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El ‘Hespérides’: del confinamiento en mar al de tierra

Cuando el 6 de marzo dejé mi camarote en el buque oceanográfico Hespérides, atracado en el puerto de Punta Arenas (Chile), ni los que salíamos para iniciar el regreso a España, casi todos científicos de la XXXIII Campaña Antártica Española, ni los que quedaban a bordo podíamos imaginar el cambio que darían nuestras vidas en unas pocas jornadas. Todo por un microscópico y misterioso coronavirus que ha puesto el mundo patas arriba. Pocos días después, el 11 de marzo, los 56 miembros de la tripulación salían de los canales magallánicos rumbo al sur para cerrar las base. Iniciaban un confinamiento en los 82 metros de eslora que tiene el buque, que al final ha durado 42 de los 175 días que han pasado a bordo. Ahora deberán continuarlo ya en tierra.

En el tiempo que va desde su salida de Cartagena, el pasado 12 de noviembre, a su regreso, el 22 de abril, el BIO Hespérides ha navegado más de 46.000 kilómetros, que es el equivalente a dar más de una vuelta entera al planeta, pero además lo ha hecho por aguas cubiertas de hielos que han golpeado su casco, entre icebergs —algunos de hasta ocho kilómetros de largo— y con algún problema técnico con un motor que se logró solventar sobre la marcha gracias a que se recibió el repuesto en la Antártida.

El reto científico que había por delante en la campaña no era fácil: sacar adelante los planes de los 10 proyectos científicos y, además, realizar las tareas de logística que requiere el suministro y el movimiento de personal de dos bases —la Juan Carlos I y la Gabriel de Castilla— en dos islas antárticas distintas. Pero el objetivo se cumplió: “La campaña puedo decir que ha sido un éxito porque se han cumplido todos los objetivos propuestos con un único barco, que es este. Hemos ido escapando de los peores momentos con las previsiones meteorológicas y nuestros clientes, que son los científicos, han quedado satisfechos”, me comentaba el comandante José Emilio Regodón justo antes de que bajara por el portalón ese 6 de marzo.

Poco después de su partida, se decidió que las dos bases españolas en la Antárttida tenían que cerrarse urgentemente y regresar de inmediato a Ushuaia con las 37 personas que aún quedaban en ellas. Y se hizo en solo dos días lo que en otras circunstancias hubiera llevado una semana. En esta ocasión, eso sí, Regodón no pudo esperar esa ventana meteorológica benigna que siempre busca para cruzar el mar de Hoces, que les recibió con una virulencia que yo pude ahorrarme. “Estamos casi todos mareados”, me decían algunos pasajeros en sus mensajes.

El comandante José Emilio Regodón, en la torre de mando del BIO Hespérides, muestra el recorrido hasta la Antártida.El comandante José Emilio Regodón, en la torre de mando del BIO Hespérides, muestra el recorrido hasta la Antártida. Rosa M. Tristán

Como ya contaba en otro artículo, los rápidos cambios de la situación internacional, con cierres de fronteras y anulaciones de vuelos, impidieron que los 37 volaran a España desde Argentina como tenían previsto, ni siquiera pisaron tierra, aunque si queda un lugar libre de covid-19 en el mundo, ese es la Antártida. Tripulantes y pasaje siguieron singladura hasta Montevideo, la capital de Uruguay, y allí, finalmente, el pasado 28 de marzo cogieron un vuelo organizado por el Gobierno para repatriar a 300 españoles. Anulado quedaba también el proyecto SAGA, que debía haberse hecho de regreso en el Atlántico sur. Sus 37 miembros no podían llegar ya a Río de Janeiro, donde deberían haber sido recogidos.

El Hespérides, ya solo con su tripulación, siguió navegando hacia la Península Ibérica en un viaje que les ha llevado prácticamente un mes. Hasta pisar el puerto murciano de Cartagena, en esos 42 días de aislamiento, el comandante me cuenta que han tenido “una travesía tranquila”: “Mucho más que la que tuvimos en la Antártida y, además, más corta de lo que teníamos previsto, porque íbamos a volver a mediados de junio tras la campaña de SAGA y luego otra campaña en Canarias desde mediados de mayo, que previsiblemente tampoco se hará”.

A la llegada, les esperaba un país que también está confinado, pero en tierra, donde los recién llegados tendrán que adaptarse ahora a las condiciones del estado de alarma de toda la población, algo que no han dejado de sentir como una sensación muy extraña pese a su experiencia previa y al hecho de que nadie era ajeno a lo que acontecía en España. Entre la tripulación, un oficial tiene a su padre ingresado en el hospital provisional de Ifema (Madrid) por coronavirus y otro perdió al suyo en estas semanas por otra enfermedad.

El Hespérides en Puerto Foster, en la caldera interior de Isla Decepción, en la Antártida, desde la base Gabriel de Castilla.El Hespérides en Puerto Foster, en la caldera interior de Isla Decepción, en la Antártida, desde la base Gabriel de Castilla. Rosa M. Tristán

“Hemos seguido las noticias, pero, por mucho que te cuenten, desembarcar después de cinco meses en tu ciudad y ver todo cerrado, nadie en las calles que conoces, servicios de limpieza descontaminando con mascarillas… Ha sido un impacto tremendo. En la Armada nos gusta estar preparados para escenarios remotos en nuestras campañas, pero plausibles, como podría ser atender a una colisión entre buques, un derrame de petróleo o una erupción en la isla Decepción, pero una pandemia global no estaba en los planes. Ahora el mundo está cambiando ante nuestros ojos”, reconoce Regodón.

De momento, todas los materiales y muestras científicas que han traído a bordo, tendrán que quedarse en las bodegas del buque, congeladas algunas de ellas a temperaturas de hasta 80ºC bajo cero, dado que su traslado a los diferentes equipos de investigación es inviable en este momento.

Aunque los 55 tripulantes y el comandante del Hespérides quedan a disposición de la operación Balmis organizada en el Ministerio de Defensa por la pandemia, confían en tener algún tiempo para descansar después de 175 días seguidos de campaña polar y actividad frenética. “Venimos de muchos meses de trabajo y estrés profesional, siempre inquietos por la seguridad y porque se cumplan con los objetivos científicos que llevábamos, como así ha sido”, afirma el comandante, que este año pone fin a su aventura antártica porque este era su segundo año, y ya no puede repetir.

Los dos grandes retos científicos que había por delante, en cuanto a logística y personal, han sido los proyectos de geología Tasmandrake y de sismología Bravoseis, entre otros muchos españoles, pero a todo ello hay que añadir la estrecha colaboración del buque de la Campaña Antártica con numerosos programas polares internacionales, ya fuera colaborando en rescates, trasladando personal, facilitando el trabajo de científicos o proporcionándoles materiales. En concreto, con Argentina, Bulgaria, Chile, Checoslovaquia, Corea del Sur, Ecuador, Perú, Portugal y Uruguay.

En total, 207 personas de 18 nacionalidades han utilizado el BIO Hespérides, que este año cumplía sus bodas de plata antárticas, para llegar y regresar del más grande, fascinante y frágil laboratorio de la Tierra. Y les aseguro que es una aventura que no se olvida.

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