Lo último

El empujón del virus a la Unión Europea

Preguntarle a un suizo qué espera de la Unión Europea en la crisis del coronavirus es casi como preguntarle a un calvinista qué espera del Papa a favor de la paz universal. ¡Qué horror! ¡Por supuesto que no esperamos nada! O muy poco… Ellos son ellos, y nosotros somos nosotros.

Pero ahora, con la crisis del coronavirus, esta distinción entre “ellos” y “nosotros” ha desaparecido de repente. Estábamos todos en el mismo barco, todos atónitos e indefensos ante este iceberg infinitesimal de la pandemia provocada por la covid-19 que amenazaba con hundirnos. Y ante esta angustia existencial, no era necesario recurrir a la ironía para comprobar que, en un primer momento, la respuesta de todos los Estados fue un sálvese quien pueda generalizado.

El primer impulso fue egoísta: convoyes de material sanitario bloqueados, peticiones de ayuda italianas ignoradas, fronteras que se cerraban aquí y allá, y una Unión Europea que no sabía qué responder en un ámbito que no era de su competencia.

¿Deberíamos reprochárselo? Sí, podemos lamentar su lentitud en cuanto a la ayuda urgente. Pero hay que reconocer que cuando reaccionó, lo hizo de forma solidaria.

Hay cosas más importantes. ¿Deberíamos lamentar, como hacen muchos analistas, que la Unión Europea no haya asumido el papel de coordinador para “dar una respuesta europea” ante el virus? Lo dudo. Ante una pandemia inesperada como esta, que ha afectado a los países en un marco de tiempo y con una magnitud diferentes, con unos conocimientos científicos poco claros y en constante evolución, la flexibilidad de las respuestas nacionales, incluso regionales en los Estados federalistas, fue probablemente la más eficaz, aunque la palabra pueda parecer inmerecida en algunos casos.

Después de la crisis del coronavirus, quizá sea necesario abrir un debate sobre el papel de la Unión Europea en el ámbito de la sanidad, pero creer que la coordinación europea habría permitido una mayor rapidez y adecuación es solo un acto de fe.

Dicho esto, en el desconcierto y el “sálvese quien pueda” generalizado que caracterizaron la primera fase de la crisis, algunos principios resistieron. No lo ocultemos: en Suiza, el sistema hospitalario de varios cantones depende en un 30% o 50% de la mano de obra fronteriza europea. Sin médicos, enfermeras o cuidadores franceses, los hospitales de Ginebra y el Jura colapsarían. Y lo mismo ocurre con el personal italiano en Ticino.

Pero en ningún momento, ni siquiera en lo más duro de la crisis, Italia o Francia pensaron en requisar las fuerzas que tanto necesitaban. Y a pesar del confinamiento, ellos pudieron seguir cruzando la frontera todos los días. Esto supuso un alivio considerable para los cantones en cuestión, que expresaron con naturalidad su gratitud acogiendo a más de 30 pacientes franceses para ayudar a los hospitales de Grand-Est o de Haute-Savoie.

En un nivel completamente diferente, en el ámbito diplomático, la crisis del coronavirus habrá sido un periodo muy especial para Suiza: aunque no es miembro de la Unión Europea, participó desde el principio en el gabinete de crisis europeo y vio cómo las relaciones bilaterales con sus vecinos se intensificaban significativamente.

Cuando un virus llama a la puerta, las realidades geográficas se imponen y la pequeña Confederación Suiza (con 8,5 millones de habitantes), por su posición central en Europa, se ha convertido durante la crisis en un interlocutor natural.

Y, además, hay un último punto que no podemos ignorar cuando hablamos de las relaciones entre Suiza y la Unión Europea: las difíciles negociaciones sobre la firma de un acuerdo marco que ya han durado años. Para Suiza, la epidemia de coronavirus ha supuesto una especie de ventaja colateral al suspender este expediente y aliviar las presiones europeas, que eran cada vez mayores.

Por supuesto, solo se ha aplazado, pero es difícil decir si la crisis económica que sucederá a la emergencia sanitaria provocada por el coronavirus podría influir en este asunto. Aún es demasiado pronto para saber si, ante la colosal necesidad de préstamos y fondos especiales que la Unión Europea tendrá que movilizar, Suiza logrará encontrar un papel que le granjee algunas simpatías.

A priori es improbable, pero ¿quién sabe? Los periodos de crisis son muy imaginativos…

Alain Rebetez es corresponsal en París de Tribune de Genève.

Traducción de News Clips.

Puedes seguir EL PAÍS Opinión en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.

Leave a Reply