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El ‘Mediohombre’ que derrotó a 30.000

Felipe II tenía un superagente para casos desesperados. Se llamaba Pedro Menéndez de Avilés. Era asturiano y protegía infantas, saboteaba puertos enemigos, pero sobre todo se dedicaba a hundir los barcos de todos aquellos que osaban acechar -no ya atacar- las naves de Su Majestad que cruzaban el Atlántico. El rey le concedió lo que se denominaba patente de corso; es decir, cumple la misión, que miro para otro lado y, si te cogen, yo no sé nada. Menéndez de Avilés lo hizo a la perfección, tan bien que terminó siendo nombrado almirante. Pues Felipe V, Fernando VI y Carlos III tenían igualmente su particular superagente. En este caso, como era militar, una especie de supersoldado. Nació en Pasaia (Gipuzkoa) el 3 de febrero de 1689, y como ese día era san Blas, pues le pusieron Blas, Blas de Lezo y Olavarrieta, posiblemente el mejor estratega militar de la historia de España, si Hernán Cortés no protesta.

En 1704 participó en la batalla naval de Vélez-Malaga, donde españoles y franceses se enfrentaron a ingleses y holandeses. De un cañonazo, le arrancaron una pierna, pero un año después ya estaba dando otra vez guerra y luchando contra los británicos por todo el Mediterráneo, atrapando o hundiendo buques de Su Graciosa Majestad. A Felipe V aquello de que Lezo no fallase una, le debió parecer muy bien: así que le mandó a luchar a Barcelona, Palermo (Italia) Tolón (Francia), Mallorca, La Habana, Perú… aunque por el camino el vasco se tuviese que dejar el ojo izquierdo y el antebrazo derecho. Eso sí, mientras él perdía parte de su cuerpo (le llamaban Mediohombre, se supone que no a la cara), el rey ganaba para sus siempre necesitadas arcas el cargamento de los barcos y barcos enemigos que Blas iba atrapando en su camino marino.

Felipe V estaba muy contento, la verdad, tanto que lo nombró en 1723 general de la Armada de Su Católica Majestad y jefe de la Escuadra del Mar del Sur. Pero como en todas las historias de buenos, hay un aguafiestas, Este se llamaba José de Armendáriz y Perurena, un navarro virrey del Perú que quería reducir costes navales y aumentar ingresos. A Lezo eso no le agradaba, por lo que pidió volver a la Península y retirarse, que lo arreglaran los políticos. Se casó con una mujer 20 años más joven que él y tuvo un montón de hijos. “Ahí os quedáis”, vino a decir a los defensores de reducir el gasto público.

Pero tipos como este había pocos. Con lo que un año después de su retiro, recibió un mensaje: “¿A qué no sabes dónde estoy pensando mandarte ahora? Hay unos morosos que me deben dos millones de pesos y no me quieren pagar? (Firmado, el Rey)”. Y allí que se fue Lezo, a la Republica de Génova a reclamar el dinero de su jefe. Les puso los barcos en fila frente del palacio ducal y los italianos, que ya habían oído hablar de él, pagaron hasta el último céntimo. “Ya he acabado, Majestad, que me vuelvo con mi mujer”. “Pues va a ser que no. Ahora te vas a Orán [Argelia], que acaban de cargarse al gobernador”. Y allí que fue otra vez. Por supuesto, no dejó títere con cabeza.

Pero si Blas de Lezo es recordado por la historia es por su genial, magistral, excepcional, sublime, sobresaliente y extraordinaria, entre otros calificativos posibles, actuación en el asedio de Cartagena de Indias (Colombia). Lezo, a pesar de haber perdido parte de su cuerpo luchando en nombre del rey, nunca se quejó. Sin embargo, un comerciante inglés, un tal Robert Jenckins, al que los españoles le cortaron una oreja por hacer contrabando, se molestó, protestó y mucho. “Ve y di a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve”, le dijo al inglés el militar cortaorejas español Juan León Fandiño, según refleja el libro Un viaje a los mares del Sur 1740-41, de John Bulkeley y John Cummins. Y vaya sí se atrevió. Jenckins se fue (con una sola oreja) directo al Parlamento a acordarse de la madre de Fandiño, y se declaró la guerra. Se la conoce como Guerra de la Oreja de Jenckins.

Unos años después, en 1741, el almirante Edward Vernon se presentó en Cartagena de Indias a recuperar lo que quedase del apéndice auditivo de su compatriota, pero lo hizo acompañado –hay que ser precavido- de 186 barcos de guerra (unos 2.000 cañones) y 30.000 soldados que se metían entre pecho y espalda una bebida llamada grog, una mezcla de agua azucarada con ron o coñac. O las dos a la vez. De hecho, Vernon debía de ser un ferviente partidario de esa combinación, porque le apodaban Old Grog. En el lado de las tropas de Lezo, 3.600 hombres (600 de ellos indios con flechas) y seis naves. “Qué te rindas que os voy a tratar bien”, le envió una carta Old Grog a Mediohombre. “Pues como no vengas tú”, le respondió más o menos el militar guipuzcoano. Vernon, ante la desproporción militar a su favor, mandó un correo a su rey, Jorge II, anunciándole la victoria. Este, claro, comenzó a acuñar moneda para que los siglos fuesen testigos de la humillación a la Corona española. Los ingleses, desde luego, cobardes no son (valientes y arriesgados como nadie), pero esta vez se pasaron de listos antes de comenzar el asedio.

Así, lo que iba a ser un fácil asedio terminó en una carnicería. Para los ingleses. Lezo abrió un foso entorno al castillo para que las escalas de los asaltantes no llegasen. Soltó a un par de supuestos desertores que le indicaron a Vernon el mejor lugar para atacar la ciudad. Hundió barcos en la entrada del puerto con el fin de que los buques del rey Jorge no pudieran acceder. Obligó a los enemigos a atravesar zonas plagadas de mosquitos para que contrajeran enfermedades. Y luego salió a bayoneta a rematar a los desconcertados atacantes.

Los ingleses perdieron casi un centenar de barcos y algo más de 9.000 hombres. “Volveré”, clamó Vernon, a lo que el de Pasaia le respondió: “Para venir a Cartagena es necesario que el rey de Inglaterra construya otra escuadra mayor, porque esta solo ha quedado para conducir carbón de Irlanda a Londres”, recoge Francisco García del Junco en su obra Esto no estaba en mi libro de Historia de España.

Durante el asedio, Lezo resultó herido por la astilla de una mesa que le cangrenó la carne. Murió el 7 de septiembre de 1741. Nunca fue recompensando, sino incluso reprendido por el virrey de Cartagena al que las tácticas castrenses de Lezo no le parecían las más adecuadas. Jamás se le concedió un título nobiliario. Su cuerpo fue enterrado en la ciudad que él defendió, pero nadie sabe dónde reposa con exactitud, aunque en el libro La última batalla de Blas de Lezo, de Beltrán y Aguado, se sostiene que está en un convento la ciudad. Vernon, en cambio, descansa como se merece un héroe y un valiente patriota en la abadía de Westminster, y en su bellísima sepultura se puede leer:” And at Carthagena conquered as far as naval forces could carry victory” (“Y en Cartagena conquistó hasta donde la fuerza naval pudo llevar la victoria”). Sin comentarios…

Mejor sin comentarios. Insisto.

A finales de 2014, por suscripción popular, se levantó una estatua en Madrid al bravo marino vasco. Sin embargo, el Ayuntamiento de Barcelona había pedido que no se erigiese porque había participado en el bombardeo de la capital catalana en 1713 y 1714, durante la Guerra de Sucesión dinástica entre Borbones y Austrias. Votaron a favor los 14 ediles de CiU y los cinco de ICV; se abstuvieron los 11del PSC; y en contra los nueve del PP. La mayoría municipal barcelonesa debe de ser partidaria de los Austrias.

El entonces concejal socialista madrileño Antonio Miguel Carmona fue uno de los políticos que salió en defensa de la memoria del militar guipuzcoano. Achacó la petición del Consistorio barcelonés a “la incultura, el provincianismo y un deseo de reescribir la historia para que los hechos cuadren con sus delirios”. Un coro defensivo al que se sumó Ricardo García Cárcel, catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona y miembro de la Real Academia de la Historia: “Aquí no cabe ni indiferencia profesional ni desidia cívica porque el nacionalismo nunca construye sus espejismos sin arrebatarnos nuestras realidades”. A Lezo -sin pierna, brazo y ojo-, poco más podrán arrebatarle.

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