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El mal dormir

Luis Grañena

Existen tantas variedades de insomnio como de sueño. Suelto, despatarrado, profundo, agitado, entrecortado, sudoroso, con ansia o con beatitud. Por una cuestión de edad, mi desvelo, cuando lo experimento, se ha convertido en un asunto bastante plácido. Hace tiempo que no me inquieta lo que impulsó a una joven, probablemente desde Argentina, a tuitear lo siguiente pocas noches atrás, bajo el hashtag Insomnio: “Me aburro, tengo ganas de coger”. Sí, debe de ser argentina, me dije, porque si fuera chilena habría escrito culear. Y sonreí, en lo más hondo de mi calmado insomnio, al comprobar que ni un verbo ni el otro, ni su equivalente en castellano de España o en otras lenguas que he alcanzado a comprender me inspiraban la menor inquietud. Cero hormonas, ni frío ni calor. Mientras mi cuerpo descansaba, y mis aprensiones flotaban detrás de mi cabeza (llamadas que no se han producido, otras que, por desgracia, sí; distancias abismales: qué os voy a contar que ignoréis), busqué razones para preferir el mal al buen dormir.

Una podría ser que, por duro que resulte un insomnio, te entrena para el despertar mejor que un sueño reparador. Porque el agotamiento embota con balsámica sabiduría. Llegar con frescura a la mañana nos devuelve al crudo conocimiento del recuerdo de cuanto queda por vivir. Otra razón, querida tuitera presumiblemente argentina, es que lo peor sería, en las circunstancias actuales, padecer sonambulismo. Levantarse de madrugada, abrir la puerta, dejar el edificio y salir a la calle. Una calle en la que se puede coger cualquier cosa.

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