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El látigo y la rosa

A Alberto Olmos le va la marcha —si todavía rige expresión tan antigüilla—, y en esa flaqueza residen tanto las gracias como las desgracias de su personaje. O dicho de otra manera, la compulsión de llevar la contraria a todo tren anega demasiadas veces en esforzadas justificaciones su insubordinación contra los mantras de la izquierda cultural, política y sociológica en la que se inscribe con alardes de independencia. La antipatía de su personaje es programática y hasta previa a la materia de la que se ocupe, pero eso no impide que con mucha frecuencia sus salidas de pata de banco acierten al señalar las contradicciones, inconsecuencias y absurdos de la vieja nueva izquierda. Olmos zarandea su superioridad moral y sermoneadora con ánimo boxístico en los artículos de Cuando el Vips era la mejor librería de la ciudad —la inmensa mayoría publicados en los últimos cinco años en El Confidencial— y más tibiamente en el relato autobiográfico Irene y el aire: ambos libros están dedicados a la memoria de su hermano Héctor, como si naciesen del mismo dolor.

El látigo y la rosa

Quizá por compartir muchas de sus operaciones de acoso y derribo, lo más doloroso está en una prosa artificialmente espontánea y casi nunca feliz, hecha mal adrede o sin la menor gracia. Es verdad que el libro de artícu­los termina con un Epílogo titulado ‘Qué es escribir bien’ —a petición de la revista Zenda—, pero se me antoja un grave error: no porque esté plagado de insensateces ese epílogo, sino porque la pregunta misma obliga a Olmos a ensartar sin desmayo los tópicos más comunes entre artistas que exhiben su rebelde marginalidad y su soberbia humildad, un poco al estilo más bocazas y camorrista tanto de Pérez-Reverte como de Umbral.

Olmos funciona más convincentemente cuando más obvio es el objeto de la batalla: el neopuritanismo inquisitorial, el feminismo en las vertientes más demenciales, el anticapitalismo de boquilla, la defensa de la masculinidad como especie en extinción. Pero cuando navega en otros mares más comprometidos —o no tan obvios como la defensa de Woody Allen ante la campaña de exterminio público contra él—, las cosas se complican porque no es fácil escapar de la payasada si el objetivo es ridiculizar a un escritor como Roberto Bolaño o entronizar las mediocres novelas de Juan Manuel de Prada o despachar toda la autoficción como autopromoción. En esas enérgicas escabechinas se desenmascara su postureo antisistema: claro que es ridícula la beatería bolañista, pero eso no afecta en nada a la multitud de cualidades que hacen de Bolaño un gran escritor. A veces parece que el afán del clic que malea al periodismo contemporáneo haya llegado también a articulistas demasiado conscientes de la red y su circunstancia (si vale la parodia de otra antigualla).

El látigo y la rosa

Irene y el aire es otra cosa. En su segunda parte es un libro trepidante, conmovedor y angustioso, a pesar de llevar dentro una trampa narrativa decepcionante (el escritor ya sabe que todo termina bien, pese a sembrar el relato de malos augurios), mientras la primera apenas flota entre caricaturas de la vida moderna de padres embarazados: costumbrismo testimonial útil para el futuro (para que alguien cuente la precariedad del presente, al estilo del minucioso libro de Lara Moreno, Deshabitar); el don narrativo de Olmos sí funciona en cambio en esas 80 páginas a la carrera contra el miedo para levantar hacia los cielos a la niña Irene, por fin recién nacida.

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