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El confinamiento aviva la lucha de poder entre los clanes de las Tres Mil Viviendas

Las Tres Mil viviendas en Sevilla, el pasado 20 de abril.Las Tres Mil viviendas en Sevilla, el pasado 20 de abril.PACO PUENTES / EL PAÍS

Un intercambio de disparos con escopetas de caza ayer por la mañana en el barrio sevillano del Polígono Sur, popularmente conocido como Las Tres Mil Viviendas, el más pobre de España, se ha convertido en el sexto tiroteo en un mes en esa zona. El confinamiento forzado ha intensificado la pugna de los clanes de la droga en un contexto en el que el consumo de hachís ha disminuido, la vigilancia policial ha aumentado y los movimientos de las familias que controlan el narcotráfico son más evidentes. Las calles vacías han propiciado que no se hayan producido heridos, pero vecinos y policía temen que se repita lo que sucedió en agosto de 2013, cuando el clan de La Perla mató por error a una niña de seis años que cenaba en su casa.

“Esto no es normal, no es habitual”, señala tajante Jaime Bretón, comisionado para el Polígono Sur, que recalca que los tiroteos en las Tres Mil suceden una vez cada dos meses. “Puede haber amagos, pero no tiroteos”, explica. Cuando se aprobó el estado de alarma las fuerzas de seguridad ya previeron que las dificultades para vender droga provocarían nerviosismo en los barrios de Sevilla que concentran la venta de hachís: Las Tres Mil Viviendas y Los Pajaritos —el nuevo supermercado de la droga de la capital andaluza—. Hasta ahora los enfrentamientos se han limitado a disparos al aire, a las fachadas de las casas de la familia rival o a los coches, para hacer una demostración de fuerza y amedrentar, señalan fuentes policiales.

El primer tiroteo se registró en la noche del 31 de marzo. Una pelea con cuchillos entre miembros de una misma familia acabó con uno de ellos abriendo fuego desde un vehículo contra la casa del otro. No hubo heridos ni detenidos. Ocho días después, el 8 de abril, a la una de la tarde, dos clanes se enzarzaron a tiros. El detonante, según fuentes consultadas, pudo haber sido una disputa a cuenta de una música demasiado alta. Menos de 48 horas más tarde, el Viernes Santo, tres conocidos delincuentes descargaban sus armas contra otro hombre que supuestamente se negó a que instalaran en su edificio una plantación de marihuana. Tampoco hubo heridos, pero los autores de los disparos están en prisión.

La madrugada del 28 de abril otro tiroteo, con miembros de un clan de la vecina Dos Hermanas, también se saldó sin heridos y sin detenidos, como en el caso del de ayer por la mañana, cuyo origen ha estado en una pelea de gallos. Los clanes, explican las fuentes policiales, aprovechan los cambios de turno de los agentes para apretar el gatillo y, aunque la respuesta policial es casi inmediata, en el lugar de los hechos impera la ley del silencio.

“El Polígono Sur es una zona muy concurrida, sobre todo a última hora de la tarde. El confinamiento ha hecho que los miembros de los clanes no puedan camuflarse entre la gente ni esconderse de otras familias rivales o de la policía”, explica Bretón. “Los vecinos están asustados, no les gusta la proliferación de plantaciones de marihuana en pisos y temen que una de esas balas alcance a algún familiar”, abunda. El caso de la niña de seis años que murió accidentalmente cuando le impactó la bala de una ráfaga —que iba dirigida a un delincuente contra quien el clan de Los Perla quería vengarse— aún resuena en la barriada. Varios de sus miembros tuvieron que huir de las Tres Mil para evitar represalias.

Las guerras entre las familias que trafican con droga vienen de lejos, pero el cambio generacional y la vuelta al negocio del hachís —más lucrativo que la cocaína o la heroína— ha provocado un vacío de poder y una nueva forma de actuar. La batalla por el control se ha extendido a Los Pajaritos y el barrio de Cerro Blanco en Dos Hermanas. Los nuevos clanes están constituidos por núcleos muy reducidos. En las Tres Mil han proliferado pisos destinados exclusivamente a las plantaciones de marihuana que, desde el confinamiento, se han reconvertido en alojamientos, lo que redobla los problemas de vigilancia, advierte la policía.

La violencia recurrente en el Polígono Sur empaña la labor que las asociaciones y los voluntarios están haciendo por un barrio cuyas extremas condiciones se han visto más expuestas con el estado de alarma. “Las Tres Mil son mucho más que drogas”, se lamenta Lola Contreras, presidenta de la Asociación Andaluza Barrios Marginados que recuerda que durante el confinamiento se ha asegurado tres comidas al día a 700 niños y se ha tratado de atajar la brecha digital con el reparto de tablets. El comisionado también recuerda que a todos los sin techo se les ha alojado en el polideportivo de La Paz y se les ha realizado los test de la covid-19; que se ha mantenido el dispensario de metadona para los adictos; que muchas asociaciones han tejido mascarillas para los centros sanitarios y que se han incentivado programas de ayuda sociolaboral para una zona inmersa en la economía sumergida. “Pero nada de esto sirve si no se ataja el problema de la droga”, advierte Bretón

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