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El “lujo” de tener perro durante la cuarentena: “Los quiero más que a mis primos hermanos”

Esta mañana, sin duda, hacía un día de perros. Igual que ayer, anteayer y todos los días que vendrán hasta nueva orden. A las doce, en Lavapiés, es la hora punta. Hay muchos perros, pero en el fondo, son los mismos perros que antes. Tatiana habla con ellos. Los entiende perfectamente. Tiene ese don. Y tener un don en estos tiempos es mucho. Sobre las doce y cuarto, Lena, una perra de dos años blanca y negra muy traviesa mezcla de Pitbull “con otra raza”, le ha dicho a Tatiana que había que salir de casa echando leches. “Me ha dicho que no podía más”, cuenta. De modo que Tatiana, de 73 años, ha agarrado la correa beige, se ha puesto un abrigo largo negro y ha salido con lo puesto, casi en pijama, a dar un paseo. El primero del día.

“Ella —la perra— tenía muchos amiguitos en la plaza del Museo Reina Sofía. Ahí se juntaban todos, correteaban, se lo pasaban muy bien. Ahora, nada. No puede”. A Lena le pasa lo que a todos, pero ella no lo entiende. O lo entenderá si se lo explica su dueña. “Es muy buena”, insiste. Un cambio de estos días es que si antes de la crisis del coronavirus todos los perros eran buenos, ahora son muy buenos. Dice que la adoptó en una perrera y que ella—la dueña― esto de la pandemia lo lleva como puede. “No veo a mi familia, no veo a nadie”. Pese a que ha salido sin mascarilla y sin guantes, dice que no tiene síntomas. “No me junto con nadie y por eso ella —la perra― está asustada. Salgo dos veces al día y voy un segundín de nada al Carrefour a comprar algo”. En un segundín, ya se sabe, hay muchos minutos.

― ¿Algún vecino le ha dicho de sacarla a pasear?

― No, no, por favor. Es mía.

“En todo caso”, levanta el dedo índice, “pagaría yo porque la sacaran”. Y dicta una sentencia por si no ha quedado claro: “A Lena la quiero más que a muchos de mis primos hermanos”. De un esquinazo de la calle Santa Isabel sale Trevo, un joven de 30 años, junto a Ropis, un perro de ocho años. Trevo y Ropis han quedado con Eva y su perra. Por las dudas, aclaran: “Manteniendo las distancias”. Mantener la distancias significa que uno camina por la acera izquierda y la otra, por la de la derecha. “Vamos hablando”. Eva, de 28, dice que su bulldog negra es un centro de atención. “Vienen a saludarle, que es lo peor de todo”. A Ropis, no. “A mí perro no lo tocan”, ríe él.

En Madrid, en diez de los 21 distritos de la capital, hay más perros que niños de entre 0 y 9 años. Ahora y antes. El registro del año pasado se cerró con 278.460, eso es, 86 perros por cada mil vecinos. Eran 264.000 en 2014 (83 por cada 1.000 personas). En Villa de Vallecas hay un 39% de perros más que entonces. Hay más canes que críos también en los distritos de Chamberí, Salamanca, Moncloa, Puente de Vallecas, Latina, Tetuán, Moratalaz, Ciudad Lineal y San Blas.

En el nuevo Madrid que ha surgido tras el confinamiento, los paseadores de perros forman ya una pequeña burguesía. Una élite intocable. A los que pasean ociosos por la calle, con las manos en los bolsillos, la gente le grita desde los balcones: “¡Vuélvete a tu casa!”. Son irresponsables, incívicos, desalmados. Pero todo cambia si llevas un animal atado con correa. Te conviertes en un buen vecino. Alguien que no está ahí abajo saltándose una norma sino aliviando la necesidad de un ser vivo. Alguien con una causa, un propósito, una meta. La vida, hasta que te mueres, se trata de tener un objetivo. Y ellos lo tienen. Como Paco y Nines, un matrimonio que saca a sus tres perros (Nana, Apolo y Chiqui) de paseo por la zona de Islas Filipinas. Tienen nietos, pero para qué nos vamos a engañar, son más de perros. “No nos dejan a los niños para cuidarlos. Lo que menos quieren nuestros hijos ahora es estar ahora con nosotros. Es ley de vida”, dicen los dos, porque la frase la empieza uno y el otro la remata, como Messi y Suárez.

Antes los sacaban tres o cuatro veces al día. Ahora solo dos: “No hay que abusar”. A Paco no le agrada del todo que ahora la gente se aparte tanto y que huya cuando uno de sus perros se lanza a saludar a un desconocido. Los perros sienten ese rechazo. “Son mejores que muchas personas”, dice, echando mano de un clásico, y añade: “Hay mucha gente retorcida. El perro jamás, ya puedes hacerle lo que quieras”. Nines luce un abrigo de pieles exuberante, como el de los guardianes de la noche de Juego de Tronos, porque es una persona “muy friolera”. En un rato, los cinco, los tres perros y el matrimonio, se volverán a encerrar en casa. Se entretendrán con la tele y la radio. Hablarán de política, aunque sin grandes dramas. Y, cuando los perros se sientan inquietos, volverán a la calle. A su paseo interminable.

La epidemia deja un rastro fúnebre en la ciudad, de fondo suenan las trompetas del Apocalipsis. Pero hay pequeños gestos que, por mínimos que sean, salvan a toda la humanidad. José Manuel, de 56 años, recorre varios kilómetros en moto, desde Atocha hasta el barrio de Chamberí, para darle un paseo a Yaiza, la perrita de su hermana. Ella tiene lupus, es inmunodeprimida. “Me deja a la perra en el rellano de la escalera. Veo a mi hermana de lejos. Le doy un paseo a la perra, poco porque ya es mayor y se cansa. Después se la dejo en el mismo lugar”, explica José Manuel. Así dos veces al día. Si cuando todo esto acabe resulta que existe el cielo perruno, José Manuel será San Pedro.

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