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El deber de aprender

La pandemia no nos demuestra nada. No prueba que alguien tenía razón en lo que siempre había pensado. Tampoco es un castigo divino o una venganza del planeta. La pandemia es nada menos que una calamidad con un durísimo coste humano, económico y social. Un hecho que no necesariamente nos hará mejores, pero que sí cambiará incentivos y actitudes. No está escrito en qué dirección, pero en estas semanas se pondrán los raíles.

Ya hemos visto alguna pista falsa: la división en la gestión de esta crisis es más Oeste-Este que democracias frente a dictaduras. Todo constante, si un país tiene state capacity (el Estado funciona eficazmente) y aprendizaje previo (había sufrido una pandemia antes, como el SARS de 2003) ha podido reaccionar mejor frente al coronavirus. Hasta que no pase un tiempo será imposible cuantificar la magnitud de lo que hemos pasado, pero en algunos países con Estados fallidos posiblemente ni nos enteraremos.

También se ha demostrado que las democracias tienen mecanismos de emergencia para intentar atajar estos problemas. Sin embargo, también Hungría nos enseña cómo el shock puede aprovecharse para volver la excepción algo permanente. Por eso mismo el control parlamentario o de los medios de comunicación no puede ser circunstancial de tiempo. Emergencia no es arbitrariedad y lo que quede tras la devolución de los poderes excepcionales será la prueba del algodón.

Mientras, la gobernanza supranacional sigue haciendo aguas. Igual que la libre movilidad de capitales debería llevar a la armonización fiscal, la de personas a la sanitaria. Sin embargo, lo que hemos visto es una guerra por hacerse con material sanitario para ganar tiempo mientras las industrias nacionales se reciclan. La lógica de disparar primero y preguntar después ha hecho inevitables tensiones diplomáticas e intercambio de partidas defectuosas: no hay material para atender tanta demanda.

Además, enfilado tras las pérdidas humanas, llega un golpe económico que corre riesgo de cebarse en los que ya lo hizo en la Gran Recesión. Los Estados de bienestar se van a ver de nuevo tensionados. Y es verdad que hay más consenso para que lo público tome la iniciativa, buscar prestaciones más universales, pero sabemos que el margen real para hacerlo dependerá del tablero europeo. Serán tiempos duros y en el acuerdo con Berlín y La Haya está nuestro colchón fiscal para los próximos años.

Cuando pase lo más duro de este trance será imperativo hacer una comisión de investigación parlamentaria en la que se depuren errores y responsabilidades. Todavía no conocemos la profundidad de la herida que nos deja esta crisis y, es verdad, tampoco está claro que de aquí salgamos mejores, pero las instituciones tienen el deber de salir aprendidas para cuando venga la siguiente pandemia.

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