pujantes economías emergentes para hacer frente a la crisis. También China accedió a coordinar sus políticas para evitar daños mayores a su economía, ya entonces muy abierta al mundo.

Hoy esa necesidad no es menor. China es la segunda economía del mundo —entonces era la tercera— y su principal exportador. Pero la guerra que libra en los últimos años con Estados Unidos por el dominio tecnológico y comercial global no se ha frenado por la crisis sanitaria. Los reproches sobre el origen del virus —“lo llamo el virus chino porque se originó en China”, insiste una y otra vez el presidente de EE UU, Donald Trump— y las teorías de la conspiración —China aseguró que fueron soldados estadounidenses los que llevaron el virus al país— no se han hecho esperar. Es más, Pekín ha decidido aprovechar la crisis para lanzarse a una intensa campaña de cortejo diplomático con la entrega a distintos países de mascarillas y otros materiales sanitarios imprescindibles para combatir la pandemia.

Pero no es solo un enfrentamiento bilateral. Cuando el epicentro de la epidemia saltó de Asia a Europa, el presidente Trump anunció en rueda de prensa la prohibición de entrar en el país a los viajeros europeos, una medida que no fue consensuada ni anunciada previamente a Bruselas, que protestó enérgicamente por la decisión. Por no mencionar que Berlín trata de impedir que EE UU compre la investigación de una empresa alemana que trabaja en la vacuna contra el coronavirus para evitar que se haga con la exclusiva y asegurarse de que la vacuna se desarrolla también en Alemania y en Europa. EL boicot de EE UU a la Organización Mundial del Comercio (OMC) no ofrece confianza sobre el uso de las patentes.

“La coordinación entre los bancos centrales es encomiable, el reciente comunicado del G7 es importante y apunta en la buena dirección y el G20 celebrará una reunión virtual extraordinaria la próxima semana pero es necesaria y urgente una mayor coordinación, en un número amplio de políticas”, apuntaba ayer el secretario general de la OCDE, Ángel Gurría, en un comunicado.

Los vientos no soplan a favor de esa cooperación. Será Arabia Saudí quien acoja la reunión virtual del G20, el mismo país que en plena emergencia sanitaria ha desatado una guerra energética con Rusia y cuya capacidad para liderar una respuesta a nivel global es, cuando menos, limitada. El mismo país que hace 12 años impulsaba los primeros pasos para una unión política y monetaria en el Golfo.

Leave a Reply