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El Festival de Salzburgo se vuelve transgresor

El año pasado, a trancas y barrancas, el Festival de Salzburgo celebró como pudo su centenario. Se ha decidido que este verano prosiga la conmemoración, con el logotipo de William Kentridge en los programas y la gran exposición del Museo de Salzburgo aún visitable, pero ya han desaparecido las restricciones de aforo, si bien se han impuesto un riguroso control personalizado de acceso (de identidad –las entradas son nominales– y de protección frente a la Covid-19) y la obligatoriedad de portar mascarillas FFP2 en el interior de todos los recintos. Salzburgo empieza, pues, a asomar de nuevo la cabeza en su afán de consolidarse como el festival veraniego de referencia, aunque no ya con la personalidad que arrastraba aún en parte desde los años de hierro de Herbert von Karajan, sino con la que va imponiéndole, reforma tras reforma, sorpresa tras sorpresa, Markus Hinterhäuser, que ha retomado el espíritu que quiso insuflarle Gerard Mortier, aunque sin asomo alguno del afán de protagonismo y notoriedad del gestor belga. Si la suya pareció siempre una etapa personalista y pasajera, el nuevo rumbo que está imponiendo el pianista austríaco parece semejarse más bien a un camino sin retorno.

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